Tres años después de que la Sra. Vázquez asumiera el bastón de mando de Almería, la distancia entre lo que promete y cumple se ha ensanchado hasta límites inimaginables. Mientras dibuja una ciudad idílica y asegura haber cumplido el 80% de su programa electoral, nuestros barrios cuentan una historia radicalmente distinta. Tres años esperando la poda de un árbol que impide abrir las ventanas en verano a una familia del barrio de Araceli es un ejemplo más que suficiente.
El peso de lo cotidiano no encuentra respuesta en la agenda de la alcaldesa. Pero gobernar es priorizar, y en este trienio las prioridades parecen haberse trasladado al terreno de la imagen y el postureo. La brecha de los barrios es hoy más visible que nunca, evidenciando una Almería a dos velocidades donde la periferia siempre sale perdiendo. Lo saben bien los vecinos de Loma Cabrera o Bellavista que siguen esperando sus pistas deportivas.
El Casco Histórico languidece y la regeneración de la Almedina sigue siendo un boceto olvidado en un cajón. Almería se transforma a pasos agigantados en una isla de calor por falta de sombra: los árboles se retiran pero no se reponen, los parques infantiles continúan desprotegidos del rigor del verano, y tres años no han sido suficientes para solucionar el desfasado e insuficiente transporte público y resolver así el grave problema de movilidad que soportamos cada día.
Resulta paradójico que, tras prometer una congelación fiscal, los almerienses asistan hoy a una subida generalizada del IBI, el agua y la basura. El dinero público, ése que debería coser las costuras de una ciudad desigual y mejorar unos servicios de limpieza y transporte visiblemente desfasados, se escurre con demasiada facilidad hacia el departamento de eventos, autobombo y postureo.
Los almerienses merecen una ciudad más limpia, donde se garantice la conciliación familiar y el reequilibrio de sus barrios. El balance no se mide en porcentajes de autocomplacencia, sino en la mirada de unos vecinos que ya no quieren más promesas, sino cambio, trabajo y realidades.

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