Durante años, Televisión Española ha sido una cadena más en el panorama audiovisual español. Cuando sus audiencias se movían cómodamente en el entorno del 7-8 %, ni la oposición política ni las televisiones privadas mostraban especial interés por ella. Apenas aparecía en los debates parlamentarios y las críticas eran tibias o inexistentes. El ente público era, en la práctica, irrelevante para la competencia.
Todo cambió cuando La 1 empezó a acercarse, a escasas décimas, al liderazgo de Antena 3 y a superar con claridad a Telecinco. Los nervios afloraron. Y se convirtieron en pánico cuando, bajo la presidencia de José Pablo López, RTVE experimentó un claro revulsivo. La primera cadena pública se ha consolidado como líder de audiencia en varios tramos de la jornada, demostrando que es posible hacer televisión de calidad, cercana al espectador y con vocación de servicio público sin renunciar a la competitividad.
En un momento en el que las plataformas de streaming captan cada vez más horas de consumo, la televisión lineal convencional lucha por mantener su cuota. Cada punto que gana RTVE es un punto que pierden las cadenas privadas. Y menos audiencia significa, directamente, menos ingresos por publicidad. Esa es la clave económica que explica la intensidad y la ferocidad de la campaña orquestada contra la televisión pública.
La ofensiva se ha articulado en varios frentes simultáneos:
- Una comisión de investigación
en el Senado.
- La denuncia de UTECA (la
patronal de las televisiones privadas) ante la CNMC por supuesta emisión
ilegal de publicidad, que ha quedado en nada.
- Una inusitada actividad del
Comité de Informativos de RTVE, lanzando críticas internas que, más que
defender la independencia, parecen debilitar la imagen de la casa.
- Resoluciones de la FAPE
(Federación de Asociaciones de Periodistas de España) de difícil
comprensión y con intereses poco claros.
- Descalificaciones personales y
seguimientos obsesivos contra profesionales como el periodista Javier
Ruiz, presentador de Mañaneros.
Esta no es una defensa desinteresada de la pluralidad ni una cruzada por la calidad televisiva. Es una guerra comercial en toda regla. A las cadenas privadas no les molesta que exista una televisión pública. Les molesta que esa televisión pública funcione, que tenga audiencia y que compita. Porque para Atresmedia y Mediaset más audiencia significa poder vender sus espacios publicitarios más caros. Sus cuentas de 2025 ya reflejan un deterioro preocupante.
En ese contexto, RTVE se ha convertido en un enemigo a batir. No por ser pública, sino por estar recuperando espectadores y credibilidad. La estrategia es clara: desgastar la imagen de la corporación, cuestionar a sus directivos, señalar a sus presentadores y periodistas más visibles y, sobre todo, ocultar la verdadera razón del ataque: el éxito de audiencia. Porque si TVE vuelve a ser marginal, las privadas respiran. Si TVE compite, las cuentas de resultados de los grupos privados se resienten. No molesta TVE. Molesta su alta audiencia. Y esa es, precisamente, la mejor prueba de que algo se está haciendo bien en Prado del Rey.


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