Edita: Fidio (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) / X: @opinionalmeria / Mail: laopiniondealmeria@gmail.com

Remendar Andalucía

Ignacio Ortega
@opinionalmeria

Hay mujeres cuya biografía no cabe en una cronología, porque su pulso no lo marcan los calendarios sino las causas. Pero también hay mujeres que se entienden mejor en lo concreto: en una reunión a las ocho de la mañana para desbloquear una lista de espera, en una llamada incómoda para corregir un error de gestión, en una decisión que no gusta pero evita un problema mayor. La candidata del PSOE a la Junta de Andalucía pertenece a esa estirpe menos épica de lo que parece: la de quienes convierten la gestión diaria en una forma de estar en el mundo, sin necesidad de convertirla en relato.

Hace tiempo que intento encontrar el momento exacto que explique su manera de habitar el poder. Y no lo encuentro porque no hay escena única, sino repetición: horas de despacho, negociación presupuestaria, conflictos que no se resuelven en titulares. Está presente en lo pequeño. En lo que no inaugura nada, pero sostiene casi todo. No el compromiso declamado, sino el que permanece cuando todos se han ido; el que toma decisiones difíciles sin aplauso, y a veces incluso sin reconocimiento interno dentro de su propio espacio político.

Si hubiera que elegir una imagen, no sería la del discurso, sino la de la costura. Porque hay una política que corta y otra que cose. Coser es más lento, menos visible y exige asumir que el hilo no siempre es limpio y que la tela llega ya rasgada. En ese trabajo .discreto, insistente. se juega gran parte de lo público. Y ahí es donde ella parece moverse con más naturalidad que en el foco, aunque no siempre desde la comodidad, sino desde la exigencia permanente de lo imperfecto.

Un día, aquí, en Almería, me acerqué a ella como quien encuadra un plano cinematográfico -con paciencia, dejando que la luz encuentre su sitio-. Escuchaba a vecinos hablar de sanidad y educación pública, de listas de espera y falta de recursos. No era un acto cómodo. No había épica en esa escena, sino una conversación atravesada por el malestar. Exponía su forma de entender el poder sin solemnidad, pero sin ceder espacio. No pedía permiso. No gestionaba directamente esas competencias, pero tampoco las esquivaba. Escuchaba, respondía y, en algún momento, desplazaba el foco hacia el modelo de lo público que defendía. Y en esos gestos -más que en cualquier consigna-  aparecía algo reconocible: la política como un ejercicio imperfecto, pero sostenido, y sometido siempre a la prueba del terreno.

Pero, atravesándolo todo, latía su idea de lo público. No como consigna, sino como una ética aplicada que entiende que gobernar es, ante todo, proteger el suelo que pisamos. Frente a una idea de sociedad fragmentada, donde cada cual sobrevive en su propia balsa y el progreso se mide en éxitos individuales, aquí aparece otra lógica: la de lo común como sostén. No como una abstracción idealizada, sino como una decisión política concreta que se traduce en presupuesto, prioridades y límites.

En esa lógica, lo público no es un concepto: es una tensión constante. La sanidad tensionada, la educación que necesita refuerzo, los servicios públicos que nunca están terminados, la vivienda que no crece… No hay gesto heroico en eso. Hay insistencia. Y también desgaste, y una forma de política que rara vez ofrece gratificación inmediata.

La costura vuelve aquí. Porque proteger lo común no es construir desde cero, sino remendar lo que se desgasta. Pero también implica aceptar que no todo puede ser remendado a la misma velocidad ni con la misma facilidad. El tejido social no responde siempre al deseo político.

En su mirada había algo de los patios andaluces: ese equilibrio entre lo íntimo y lo colectivo, entre la sombra que protege y la luz que convoca. Pero también cierta fatiga, la de quien sabe que gobernar no es prometer, sino administrar límites, y convivir con lo incompleto como parte estructural del oficio.

En la confluencia de esas tres dimensiones  -la mujer, la feminista, la socialista- confluye también Andalucía: una tierra que sabe de resistencias largas y de esperanzas obstinadas, que aún sigue buscándose a sí misma en un tiempo de individualismo, privatización y ruido. Como si le faltara algo que no se nombra, pero se siente: un acuerdo mínimo sobre qué merece ser sostenido colectivamente.

No la nostalgia que invoca un pasado, sino la política que actúa en presente. En esa síntesis puede que Andalucía encuentre un hilo para reconocerse de nuevo: el latido que la reconcilie con lo que es y con lo que aún está por ser, a través del trabajo -tangible y diario- de mujeres como ella. Porque al final, más que la política  de “ni una mala palabra, ni una buena acción” que tan bien le encaja al actual presidente de la Junta, lo que sostiene un territorio es aquello que alguien decide no dejar caer como se ha dejado caer la sanidad, la educación y la vivienda pública.

No hay comentarios:

Publicar un comentario