Los
últimos datos de PISA han vuelto a
ponernos frente al espejo. Andalucía obtiene 442 en Matemáticas frente a 457 de
media española; 441 en Lectura frente a 451; y 462 en Ciencias frente a 477.
Entre diez y quince puntos por debajo. No es una fotografía agradable.
Pero
PISA nos dice que tenemos un problema; no nos dice cuál es la causa ni la
solución. Un profesor sabe que detrás de cada número hay algo menos visible:
cuánto tiempo tiene para enseñar, cuánto dedica a preparar una clase y cuánto
se le va en demostrar, con el iSéneca delante, que está haciendo su trabajo.
En
treinta años hemos pasado de una reforma a otra, de una sigla a otra. LOGSE,
LOCE, LOE, LOMCE, LOMLOE. Yo entré con la LOGSE y ya va por la sexta. Cuando
una reforma empieza a asentarse, llega la siguiente.
La
última, la LOMLOE, aterrizó en Andalucía en mayo de 2023 con nuevos decretos
que cambiaron currículo, evaluación y promoción. Tres cursos después los
docentes siguen encajando en Séneca descriptores e informes, mientras las
instrucciones vuelven a cambiar. No es que el profesor no sepa manejar una
plataforma sino cuánto tiempo le obliga a dedicar a tareas que no son enseñar.
Andalucía
parte de un contexto difícil y mantiene tasas de repetición elevadas.
Precisamente por eso la escuela debería ser el lugar más estable de la vida de
un alumno. También sería injusto decir que todo ha ido a peor. El abandono ha
descendido y hay indicadores que han mejorado. No voy a negar avances.
Septiembre
vuelve a empezar con prisas. El 7 de septiembre la Junta publica el SIPRI, la bolsa de interinos, con 1.135 plazas de Secundaria y FP. Hay profesores que
hacen maletas, buscan piso, pagan fianza y reorganizan su vida. Yo conozco a
dos que hicieron casi 300 kilómetros el domingo para estar a las ocho en su
centro. Pero el día 8 la propia
Consejería lo anula por "incidencias técnicas”. La segunda lista llega el 10. Detrás de ese código no hay un número.
Hay una hipoteca y un padre de familia que no sabe dónde dejar a su hijo.
Dentro
del instituto, el director rehaciendo horarios a contrarreloj, buscando quién
cubre un segundo de ESO sin profe el primer día. Mientras se están recibiendo
alumnos, el equipo directivo está apagando incendios.
Y
el problema no termina ahí. En muchos centros el claustro empieza sin saber si
tendrá plantilla completa la semana siguiente. Mientras tanto, se piden
informes de diversidad y planes de refuerzo que ya están en Séneca. Cada
trámite añade trabajo y resta horas de corrección y de tutoría real.
Y
cuando entras en clase, empieza lo otro. Yo he estado en el IES Los Ángeles.
Una profesora de Música con 12 grupos y 240 críos que cumplimentar en el Séneca, nota, mensaje por PASEN, que es la
app de las familias, a las once de la noche, papel de adaptación y de refuerzo.
Horas delante de un Séneca que se cuelga saturado. Horas que no son para
preparar clases o sentarte con el alumno que no lee bien y te mira perdido
desde la segunda fila.
Eso
es lo que no aparece en PISA. No aparece el tiempo rellenando dos veces el mismo dato. No aparece
la tarde contestando mensajes. No aparece el domingo preparando programación
porque entre semana no ha tenido tiempo. No aparece el director encajando una
plantilla que cambia con el curso ya empezado. Y aquí está la paradoja: cada
dato que pide la Administración tiene un coste. Si se paga con tiempo de aula,
compite con la enseñanza.
La
Orden del 31 de agosto establece que las tutorías con familias sean un día por
la tarde. La intención es razonable, pero la pregunta es inevitable: ¿cuándo?
Si la mañana no alcanza para enseñar, preparar y coordinarse, la tarde no puede
ser el cajón donde meter lo que no cabe.
No
se trata de trabajar menos. Se trata de decidir mejor en qué emplear el tiempo.
Pido estabilidad. Que el SIPRI se resuelva con antelación. Que el horario sin
alumnos sirva para preparar clases y atender a quienes necesitan ayuda. Y que
escribamos en un folio qué debe saber hacer un chaval andaluz al terminar
cuarto. Viva en Almería o en Sevilla. Un mínimo claro que no cambie cada
septiembre.
La educación en Andalucía no se ha hundido. Pero cojea. Quizá lo que necesita no sea otra reforma, sino que la Administración deje de cambiar el suelo bajo los pies y dé a quien enseña tiempo para enseñar.

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