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La democracia de las lentejas

Javier Salvador
Periodista

Cada vez me parece más asombroso el hecho de que algún político -siempre ocurre con los nuevos, personas con cargos poco relevantes salvo una rara excepción que conozco y fue la del exministro Manuel Pimentel- se atreva a estas alturas del programa a dar un golpe en la mesa y anunciar que se va porque creía que eso de la política era de otra manera. En todos los casos siempre se tira del mismo tópico, es decir, la falta de democracia en los partidos, y ya sean de izquierdas o de derechas, el mal siempre viene precedido por el mismo síntoma, las ansias de poder. En realidad creo que somos un poco falsetes, porque nos encanta tirar de ideales, de compromiso social y todas esas pajas mentales que quedan de coña de cara a la galería, pero que olvidamos en el mismo instante que sentimos un mínimo de tacto de las riendas del poder.

Hace unos días era una concejala de Izquierda Unida de El Ejido, pero todos, absolutamente todos, han tenido sus episodios, desde el PP al PSOE, pasando por el desaparecido Gial, y sí, en todos los partidos hay un momento de democracia real, y se produce cuando sus fundadores, delante de un café, comparten la idea de crear algo grande, pero nada más levantarse de la mesa empiezan las luchas para convertirse en el personaje de vértice.

Yo lo llamo la democracia de las lentejas, porque si quieres las tomas y si no las dejas, y los momentos más interesantes de esos debates democráticos se producen justo ahora, unas semanas antes de un proceso electoral, que es cuando toca decidir quiénes serán los listos que irán en las listas.

Vamos a ver si nos entendemos. Ningún político se parte la cara por ir al Congreso o al Senado porque ése era su sueño desde pequeño, “defender los intereses de su tierra”. Es decir, que lo que se ve en el acta de diputado o senador es un cheque de unos 5.000 euros mensuales por cuatro años y con avión gratis. Así, te da igual que siendo de Badajoz te pongan en las listas por Almería o San Sebastián, porque no se trata de tener unas ganas terribles de defender a la gente sea del territorio que sea, sino de perpetuar un modelo de subsistencia que tiene más novios que las fotos de Scarlett Johansson en bolas.

Y sí, es ahí donde termina la democracia de los partidos, en el reparto de puestos, en las luchas entre las familias del poder, y siempre son dos o tres los que se reparten el pastel generando tras ellos pequeños grupos de adeptos que, dependiendo de cómo se porten, podrán seguir subiendo o sencillamente subsistiendo, que con los tiempos que corren ya es mucho y más aún desde el momento en el que al despertarse por la mañana se le llama pesadilla y a trabajar el complicado oficio de sobrevivir.

Con todo esto no trato de quitarle importancia a los motivos de esa concejala de Izquierda Unida de El Ejido, simplemente decir que no cuela, que la gente no es tan cándida como para no saber los riesgos que corre cuando se mete en algo y sobre todo en política. Por ejemplo, ¿alguien ha visto un abandono masivo de militantes de IU por pactar con el PP en Extremadura? No, ese día la conciencia se quedó en el armario ropero. ¿Dimite alguien en el PP por hablar de austeridad cuando en Castellón le pagan 80.000 al director de un aeropuerto sin aviones? No, debe ser que en Valencia llevan otras cuentas. ¿Cuántos del PSOE se han dado de baja por aprobar medidas totalmente contrarias a sus planteamientos ideológicos? No, sólo se van los que buscan hueco en otra formación política o quieren permanecer ocultos ante la inminente llegada del PP.

¿Democracia en los partidos?  Si no hay un democracia real en la calle para el ciudadano, que es el que paga, ¿creen que puede existir en los partidos?
(La Voz de Almería)

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