De niño me enseñaron que el
mérito consistía en estudiar, trabajar y decir la verdad. Más tarde descubrí
que la verdad tiene categorías. Está la verdad humilde, la que uno dice cuando
no gana nada con ello. Y está la verdad valiosa, la que se administra cuando ya
se ha ganado bastante guardando silencio.
Luego, en la Complutense, tuve
un profesor, Jorge Uscatescu, interesado en cómo la cultura de la imagen
moldeaba la mente humana. Solía advertirnos de que no confundiéramos la ficción
de la calle con la realidad de las imágenes en la televisión. Aquella paradoja
me pareció ingeniosa. Con los años empecé a sospechar que quizá tenía razón.
Hubo un tiempo que quise ser
poeta. Una debilidad hoy. Luego advertí que los poetas pasaban hambre
corrigiendo metáforas mientras otros se enriquecían corrigiendo licitaciones
públicas. Y se me pasó el sueño.
Con los años, aquellas
pantallas de las que hablaba Uscatescu dejaron de parecerme simples ventanas al
mundo. Últimamente veo en ellas a investigados convertirse en colaboradores
imprescindibles y a protagonistas de escándalos brillar como piezas clave de la
verdad. Entonces empecé a preguntarme si la ficción estaba invadiendo la
realidad o si llevábamos demasiado tiempo confundiendo una con la otra.
Con el tiempo surgieron las dudas. Empecé a observar ciertos procesos
judiciales y sentir que había desperdiciado media vida subrayando a Machado
cuando debería haber aprendido cómo funciona el borrador en los márgenes de un
expediente, cómo se multiplican los ceros en un presupuesto o cómo una
declaración ante un juez puede tener más versiones que el Quijote.
Vivo en una época en que el
conocimiento rentable no es quién escribió la Odisea, sino quién firmó qué,
quién cobró cuánto y quién llamó a quién antes de que desaparecieran los
expedientes. Antes, los que somos antiguos confesábamos nuestros pecados para
salvar el alma; ahora, los modernos, para negociar con el futuro. Y no hay nada
más literario que eso.
La corrupción ya tiene
estética: nombres, grabaciones, titulares y confesiones; un relato donde la
información vale más que la inocencia, como si la picaresca la reescribiera
Kafka y la corrigiera un asesor fiscal.
Y lo más llamativo es que ya
casi nadie se sorprende. Durante un día nos llegan titulares, declaraciones, filtraciones y
análisis y al siguiente forma parte del paisaje. La indignación se ha vuelto
intermitente. Como ocurre con ciertos ruidos de fondo: terminamos
acostumbrándonos a ellos.
Quizá esa sea la victoria más
silenciosa de la corrupción: no el dinero que mueve ni los favores que reparte,
sino la resignación que deja detrás. El momento en que deja de sorprender lo
ocurrido y empieza a dar por hecho que volverá a ocurrir. Entonces me surge una
pregunta inevitable: ¿qué lección extrae un joven cuando ve ciertos nombres recorrer los pasillos del
privilegio para acabar convertidas en piezas imprescindibles del relato?
La justicia tiene sus razones.
Debe tenerlas. Las tramas rara vez se desmantelan sin que alguien hable. Pero
una cosa es la lógica jurídica y otra su efecto simbólico. El poeta corrige un
verso durante medio año. El otro corrige su declaración ante el juez en seis
minutos.
Porque una sentencia resuelve
un caso, pero la opinión pública extrae sus propias conclusiones. Y la
conclusión que muchos alcanzan es que el talento útil no consiste en mantenerse
limpio, sino en acumular suficiente suciedad para que, llegado el día, la
información valga más que la culpa. Y más que el dinero. Por eso cada vez hay
menos poetas. No porque falten palabras, sino porque hoy, cuando la realidad de
la calle parece ficción, aquella advertencia ya no suena tan obvia.
Recuerdo entonces aquellas
palabras del profesor Uscatescu. Durante años pensé que eran una simple
provocación académica. Hoy ya no estoy tan seguro. Cuando los hechos parecen
inverosímiles y las explicaciones resultan más difíciles de creer que los propios
escándalos, la paradoja deja de ser un juego intelectual.
El poeta, ahí sigue, en su mesa intentando comprender el mundo. El otro ya lo comprendió. Por eso tenía las llaves. Pero la pregunta es qué hago mañana con mías. ¿Se las doy a mis hijos para que abran libros o para que abran cajas fuertes?

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