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Cuando las emociones saltan

Ignacio
Ortega

En las instituciones españolas, la disputa política se ha consolidado como un fenómeno constante. Aunque ocurre en muchos países, aquí adopta una carga emocional especial y nos llega a través de la radio y la televisión. En los últimos años hemos sido testigos de esta guerra de bandos, donde la confrontación política contamina las instituciones y alcanza incluso a las relaciones personales. Las emociones se agitan y sube la tensión.

Ese clima de hostilidad se ha convertido en la música de fondo que marca el compás de la vida pública. En lugar de diálogo, crece una batalla en la que la victoria no consiste en convencer, sino en imponerse a base de gritos, descalificaciones y etiquetas hasta convertir al adversario en amenaza. En ese escenario mediático, cada matiz se interpreta como traición y cada gesto como un arrebato de odio.

La crispación se nutre de discursos partidistas que se multiplican en los medios y las redes sociales, fragmentando la conversación pública. Es un paisaje donde cada ámbito refleja su propia verdad, adaptada a quien la consume. El ciudadano de a pie está furioso, como gritaba en la película de Sidney Lumet Network, donde el presentador Howard Beale, interpretado por Peter Finch, exclama en directo: “¡Estoy más que harto y no voy a seguir soportándolo!”. La cuestión es si sabremos transformar esa furia en propuestas eficaces.

Hemos pasado de una información que pretendía aclarar la realidad a otra que refuerza prejuicios y bulos. En este ecosistema ya no se busca información, sino munición: datos convertidos en proyectiles y titulares que parecen barricadas. Cada cual defiende su relato, pero conviene preguntarse qué verdades seleccionamos y por qué.

Gobernar, ese verbo vital para el ciudadano, parece transformarse ahora en un estigma, asfixiado por el ruido agresivo, donde la puesta en escena de la confrontación sustituye al trabajo público, y el oportunismo electoral devora cualquier posibilidad de acuerdos sociales.

Sin embargo, quienes somos conscientes de esta realidad sabemos que existe otro pulso social, hermoso y sereno, tejido en la cotidianeidad de nuestros hospitales, en las calles y tiendas, en la escuela y la universidad, en los mercados de abastos o en las fábricas, donde la convivencia encuentra un refugio que sana.

La gente que siente, camina y late en el día a día resiste sin estridencias, aferrada a una normalidad que persiste incluso en medio del ruido. Esta vida cotidiana, silenciosa pero constante, muestra que pese al estrépito político, el país sigue funcionando y manteniendo su pulso real.

Tal vez la vida verdadera se desarrolla lejos del estrépito. Y es ahí donde el país sigue latiendo.

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