No hace falta conocer
personalmente a Milei para hacerse una idea de su manera de entender el poder.
Basta con observarlo. Me lo imagino volviendo a su país repantigado en el avión
presidencial, con esa chulería de quien acaba de soltar una provocación en
Madrid y espera el eco en Buenos Aires. Ahí queda la imagen de su pierna
levantada en el Foro de Economía, como si el atril fuera suyo y el decoro cosa
de otros.
Desde que se anunció su visita, hay una
pregunta que me ronda: ¿cómo es posible gobernar con tanto desdén hacia los
demás? Es un estilo que no escucha, no mira, no padece. Uno contempla el
espectáculo sin saber si sentir asombro o indignación. Yo he elegido la rabia.
Así se degrada el poder. Lejos,
el dolor humano se convierte en daño colateral; cerca, la política se refugia
en la burla. Algunos dirigentes se creen por encima de las reglas que obligan a
todos. Milei se fue de Madrid tras llamar a Sánchez “dictador impresentable” y,
nada más aterrizar en Buenos Aires, lo remató llamándolo “ladrón”. Esa es la
diplomacia de la motosierra: convertir el enfrentamiento exterior en rédito
para sus seguidores.
La confrontación política no
siempre adopta la forma del insulto. A veces va más lejos: sustituye los
argumentos por la falsedad y convierte al adversario en protagonista de unas
declaraciones que nunca hizo. Es lo que ha ocurrido con el vídeo difundido hace
unos días por el PP, en el que la inteligencia artificial recrea la imagen y la
voz de cinco personas vinculadas al PSOE para atribuirles declaraciones que
nunca pronunciaron. El PP lo defiende como sátira, pero la cuestión va más
allá: ¿cuándo deja la sátira de ser crítica y se convierte en manipulación?
El problema es que la falsedad
siempre encuentra una coartada: la sátira, la provocación, la estrategia
electoral. Pero ninguna exime de responsabilidad. Cuando desacreditar al
adversario importa más que responder por lo que se difunde, la frontera entre
la crítica y la manipulación empieza a desdibujarse.
El infierno no siempre llega
entre llamas. A veces se instala despacio, en la costumbre de mirar hacia otro
lado, en la risa que humilla, en la mentira que dejamos pasar. Lo construimos
entre todos, con lo que hacemos y con lo que callamos.
Esa es mi perplejidad: descubrir que, cuando consiento lo intolerable, también yo formo parte de él.

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