Durante años, cada quince o
veinte días, llegaba a la redacción de este periódico longevo un sobre
matasellado en Molina de Segura que escondía en su interior un folio
primorosamente doblado con frases manuscritas o construidas con la tinta de una
Olivetti. Eran pequeños artículos costumbristas que enviaba con obstinación
prusiana un tal Francisco Soler Visiedo, un viejo maestro de la diáspora
turrera que debía encontrar dicha en ver sus humildes relatos publicados
en letra de molde.
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| El autor de 'Laudatio a Turre', Francisco Soler Visiedo, con su editor, Juan Grima / Arráez |
A pesar de que ya la informática fue arrinconando a las fragorosas máquinas de escribir, este hacedor de pequeños anales y ripios rurales, seguía enviando desde la huerta murciana sus escritos sin apropiarse de las ventajas del correo electrónico por ordenador. Había que teclear, por tanto, sus textos, en una labor hercúlea. Pero eran tan tiernas las palabras del escribidor, destilaban tanta nostalgia por su pueblo querido, segregaban tanta dulzura esas pequeñas historias de carnavales campesinos, de actores aficionados en teatrillos improvisados, de futbolistas primitivos con zamarra y pañuelo en la cabeza como Quincoces, de palabras olvidadas por la Academia, de costumbres atávicas como el juego del boliche, de los árboles donde estaban las mejores brevas o los mejores chumbos del pueblo, de la partida de los segadores a ‘las Andalucías’ o de la descripción de los viejos molinos maliqueros, que uno intuía que de algo serviría la digitalización de sus humildes añoranzas. Ese tal Paco, maestro de escuela, que con tanta paciencia escribía, convertía en protagonista a medio pueblo como actores de su propia historia, con un amoroso sentimiento de pertenencia, citando de memoria nombres, apellidos, motes y clanes, como si Turre fuese una pequeña Escocia.
Ahora, como por ensalmo, todo ese territorio de saberes casi silenciados por el
ruido de un cuestionado progreso, toda esa resma de artículos variopintos
creados, con tinta de BIC o de Olivetti, por este zahorí de recuerdos que es
Paco Soler, ha sido ungido a la categoría de libro, como Sotomayor elevó al
rango de Caballeros del Campo a los labradores; ahora Paco tiene toda esa labor
creativa unificada en un volumen titulado ‘Laudatio a Turre, crónicas
periodísticas’ publicado primorosamente por el editor Juan Grima en
Arraez, con la colaboración del Ayuntamiento, prologado por el propio Grima y
con una breve biografía no autorizada del autor, trazada por José González
Núñez ‘Pepe del Piedad’.
La propia dedicatoria del libro ‘A las gentes sencillas de Turre’, es ya la clave de bóveda de lo que el lector se va a encontrar en las páginas siguientes: la intrahistoria, que es la verdadera historia, de un pueblo pequeño, desde los años 20 a los años 80, a través del barniz de la memoria de un profesor que, como tantos turreros, se tuvo que marchar de sus calles, de sus plazas, de sus tertulias. Hay un hecho que se repite con contumacia en una tierra de emigrantes forzosos como la almeriense: quien sale de su tierra y hace su vida adulta en otros meridianos, conserva el paisaje de su niñez y de su adolescencia inalterable en su memoria, como si todos sus recuerdos se mantuvieran idealizados e intactos dentro una pompa de jabón; quien nunca sale de su pueblo, nunca es capaz de conservar tal destreza para el recuerdo impecable porque el día a día los va difuminando y confundiendo unos con otros. Ese es el valor de Paco Soler y de este libro: el de contar las cosas pequeñas como sucedieron, con nombres y apellidos, con anécdotas deliciosas, con el vocabulario intrínseco, con la palabra exacta para cada cosa, tal como se decía entonces. Paco, el autor, el escribidor de artículos en este periódico decano y también en otros, es el ejemplo perfecto de cómo un hombre consagra casi toda su vida a su pueblo, a pesar de estar a cientos de kilómetros de distancia. Paco nació en 1935, hijo de sastre, y vivió la turbia Postguerra volando cucos, en una familia conocida como los sacristanes. Marchó a Madrid a estudiar bachiller en un Seminario, pero la vocación no le alcanzó para hacerse cura. Lo suyo era enseñar, haciendo preguntas como Sócrates y por eso estudió Magisterio y se casó con una salmantina y recorrió Guadalajara, Málaga y Murcia, entre pupitres y mapamundis, manchándose las manos de tiza para atizar el entendimiento.
Y fue cuando se jubiló, en 1995, cuando comprendió que lo que mejor que podía hacer por su pueblo era contar lo que se estaba perdiendo -lo que se ha perdido- con el transitar de los años. Y así, por sus escritos reunidos en este libro, sabemos que Turre fue pueblo de sastres y oficialas; que tiene especies únicas de árboles; que se cantaban saetas inmortales y se hacía correr a San Juan; que había carreros que se desplazaban a por vino de Jumilla, y marchantes que compraban y vendían lechones; y que había plantaciones de melones amarillos casi únicos, y que se cultivaba palma y tomillo para la exportación, y que había partidos de balompié entre Turre y Los Gallardos o Garrucha que acababan en batalla campal. Todo eso lo sabemos ahora gracias a este alquimista de la evocación que se llama Paco, que tiene 91 años y que vive en Murcia con el corazón en Turre.


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