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Las mercenarias de Rocío Flores

Nuria Torrente
@opinionalmeria

Rocío Flores ha encontrado una nueva palabra para engrosar la colección de titulares que suele dejar tras sus apariciones televisivas. Esta vez ha sido mercenarias. En su intervención en ¡De Viernes!, el programa de Telecinco, habló de un «séquito de mercenarios» alrededor de su madre y señaló expresamente a dos mujeres: Alba Carrillo y Carlota Corredera. La elección de la palabra no es precisamente inocua y, cuando se utiliza públicamente para referirse a personas perfectamente identificables, conviene detenerse en su significado y también en aquello que se está insinuando con ella.

Rocío Flores, en una captura de pantalla de Telecinco

Según el Diccionario de la Real Academia Española, mercenario puede referirse al soldado que sirve por dinero a una potencia extranjera, pero también a quien desempeña por otra persona un empleo o servicio a cambio de una retribución. Como parece evidente que Rocío Flores no estaba enviando a Alba Carrillo y Carlota Corredera al frente de ninguna guerra, habrá que entender que utilizaba el término en este segundo sentido. Y es precisamente ahí donde la acusación empieza a plantear interrogantes, porque un mercenario, por definición, presta un servicio por dinero y, si alguien cobra, necesariamente tiene que existir alguien que pague.

La pregunta, por tanto, resulta inevitable: ¿quién paga a esas supuestas mercenarias? Si lo que se pretende insinuar es que Alba Carrillo y Carlota Corredera defienden determinadas posiciones porque Rocío Carrasco las recompensa económicamente por hacerlo, estaríamos ante una afirmación que necesitaría bastante más que una palabra contundente pronunciada en un plató. Harían falta hechos, pruebas o algún elemento objetivo que permitiera sostener semejante relación. Hasta donde públicamente se conoce, esas pruebas no han aparecido y Alba Carrillo, además, ha negado expresamente cobrar por defender a Rocío Carrasco, reivindicando algo bastante menos misterioso: es su amiga. Parece extraño que a estas alturas haya que recordar que la amistad todavía no necesita contrato, nómina ni transferencia bancaria.

Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con Alba Carrillo, considerar acertada o equivocada la posición que Carlota Corredera ha mantenido durante estos años e incluso criticar con toda la contundencia que se quiera el tratamiento televisivo que se ha hecho del conflicto de la familia Flores-Carrasco. Todo eso forma parte del debate público. Sin embargo, una cosa es cuestionar opiniones, actuaciones profesionales o declaraciones concretas y otra bastante diferente colocar sobre dos personas identificables una etiqueta que puede transmitir la idea de que actúan por dinero al servicio de otra persona. Las palabras importan, especialmente cuando se pronuncian en televisión, y Rocío Flores conoce sobradamente la repercusión que pueden alcanzar.

No estamos ante alguien desconocedor del funcionamiento de los medios. Rocío Flores lleva años compareciendo ante las cámaras, sabe desenvolverse en un plató y sus intervenciones suelen dejar alguna frase que termina convertida en titular. Ahí quedó aquel «si yo hablara, España hacía pum», al que posteriormente se han sumado otras afirmaciones reiteradas sobre su madre, como que le había «destrozado la vida» o que ella nunca haría a sus hijos lo que asegura que su madre le hizo a ella. Ahora tenemos los «mercenarios». En su última entrevista realizó además una confesión especialmente delicada al explicar que atravesó un momento de tal desesperación que estuvo cerca de adoptar una decisión fatal. Una revelación de esa naturaleza merece respeto y no existen razones para banalizar ni cuestionar gratuitamente un sufrimiento que ella asegura haber vivido, aunque se trate de una circunstancia que no había hecho pública anteriormente.

Precisamente porque ese sufrimiento merece respeto, también conviene separar unas cuestiones de otras. Rocío Flores tiene todo el derecho a contar su dolor, explicar su versión de la historia, cuestionar las decisiones de su madre y discrepar de cualquier periodista, presentadora o colaboradora de televisión. Tiene igualmente derecho a defenderse cuando considere que alguien ha sido injusto con ella. Pero el legítimo derecho a reclamar respeto no debería convertirse en una patente para desacreditar a quienes mantienen una posición distinta, especialmente cuando esas personas no son responsables del conflicto que existe entre madre e hija.

