Edita: Fidio (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) / X: @opinionalmeria / Mail: laopiniondealmeria@gmail.com

El precio del amor

Ignacio
Ortega

En la puerta del Clasijazz de Oliveros aparece escrita una frase que parece nacida al segundo exacto en que alguien sale de nuestra vida, con la contundencia de un tsunami: “Me costaste mucho amor”. El autor del texto no parece esconder rabia, sino más bien el cansancio de entregarse cuando ya todo se desmorona.

Ignoro si el otro, o la otra, leyó esa frase o si sintió alivio, culpa o vacío. El amor roto se disuelve en versiones opuestas: pérdida o respiro. Ese silencio, la respuesta que nunca se escribió en el muro, es el punto final de una historia que ya no admite réplica.

La frase sobrevive a la altura de los ojos, justo donde el viento de Levante dobla la esquina de Oliveros. Allí, algunas noches, los amantes buscan refugio bajo el neón discreto del Clasijazz, en ese tramo de acera donde la ciudad baja la voz y el jazz se vuelve un latido hondo. Si quien escribe hubiese sido generoso, tal vez habría escrito “te di mucho amor”, pero eligió “me costaste”. Ahí está la idea inquietante: amar no como celebración, sino como saldo que se agota.

En un mundo como este donde todo se mide y se compara, incluso el afecto parece entrar en esa lógica. Pero amar no es una cuenta que deba cuadrar: no siempre hay equilibrio, ni devolución proporcional, ni justicia matemática en lo que se entrega.

Lo inquietante de la frase no es el reproche, sino la constatación: “Me costaste mucho amor” podría traducirse como “me quedé sin mí por quererte”. No habla de exceso, sino de desajuste: cuando dar deja de ser expansión y empieza a ser renuncia.

Hay algo casi contable en esa pared: cuatro palabras escritas con spray barato, una factura improvisada a la intemperie que nos recuerda que el error no fue amar demasiado, sino haber confundido intensidad con profundidad, brillo con verdad.

A veces, dentro del Clasijazz, la música se extiende hasta tarde. Como el amor, se alimenta del riesgo y de la improvisación, del diálogo de los instrumentos que a veces chocan y a veces se elevan juntos. Amar se parece a eso: una conversación incierta en la que nadie tiene la partitura completa.

Algún día, quizás, otra mano pinte sobre esas palabras. Entonces el muro recuperará su anonimato y la pared volverá a ser solo pared. Pero mientras tanto, quien cruce la puerta del Clasijazz tendrá que atravesar esa advertencia íntima, ese latido suspendido entre lo que fue y lo que no pudo ser.

No hay comentarios:

Publicar un comentario