No llueve en Almería. No
llueve a pesar del otoño, a pesar del mar que se abre frente a nosotros y que
cada mañana se evapora bajo el sol. Como si nos faltara toda el agua de ese mar
para beber, para regar, para hacer un charco.
En Almería hemos aprendido a
vivir con poca agua. Es cara, viene de la desaladora y, aun así, mi vecina
encuentra un poco para regar de noche las macetas que resisten en el balcón.
Pero no hemos aprendido a vivir sin lluvia.
Los niños no la quieren para
regar, ni para llenar embalses, ni para arreglar ninguna política hidráulica.
Crecen con una sed de lluvia heredada, de abuelos a nietos, jugando en tierra
polvorienta, con las rodillas arañadas en los parques secos. Aprenden a mirar
al cielo antes de aprender a esperar.
La quieren para una cosa sola:
para saltar sobre los charcos. Para mojarse los zapatos, llegar a casa con los
calcetines empapados y escuchar el reproche de una madre que sabe que mañana no
lloverá.
Hubo un tiempo en que la gente
crecía con historias de ramblas embravecidas y luego secas. Las contaban los
mayores, a la fresca, en la puerta de las casas. Historias de fuentes, caños y
acequias que el Archivo ha rescatado este junio como si fueran ficción: cómo
podía correr el agua por donde hoy solo hay tierra dura; cómo podían crecer
árboles allí donde hoy solo resiste el sol.
Los mayores hablaban del agua
con la precisión de quien habla de alguien que estuvo allí y ya no está.
Nosotros la miramos en un plano. La vemos dibujada, prometida, sobre el papel.
Pero ya no recordamos cómo olía la tierra mojada.
Aquí la ausencia de lluvia es
una herida que hace ruido. Tal vez la potente luz de Almería la disuelve en el
cielo antes de que llegue a tocarnos.
Miramos el horizonte y la vemos pasar de largo hacia otras ciudades. Solo deja
una humedad fina al amanecer. Basta pisarla para encontrar debajo la piel seca
de la ciudad.
Conocemos otra lluvia que
tampoco cae. Son las promesas que se quedan arriba, suspendidas sobre la
ciudad. El Ayuntamiento mira al futuro desde esa nube. Que si el puerto, que si
Pavía, que si el centro. Arriba, las promesas. Abajo, nosotros, con el polvo de
la calle en la garganta.
Porque la lluvia, cuando cae, deja charcos. Y eso es lo que pedimos los almerienses. Algo que podamos tocar, aunque sea un charco donde saltar.

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