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Veinticinco ancianos cogidos de la mano

Rosa Montero
Periodista y escritora

Aunque los viajes pueden enseñar mucho, no es necesario dar la vuelta al planeta para conocer lo que es el mundo. Hay personas sedentarias y de vida aparentemente rutinaria y tediosa, como Marcel Proust, que, sin embargo, alcanzan un profundo y fino entendimiento de la vida. Como ya he escrito alguna vez, dentro de una nuez cabe el infinito. Basta con saber mirar y con querer ver.

Por ejemplo, unas modestas huertas del Sur español pueden ser el origen de un enorme y fascinante viaje temporal. En Vera, Almería, he conocido a un personaje singular. Se llama Juan Manuel Taboada y lleva media vida cuidando, estudiando y aumentando un pequeño tesoro de monedas antiguas que varias generaciones de familiares suyos y él mismo han ido encontrando en unos cuantos huertos de la zona. Sin alejarse del pueblo, dentro de la exigua extensión de unos pocos campos de labor y con la mirada clavada en los terrones, este hombre ha visto cómo iban pasando los imperios. Las monedas más antiguas, explica, son de las cecas púnicas, del siglo III antes de Cristo... "Los cartagineses llamaron Baria a la primera ciudad que fundaron en la costa, y la ceca de Baria fue uno de los primeros lugares en donde se acuñó moneda". Miro la pieza: redonda, gruesa, negra, muy gastada, un metal casi pétreo, una gota de tiempo condensado. Baria es la actual Villaricos, a doce kilómetros de Vera, un pueblo de apenas 700 vecinos, un plácido rincón con un ayer insospechadamente tumultuoso.

Luego, sigue explicando Juan Manuel, por este pedazo de terreno pasaron los romanos, que dominaron la región desde el 209 AC y que, como primera medida de vencedores de las guerras púnicas, se llevaron a todos los varones nativos y los vendieron como esclavos o, en el mejor de los casos, como soldados. Y yo miro las piezas romanas, las siluetas de las vestales, los perfiles patricios grabados en sus caras, y me imagino a los pobres cartagineses siendo arrastrados en una cuerda de presos e intentando ocultar en un doblez de la ropa alguna de sus rechonchas monedas negras: aunque fuera el dinero de los vencidos, supongo que aún guardaría algún valor.

Después viene una época muda y vacía que se extiende entre los siglos III y VII: probablemente los lugareños se marcharon al interior, hartos de invasiones y de bárbaros. Pero luego llegan los árabes, con sus preciosas moneditas cuadradas cubiertas de primorosa escritura islámica. Ellos son quienes fundan la primera ciudad de Vera. Atención, porque seguimos sin movernos de las mismas huertas, de la misma hectárea de tierra fatigosamente trabajada por una sucesiva legión de campesinos. Aunque también hubiera en ocasiones cosechas de muertos: durante algún tiempo, en la Reconquista, Vera fue frontera, y hubo fieros combates entre los cristianos de Lorca y los nazaríes del Reino de Granada que debieron de empapar estos huertos de sangre.

Tras el triunfo cristiano, en 1488, un terremoto destruyó Vera. Curiosamente, los campos están llenos de calderilla acuñada en esa época: "Me imagino que se enviaron fondos para levantar de nuevo la ciudad y eso atraería a muchos trabajadores de la construcción, y ¿quién no ha perdido alguna vez una moneda?". Veo piezas de Felipe II, de Felipe III y Felipe IV... Rotas, grandes, llenas de verdín, pesadas, algunas reselladas, "una práctica muy común cuando se cambiaba de Rey". ¿Y hay más? Desde luego que sí: por ejemplo, una pieza de Fernando VII con el rostro del monarca atravesado por un clavo. La toco y puedo sentir el odio de quien perforó de un martillazo el metal, su desprecio por ese Rey reaccionario y sin escrúpulos.

Así que ya lo ven: no nos hemos movido de Vera y sin embargo hemos hecho un larguísimo viaje. Y estamos hablando de dinero, ese ardiente objeto de deseo. Han pasado de mano en mano estas monedas y casi puedo percibir una pátina de ansioso sudor aún pegada al metal. En unas notas sobre su novela Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar decía que bastaría una cadena de veinticinco ancianos tomados de la mano "para establecer un contacto ininterrumpido entre [el emperador romano] Adriano y nosotros". En las huertas de Almería soy capaz de visualizar esa trenza de abuelos, y todos ellos llevan los puños llenos de calderilla (la cita de Yourcenar me la ha proporcionado Fernando Marlaska, que además de buen juez es buen lector). Ahora Juan Manuel Taboada está pensando en donar parte de la colección familiar al Ayuntamiento de Vera para que la disfruten todos. Por cierto, este hombre tiene 36 años y en realidad es un buen y muy atareado veterinario. La búsqueda de monedas, la numismática y el estudio del pasado no es más que su afición y su gran pasión. Y es que un solo individuo puede tener múltiples vidas: dentro de cada uno de nosotros estamos todos. Pero esa es otra historia.

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