Rocío Flores y Rocío Carrasco mantienen desde hace muchos años una relación completamente rota, atravesada además por episodios familiares y judiciales que han terminado expuestos ante millones de personas. Solo ellas saben si algún día existe alguna posibilidad o voluntad de reconstruir ese vínculo. Lo que resulta mucho más difícil de comprender es que ese conflicto vaya incorporando nuevos adversarios por el camino y que personas cuya principal conexión con esta historia consiste en mantener amistad con Rocío Carrasco, mostrarle públicamente afecto, empatizar con el sufrimiento que ella ha relatado o valorar positivamente su trabajo relacionado con el legado de Rocío Jurado terminen convertidas también en destinatarias del enfrentamiento.

Alba Carrillo puede ser amiga de Rocío Carrasco sin convertirse por ello en enemiga de Rocío Flores. Carlota Corredera puede creer la versión de Rocío Carrasco, defenderla públicamente o compartir determinadas reivindicaciones sin que de ello pueda deducirse que alguien le paga por hacerlo. Exactamente igual que quienes apoyan a Rocío Flores no deberían ser automáticamente considerados enemigos de su madre. Las relaciones humanas son bastante más complejas que dos trincheras enfrentadas y convertir cualquier gesto de amistad o solidaridad hacia una de las partes en una agresión contra la otra solo contribuye a prolongar un conflicto que ya dura demasiado.

Hay además una contradicción que resulta difícil ignorar. Rocío Flores reclama que no se la juzgue exclusivamente por ser hija de Antonio David Flores ni por el enfrentamiento que mantiene con su madre, y tiene derecho a reclamarlo. Pero ese mismo derecho corresponde a los demás. Alba Carrillo no es una prolongación de Rocío Carrasco y Carlota Corredera tampoco. Son dos mujeres adultas, con opiniones propias, que tendrán que responder de sus palabras y de sus actos, no de los de su amiga o de la persona cuya versión consideran creíble.

Además, calificar a alguien de «mercenario» desplaza el debate desde los argumentos hacia la persona. Si Rocío Flores considera que Alba Carrillo o Carlota Corredera han mentido sobre ella, puede señalar qué afirmación concreta considera falsa y aportar los datos que la contradigan. Si entiende que han sido injustas, puede explicar por qué; y si cree que difundieron alguna información incorrecta, puede confrontarla con los hechos. Ese es el terreno legítimo de la crítica y ahí cada cual podrá formarse su propia opinión. Lo que resulta mucho más discutible es atribuir un supuesto interés económico sin que se conozcan elementos que permitan acreditarlo.

Rocío Flores merece respeto, también cuando cuenta episodios de su vida que pueden resultar incómodos para otras personas, cuando expresa el dolor que le provoca la ausencia de relación con su madre y cuando recibe críticas desproporcionadas en las redes sociales. Pero el respeto no puede funcionar en una sola dirección. Quienes son amigos de Rocío Carrasco también lo merecen, igual que quienes simpatizan con ella, quienes consideran valiosa la labor que desarrolla alrededor del legado artístico de Rocío Jurado o quienes, sencillamente, creen su relato. Ninguna de esas circunstancias permite por sí misma atribuirles un interés económico.

Tal vez haya llegado el momento de dejar de ampliar permanentemente el campo de batalla. Rocío Flores tiene un conflicto con su madre y puede hablar de él, explicarlo y defender su posición cuantas veces considere necesario, pero las amigas de Rocío Carrasco no son responsables de que madre e hija no se hablen, no provocaron esa ruptura y tampoco tienen capacidad para solucionarla. Que Rocío Carrasco tenga amigas no constituye una agresión contra su hija y que existan personas que la apoyen tampoco debería interpretarse como tal.

Y, desde luego, que dos mujeres defiendan públicamente a Rocío Carrasco no las convierte por sí solo en mercenarias. Para sostener el sentido económico de semejante calificativo haría falta algo más importante que una frase pronunciada en televisión: acreditar que existe un servicio remunerado. Mientras eso no ocurra, quizá resulte bastante más sencillo y también más justo llamarlas por aquello que ellas aseguran ser: amigas.

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