Rosario Mohedano acudió anoche a ¡De viernes!
con un discurso bastante menos agresivo hacia su prima Rocío Carrasco del que
le hemos escuchado en otras ocasiones. Se agradece el cambio de tono,
especialmente después de tantos años de enfrentamientos familiares aireados en
los platós. Sin embargo, su intervención dejó al descubierto algo que considero
mucho más preocupante que las discrepancias entre ambas: una evidente falta de
comprensión de lo que pueden suponer la violencia de género, la violencia
vicaria, la violencia filio-maternal y la violencia mediática.
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| Rosario Mohedano lee en ¡De Viernes! el último mensaje que le envió a su prima Rocio Carrasco / Mediaset |
No sé qué formación tiene Rosario Mohedano sobre
estas materias, pero algunas de sus afirmaciones demuestran que le vendría muy
bien profundizar en ellas antes de ofrecer consejos públicos a su prima sobre
cómo debe afrontar sus conflictos familiares.
Uno de los momentos más reveladores llegó cuando Rosario leyó el último mensaje de WhatsApp que envió a Rocío Carrasco, en diciembre de 2021. En él le reprochaba: "Deberías llamar a tus hijos". También le recordaba que ambos estaban sufriendo y recurría a un argumento especialmente delicado: "Tu madre esto no lo querría". ¿De verdad cree Rosario que una relación maternofilial profundamente deteriorada puede resolverse con una llamada telefónica? ¿Que basta un gesto de buena voluntad para superar años de conflictos, sufrimiento y heridas emocionales? Las relaciones familiares son mucho más complejas, especialmente cuando existen denuncias de violencia y experiencias traumáticas. Ni siquiera quienes las protagonizan encuentran siempre el camino adecuado. Mucho menos debería pretender señalarlo alguien que contempla el problema desde fuera.
Rosario llegó a afirmar que su prima no había
puesto corazón al hablar públicamente de su familia. Es una apreciación que
merece una reflexión. ¿Quién puede determinar cuánto corazón pone una persona
al relatar experiencias que asegura haber sufrido? El dolor no tiene una única
forma de expresarse. Hay quienes lloran, quienes callan, quienes se distancian
y quienes necesitan contar públicamente su historia. Ninguna de esas reacciones
permite medir, por sí sola, el sufrimiento ajeno.
Precisamente por eso resulta imprescindible
conocer mejor los mecanismos de la violencia de género y de la violencia
vicaria, en la que los hijos pueden ser utilizados como instrumento para causar
daño a la madre. También conviene comprender las dinámicas de violencia
filio-maternal, que no pueden reducirse a una simple discusión entre padres e
hijos. Conocer estos fenómenos no significa dar por acreditado automáticamente
cualquier episodio concreto, sino disponer de herramientas para analizarlo sin
prejuicios ni simplificaciones.
Rosario debería mostrar especial sensibilidad
hacia estas cuestiones. Ella misma ha relatado experiencias dolorosas
relacionadas con su exposición televisiva y con los ataques públicos de una
expareja. Anoche recordó que lo peor no era únicamente lo que se decía de ella,
sino el silencio de quienes, conociéndola, permitían que continuaran los
ataques. Y estableció un paralelismo con Rocío Carrasco: "Yo empaticé siempre
con mi prima. Vi su soledad".
Ahí estuvo, probablemente, su reflexión más
acertada. Porque Rosario conoce de primera mano lo que supone sentirse atacada
públicamente. Por eso sorprende que, después de reconocer el sufrimiento
mediático de Rocío, no parezca comprender plenamente la complejidad de otras
experiencias que su prima ha relatado.
Hubo, no obstante, dos afirmaciones que merecen destacarse positivamente. Rosario confirmó que aceptó ser propuesta como testigo en el procedimiento judicial de Rocío contra Antonio David Flores. Y, sobre todo, se desmarcó del discurso mantenido durante años por su padre, Amador Mohedano, quien responsabilizaba a Fidel Albiac del distanciamiento familiar. "A Fidel no le responsabilizo de nada", aseguró. Por fin alguien de ese entorno reconoce que Rocío Carrasco tiene personalidad, criterio y capacidad para tomar sus propias decisiones, aunque a renglón seguido se contradijera y afirmara que su prima podía haber estado influida por cierta productora a la hora de hacer determinadas afirmaciones.
Rosario tiene todo el derecho a discrepar de su
prima, a sentirse dolida y a expresar públicamente sus sentimientos. Lo que
resulta cuestionable es convertir su propia percepción de los hechos en una
especie de manual sobre cómo debería comportarse Rocío Carrasco como hija,
madre o prima.
La reconciliación familiar puede ser deseable,
pero no constituye una obligación moral que deba imponerse a cualquier precio.
A veces, recuperar una relación es posible; otras, mantener la distancia puede
ser una decisión necesaria para preservar el bienestar emocional.
Quizá Rosario Mohedano debería empezar por comprender algo elemental: querer a una persona no nos concede autoridad para decidir cómo debe gestionar su sufrimiento. Y antes de aconsejar a Rocío Carrasco sobre cómo reconstruir su vida familiar, sería conveniente que dedicara algo de tiempo a formarse sobre unas violencias cuya complejidad no cabe en un WhatsApp ni se resuelve desde un plató de televisión.


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