En
las instituciones españolas, la disputa política se ha consolidado como un
fenómeno constante. Aunque ocurre en muchos países, aquí adopta una carga
emocional especial y nos llega a través de la radio y la televisión. En los
últimos años hemos sido testigos de esta guerra de bandos, donde la
confrontación política contamina las instituciones y alcanza incluso a las
relaciones personales. Las emociones se agitan y sube la tensión.
Ese
clima de hostilidad se ha convertido en la música de fondo que marca el compás
de la vida pública. En lugar de diálogo, crece una batalla en la que la
victoria no consiste en convencer, sino en imponerse a base de gritos,
descalificaciones y etiquetas hasta convertir al adversario en amenaza. En ese
escenario mediático, cada matiz se interpreta como traición y cada gesto como
un arrebato de odio.
La
crispación se nutre de discursos partidistas que se multiplican en los medios y
las redes sociales, fragmentando la conversación pública. Es un paisaje donde
cada ámbito refleja su propia verdad, adaptada a quien la consume. El ciudadano
de a pie está furioso, como gritaba en la película de Sidney Lumet Network,
donde el presentador Howard Beale, interpretado por Peter Finch, exclama en
directo: “¡Estoy más que harto y no voy a seguir soportándolo!”. La cuestión es
si sabremos transformar esa furia en propuestas eficaces.
Hemos
pasado de una información que pretendía aclarar la realidad a otra que refuerza
prejuicios y bulos. En este ecosistema ya no se busca información, sino
munición: datos convertidos en proyectiles y titulares que parecen barricadas.
Cada cual defiende su relato, pero conviene preguntarse qué verdades
seleccionamos y por qué.
Gobernar,
ese verbo vital para el ciudadano, parece transformarse ahora en un estigma,
asfixiado por el ruido agresivo, donde la puesta en escena de la confrontación
sustituye al trabajo público, y el oportunismo electoral devora cualquier
posibilidad de acuerdos sociales.
Sin
embargo, quienes somos conscientes de esta realidad sabemos que existe otro
pulso social, hermoso y sereno, tejido en la cotidianeidad de nuestros
hospitales, en las calles y tiendas, en la escuela y la universidad, en los
mercados de abastos o en las fábricas, donde la convivencia encuentra un
refugio que sana.
La
gente que siente, camina y late en el día a día resiste sin estridencias,
aferrada a una normalidad que persiste incluso en medio del ruido. Esta vida
cotidiana, silenciosa pero constante, muestra que pese al estrépito político,
el país sigue funcionando y manteniendo su pulso real.
Tal vez la vida verdadera se desarrolla lejos del estrépito. Y es ahí donde el país sigue latiendo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario