Hubo
un tiempo en el que muchos nacimos “un día que Dios estuvo enfermo”, en
palabras de César Vallejo. Fue el tiempo de un partido único llamado franquismo
en el que, en secreto, se honraba la voz de quienes defendían la democracia,
desafiando barreras y cárcel.
Era
una promesa moral para demócratas de izquierdas y de derechas. Después del
horror, con campos arrasados y vidas rotas, comprendieron que la democracia era
la única alternativa al partido único y al desprecio por la libertad del
franquismo.
Durante
la Transición el PSOE abandonó el marxismo y aceptó el pluralismo, el mercado
regulado y el Estado del bienestar. Las derechas dejaron atrás sus tentaciones
autoritarias y asumieron el marco democrático, el mismo que ahora empiezan a
cuestionar. Entonces, unos y otros entendieron que la política era poner
cimientos, no dinamitarlos para salir en el telediario.
La
democracia que hemos construido hasta hoy quizá sea imperfecta, lenta, a veces
frustrante, pero creíble. Los grandes partidos políticos que fueron PSOE y AP,
luego PP, actuaban como intermediarios sólidos entre la sociedad y el poder.
Representaban intereses, sí, pero también ideas de futuro.
También
la Justicia, que debería hablar a través de sus resoluciones, parece a veces
atrapada por el ruido de la política y la necesidad de ocupar espacio en el
debate público. Cuando determinadas decisiones judiciales se discuten más por
su impacto político que por sus fundamentos jurídicos, y algunos jueces
adquieren un protagonismo impropio de su función, la confianza ciudadana se
resiente. No ayuda que algunas resoluciones parezcan circular antes por canales
de mensajería y tertulias que por los cauces institucionales para los que
fueron concebidas.
Las
instituciones siguen en pie, pero cada vez más ciudadanos las observan como
quien contempla una casa familiar cuyas grietas empiezan a hacerse visibles.
Hoy
la democracia se invoca como una marca vacía mientras se degrada en la
trinchera del algoritmo. La política ha dejado de ser construcción para
convertirse en espectáculo. Millones de ciudadanos conocen el Parlamento, los
tribunales o el debate público a través de vídeos de pocos segundos, fragmentos
diseñados para provocar indignación o confirmar prejuicios antes que para
comprender la complejidad de los hechos.
Un
espectáculo alimentado desde el dispositivo móvil y las redes sociales, donde
la velocidad importa más que la reflexión y una ocurrencia afortunada tiene más
recorrido que un argumento sólido. En ese vacío los nuevos autócratas proyectan
una caricatura de la democracia; conservan las urnas, sí, pero inoculan veneno
en sus valores. Entonces la oposición es traición, las instituciones se vuelven
obstáculos y el reconocimiento del otro desaparece bajo esa pulsión
autoritaria.
Por eso, recordar aquel consenso fundacional de nuestra democracia no es un ejercicio de nostalgia, sino una advertencia. La democracia no es un logro irreversible. Es una construcción frágil que no suele derrumbarse de golpe: primero se vacía de significado y después de defensores. Todavía estamos a tiempo de reparar las grietas. Lo que no sabemos es cuánto tiempo seguirá en pie la casa si seguimos discutiendo sobre el ruido mientras olvidamos los cimientos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario