El otro día fui a las Terrazas de cine de Aguadulce. Llegué con tiempo, pero antes de sentarme ya había saludado a varios amigos, a vecinos a los que hacía meses que no veía y a conocidos con los que siempre prometes tomar un café “cualquier día”. Cuanto más miraba alrededor, más rostros familiares encontraba.
Lo sorprendente no era la
película, sino aquel espacio. Había allí más conversaciones que en la Plaza
Vieja, más reencuentros que en La Rambla. Para volver a encontrarme con mi
gente había tenido que salir de Almería. Aquella noche la película era casi una
excusa; lo importante ocurría antes de que empezara.
Si en la capital quedara un
cine de verano, el calor de agosto seguiría combatiéndose al aire libre, entre
pipas y una pantalla blanca. La televisión primero, la especulación después y
ahora el “streaming” fueron llevando ese ocio al salón de casa.
Pocas capitales parecen tan
diseñadas para la vida nocturna como Almería. Cuando el calor sigue apretando
tras la puesta de sol y la humedad vuelve el aire pegajoso, la gente sale a
buscar la brisa del mar. Entonces el Paseo Marítimo se llena, los niños apuran
el tiempo entre gritos y nadie parece tener prisa por acostarse. El clima
empuja a la calle. Por eso resulta difícil entender que hayamos renunciado al
único espacio que convertía esa desbandada nocturna en una costumbre diaria.
Los cines de verano, como los
conciertos, forman parte de esa tradición de encuentros donde importa tanto la
película como volver a encontrarse con otros.
Entre los años cincuenta y
setenta, Almería llegó a contar con varios cines de verano que formaban parte
del paisaje cotidiano de la ciudad. El
Cine Terraza del Paseo, el Liszt, el Imperial, en el Zapillo, o el Roma, en
Ciudad Jardín, eran algunos de aquellos refugios donde los almerienses buscaban
la brisa de la noche. En las noches de verano eran tan habituales como quedar
en el Paseo o terminar el día con un baño en la playa del Zapillo. Quienes los
vivieron todavía hablan de ellos con una nostalgia que no parece haber
envejecido.
No llegué a conocerlos, pero
imagino que el rumor del proyector, el calor de la noche y el murmullo de los
vecinos no serían muy distintos de los que aún se viven en La Alameda de Jaén o
en el Coliseo San Andrés de Córdoba.
No eran espacios idílicos.
Había gallinero, ruido de la calle colándose entre los diálogos y el haz
luminoso del proyector atravesando la penumbra entre polillas. Pero allí se
encontraba el barrio. El cine de verano nunca fue solo una pantalla. Allí coincidían
vecinos que durante el resto del año apenas se cruzaban.
Aquella noche tuve la
impresión de que la demanda seguía ahí, esperando un lugar donde encontrarse.
Los almerienses están deseosos de ocupar butacas de hierro bajo las estrellas.
Lo que falta no son espectadores, sino la decisión de ofrecerles un cine al
aire libre de junio a septiembre. No hablo de los ciclos intermitentes que el
Ayuntamiento programa para rellenar la agenda estival, sino de un lugar estable
que vertebre y haga comunidad.
Hay toda una generación que
está creciendo sin saber lo que es ver una película en penumbra mientras entra
la brisa marina y se escucha la risa compartida de doscientas personas. Hoy
muchas películas empiezan y terminan en el sofá, sin nadie con quien comentarlas
al salir. Devolver a la ciudad una terraza de verano es enseñar a los jóvenes
que la cultura se vive compartiéndola, se comenta al salir y se recuerda en
compañía.
Proteger este modelo no es
añoranza rancia; es política urbana básica. Nadie pide recuperar la Almería de
hace sesenta años. No haría falta una gran inversión pública. Bastaría
habilitar un espacio estable y sacar su gestión a concesión, como ocurre con otros
muchos equipamientos municipales. ¿Por qué no transformar un solar en desuso,
como el del antiguo recinto ferial, hoy infrautilizado, en ese cine de verano
permanente?
Ninguna plataforma puede
ofrecer lo que ocurre cuando doscientas personas se emocionan a la vez bajo una
pantalla al aire libre. Quizá eso sea, también, un cine de verano: una excusa
para volver a encontrarnos.
Cuando terminó la sesión, la gente se levantó sin prisa. Unos comentaban la película; otros retomaban la conversación que habían dejado a medias antes de empezar. Durante unos minutos pensé que lo mejor de aquella noche no había ocurrido en la pantalla, sino entre las butacas.

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