No nos engañemos: la programación de otoño de la que escribe el concejal de Turrismo no es mala. De hecho, es buena. Y ahí está el problema. ¿Quién va a ponerle un pero a Revólver, a Ara Malikian, a Tomatito o a Víctor Manuel? ¿Quién va a discutir a Sara Baras, que hace música con su baile, como ilustra pedagógicamente el concejal? Nadie. Es una programación solvente, con nombres reconocibles que dan brillo al cartel y facilitan su presentación pública.
Pero una buena programación no
basta para hacer una buena política cultural. La diferencia está en lo que
queda cuando termina la temporada. Una cosa es comprar un bolo (consumo
cultural) y otra el poso cultural (el ecosistema local).
Lo primero es llamar a un
representante, preguntar el caché y cerrar una fecha. Lo segundo es más
complejo y no siempre sale en la foto: crear coproducciones con continuidad,
convertir los talleres vinculados a festivales como Morada Sónica en procesos formativos
que no dependan de una sola edición, y consolidar programas como el Teatro
Aficionado o las colaboraciones con compañías locales. Almería ya tiene
iniciativas en esa dirección. Lo que falta saber es si responden a una
estrategia común, si cuentan con recursos suficientes y qué permanece cuando
termina cada temporada.
La cuestión es qué pasa cuando
se cierra la temporada. Malikian llena el Auditorio y al día siguiente se va.
No tiene que dejar una escuela de violín bajo el brazo, no es su
responsabilidad. La pregunta es si existe una política que aproveche su
presencia para acercar a los jóvenes a la música o abrir nuevas oportunidades.
El problema no es que el artista se vaya, sino que todo termine cuando se
marcha.
Con la ópera ocurre algo
parecido. Tras “La Traviata”, ahora “El elixir de amor”, con guiño local.
Almería no parte de cero: cuenta con agrupaciones corales de larga trayectoria,
como el Coro Ciudad y la Coral Virgen del Mar, además del prestigioso coro de
la OCAL, y con cantera en el Conservatorio, la Escuela Municipal de Música, la
OJAL y Clasijazz. Estas producciones combinan la participación de FIMA y de
intérpretes locales con colaboradores externos, como el Coro de Ópera de
Málaga. La Traviata ya ensayó esta fórmula y “L'elisir d'amore” parece darle
continuidad. No se discute el trabajo de nadie. La pregunta es si existe una
vía estable, transparente y abierta para que las agrupaciones y los músicos de
Almería participen de manera regular en estas producciones líricas municipales.
La diferencia entre programar
y hacer política cultural es la diferencia entre poner flores y cuidar el
jardín. Las flores de este otoño son bonitas; la cuestión es qué se está
haciendo para que el jardín siga floreciendo cuando termine la temporada.
El concejal cierra su artículo diciendo que una programación no termina en una cartelera, que es una declaración de intenciones. Lleva razón. Lo que ha presentado es exactamente eso: una declaración. Brillante, diversa, para todos los públicos. El problema es que las declaraciones no alimentan un ecosistema. Y en enero, el folio vuelve a estar en blanco.

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