Tengo la costumbre de coger el
bus sin ir a ningún sitio. El 1, el 2, el que pase. Me recorro los barrios y,
alguna vez, acabé en Cabo de Gata sin razón aparente. Solo por acompañar, desde
la ventanilla, la luz que ilumina Almería. Al Puche no voy por eso. Al Puche
subo de vez en cuando a por el pan batbout de Fátima. Me gusta cuando lo saca
caliente.
Ese día en la parada estaba
Abdalá, apoyado en una muleta, mirando las obras de un solar. En la plazoleta,
Ahmed arreglaba una BH con la cadena fuera y Fátima sacaba de su tienda el pan
recién hecho. Me los encuentro a menudo cuando voy al Puche.
Llevaba en la cabeza un vídeo
de la semana anterior: una multitud bajando por una ladera polvorienta bajo el
rótulo “Así entran en Ceuta”. Lo vi y pensé en una invasión en toda regla. Tuvo
que venir mi hija a sacarme del error: ni era Ceuta ni eran migrantes, sino una
celebración religiosa en Turquía. Pero dio igual. La imagen ya se me había
quedado dentro. No necesité convencerme; bastó con que encajara en el ruido de
la frontera ceutí de esos días.
Y fue allí, en El Puche, donde
me di cuenta. Llevaba la imagen de la ladera en la cabeza y, al ver a Abdalá,
algo hizo cortocircuito. Durante un segundo, aquella imagen se mezcló con él.
Fue un segundo, no más. Pero ocurrió.
No había olvidado quién era
Abdalá. Le había puesto encima, como una pegatina, una historia que no era la
suya. A Ahmed igual. A Fátima igual. Tres vecinos con nombre convertidos en
tres siluetas a las que colgarles mi miedo. Y fue fácil justificar sospechar de
ellos: dejar de ver a una persona para ver una categoría. Me dio vergüenza. Le
dije hola, como siempre. Luego compré el pan a Fátima y seguí mi camino.
Quizá por eso pensé también en
mi nieto de nueve años. Unos días antes, mientras almorzábamos, se sucedían en
la pantalla del televisor imágenes en bucle de Ceuta y, sin darle demasiada
importancia, me había preguntado si a mí me daban miedo los moros. Me
sorprendió oírle aquella palabra porque no la usamos en casa. De algún sitio la
trajo.
Yo ya lo hice. Un instante. Pero lo hice.

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