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Almería, el mar que no cabe en los mapas

Ignacio Ortega
@opinionalmeria

Hay en Almería un calor que no se explica, se respira. Un aire espeso que mezcla el vapor del mediodía con la sal del mar hasta volver el ambiente casi físico, como si pudiera tocarse.

El verano se acerca, pero en la playa los primeros veraneantes de siempre ya se saludan desde sus tumbonas, como quienes comparten un secreto antiguo bajo el sol.

Para ellos -y para quienes aprendimos a imaginar el agua desde el secano- el mar no es un decorado de postal, sino un pulso indómito que sigue resistiendo. Almería no se ofrece al turista de paso: se entrega solo a quien sabe habitar su luz y su silencio.

Quizá por eso su litoral sigue siendo una rareza en el Mediterráneo español. Mientras otras costas han terminado convertidas en escaparates turísticos, aquí todavía sobreviven espacios donde el mar conserva algo de su carácter original. Tal vez sea ese carácter indómito lo que me devuelve siempre a mi primer encuentro con el mar.

De pronto, recordé una mañana como esta, de cuando, aún adolescente, llegué en autostop a Cádiz y contemplé por primera vez el mar.

En mi juventud habría querido tener recuerdos de veraneos como los de aquellos compañeros que regresaban al instituto en septiembre con el verano aún cosido a la piel. Escuchaba sus relatos como quien escucha historias de un mundo al que uno no ha tenido acceso.

Yo, en cambio, intentaba reconstruir ese mar desde la imaginación. Lo hacía a partir de conversaciones, de imágenes ajenas y de una geografía interior donde el Mediterráneo se volvía una materia quieta, casi suspendida. Así imaginaba yo el Mediterráneo, quizá influido por Paul Valéry y su mar casi inmóvil en El cementerio marino. Durante años lo confundí con una forma de eternidad.

Ahora no concibo este mar sin olas rompiendo contra los espigones de las Almadrabillas y la larga curva de playas del paseo marítimo. No sé qué poeta dijo que “un mar sin olas, es un mar desolado”, como si las olas fueran el pulso vital del mar.

El litoral almeriense tiene un mérito extraño: reduce la angustia humana al puro sofoco físico. Aquí no te observa un muro de bloques, chalets y hoteles clónicos. Quizá no por sabiduría sino por una mezcla de periferia, aislamiento y fortuna histórica, Almería ha conservado una parte de su litoral al margen de las grandes transformaciones turísticas. Nada que ver con la Carihuela, Los Boliches o La Caleta. Allí, el estrépito humano sustituye al del agua. El olor del mar convive con la crema solar y la fritura. El paisaje se vuelve una mezcla de ocio, densidad y un mar chillón. Por eso, si te quejas del calor en Los Genoveses, es solo porque alguien acaba de entrar en combustión en la Malagueta.

Y, sin embargo, le falta el reclamo para justificar la chincheta en el mapa del turismo internacional, a pesar de ser uno de los mejores entornos de buceo del Mediterráneo occidental español que, aún sin ser un destino de buceo extremo sí destaca por su pureza, luz y paisaje volcánico submarino.

Que le falte esa chincheta es, en realidad, nuestro milagro. Bendito sea el olvido de los turoperadores. Mientras buena parte del litoral mediterráneo ha ido llenándose de construcciones, ruido y ocio organizado, este tramo de costa aún conserva zonas de pausa, de silencio intermitente, donde el mar no ha sido domesticado y aún se escucha el agua,

A veces, mientras miro este horizonte, reconozco en mí a aquel muchacho adolescente que llegó a Cádiz persiguiendo un mito. Comprendo entonces que el Mediterráneo nunca fue aquella plancha petrificada de Valéry que imaginaba entre los olivares de Jaén, sino este oleaje indómito que hoy golpea las Almadrabillas. Almería ha tenido la sabiduría de no vender su alma al mercado de las postales; prefiere seguir siendo una provincia periférica y real, un refugio de luz volcánica antes que una atracción de feria clonada. Decía Borges que el ser humano posee “la terrible potestad de elegir el infierno”. Que sigan buscando el mar en los mapas del turismo. Nosotros nos quedamos con el agua, allí donde todavía no ha sido domesticada.

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