En la puerta del Clasijazz de
Oliveros aparece escrita una frase que parece nacida al segundo exacto en que
alguien sale de nuestra vida, con la contundencia de un tsunami: “Me costaste
mucho amor”. El autor del texto no parece esconder rabia, sino más bien el
cansancio de entregarse cuando ya todo se desmorona.
Ignoro si el otro, o la otra,
leyó esa frase o si sintió alivio, culpa o vacío. El amor roto se disuelve en
versiones opuestas: pérdida o respiro. Ese silencio, la respuesta que nunca se
escribió en el muro, es el punto final de una historia que ya no admite
réplica.
La frase sobrevive a la altura
de los ojos, justo donde el viento de Levante dobla la esquina de Oliveros.
Allí, algunas noches, los amantes buscan refugio bajo el neón discreto del
Clasijazz, en ese tramo de acera donde la ciudad baja la voz y el jazz se
vuelve un latido hondo. Si quien escribe hubiese sido generoso, tal vez habría
escrito “te di mucho amor”, pero eligió “me costaste”. Ahí está la idea
inquietante: amar no como celebración, sino como saldo que se agota.
En un mundo como este donde
todo se mide y se compara, incluso el afecto parece entrar en esa lógica. Pero
amar no es una cuenta que deba cuadrar: no siempre hay equilibrio, ni
devolución proporcional, ni justicia matemática en lo que se entrega.
Lo inquietante de la frase no
es el reproche, sino la constatación: “Me costaste mucho amor” podría
traducirse como “me quedé sin mí por quererte”. No habla de exceso, sino de
desajuste: cuando dar deja de ser expansión y empieza a ser renuncia.
Hay algo casi contable en esa
pared: cuatro palabras escritas con spray barato, una factura improvisada a la
intemperie que nos recuerda que el error no fue amar demasiado, sino haber
confundido intensidad con profundidad, brillo con verdad.
A veces, dentro del Clasijazz,
la música se extiende hasta tarde. Como el amor, se alimenta del riesgo y de la
improvisación, del diálogo de los instrumentos que a veces chocan y a veces se
elevan juntos. Amar se parece a eso: una conversación incierta en la que nadie
tiene la partitura completa.
Algún día, quizás, otra mano pinte sobre esas palabras. Entonces el muro recuperará su anonimato y la pared volverá a ser solo pared. Pero mientras tanto, quien cruce la puerta del Clasijazz tendrá que atravesar esa advertencia íntima, ese latido suspendido entre lo que fue y lo que no pudo ser.

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