Basta
una breve mirada atrás para entenderlo todo: el siglo XX dejó en Almería una
estela de mujeres que escribieron contra el silencio. Desde la intemperie
luminosa de Carmen de Burgos e Isabel Millé Giménez -erudita, investigadora y
una de las primeras grandes helenistas y bibliotecarias de España- hasta la
memoria herida del exilio en María Enciso. Pero no es ahí donde hoy late con
fuerza la literatura, sino en el presente que aquellas hicieron posible.
Almería
es hoy el escritorio de un grupo de mujeres que, con una mano, recogen la tinta
que otras dejaron latiendo en los márgenes del siglo XX y, con la otra,
escriben sin titubeos el pulso de su tiempo. No parten de la nada: avanzan
sobre la huella firme de quienes sostuvieron la palabra cuando aún era
intemperie. Mantuvieron espacios como el Ateneo y los primeros suplementos
literarios, dieron visibilidad a otras voces y normalizaron la presencia
femenina en la literatura local. Entre esas figuras puente destaco a Pilar
Quirosa-Cheyrouze, cuyo compromiso poético y narrativo abrió caminos para
nuevas generaciones desde el Aula de Literatura de Roquetas de Mar; a Concha
Castro, que acompañó la transformación de la ciudad con mirada aguda; a Isabel
Andrés, que sostuvo la escritura desde ámbitos educativos y culturales; y a Ana
Santos Payán, que desde la edición convirtió a Almería en un foco poético
relevante.
Porque
es en el siglo XXI donde la escritura almeriense se ha vuelto definitivamente
consciente de sí misma. Aquí, la palabra ya no pide permiso: corta, nombra,
incomoda. Si la literatura almeriense actual es cruda y de frontera, como
muestran los poemarios de Noelia Cortés o Begoña Callejón, la granadina parece
hereditaria y académica -aunque no es una verdad objetiva-, anclada en la
tradición que conservan voces como Ángeles Mora, cordobesa afincada en Granada.
En ese contraste, los almerienses parecen haber encontrado una voz más brava,
menos domesticada, más pegada a la intemperie que al canon.
Málaga
escribe, sí, pero lo hace mirándose en el escaparate del mundo, con una
vocación de centro que a veces convierte la literatura en superficie pulida.
Almería, en cambio, escribe desde la periferia, y en esa distancia hay una
verdad sin adorno: una autenticidad que aquí se sostiene sobre la arena,
mientras allí, en ocasiones, se diluye en lo decorativo.
Y
si miramos hacia dentro, hacia mi tierra, Jaén comparte con Almería ese temblor
de provincia olvidada. Pero incluso ahí las palabras toman caminos distintos:
Jaén escribe desde el peso del olivar y la densidad de su sombra que la
sostienen hombros con nombre de mujer desde la hondura intelectual de Fanny
Rubio y el lirismo exacto de Elena Felíu, hasta la maestría narrativa de Felisa
Moreno; desde la agitación poética de Carmen Camacho, la potencia vital de
Yolanda Ortiz a la mirada valiente de Begoña Rueda.
Almería
escribe desde la exposición total de su paisaje y su luz; Jaén lo hace desde la
solidez de su tradición y su relieve interior. Si Jaén es densidad, Almería es
claridad.
En
esa claridad se levantan las voces de hoy.
Desde la conciencia afilada de Noelia Cortés hasta la mirada mestiza de
María Ángeles Lonardi; desde los mundos inquietantes de Ana Tapia hasta la
observación lúcida de Sarah Thomas sobre esta tierra; desde la energía
expresiva de Begoña Callejón hasta las nuevas narrativas de Anabel García;
desde la profundidad reflexiva de Virginia Fernández Collado hasta otras voces
que siguen ampliando los márgenes. Y, en un lugar que me duele, la voz de
Gloria Langle, honda y delicada, parece hoy replegada, como si el desaliento
hubiese logrado apartarla, por momentos, de la poesía.
Si
Pilar Quirosa fue la “conectora” física en los 80 y 90, hoy un archipiélago
digital de escritoras se despliega sin centro fijo. Escriben desde pantallas,
se encuentran en recitales, redes sociales y publicaciones independientes, y
reformulan la identidad almeriense. Más que un contrato emocional, construyen
nuevas formas de pertenencia, habitando la intemperie digital y levantando
espacios de proyección, como la Cátedra José Ángel Valente de Gómez Caro en la
UAL.
Unas
y otras me parecen herederas de una luz que no ciega, sino que ayuda a ver las
grietas, recordándonos que en esta tierra de polvo y resistencia, la escritura
sigue siendo un territorio propio, un lugar desde el que Almería ya no se
explica, sino que se proyecta.
Todas
ellas escriben desde un territorio que no es cómodo, pero sí verdadero. Porque
Almería no ofrece refugio: ofrece claridad. Y en esa claridad -a veces
excesiva, a veces cegadora- es donde estas mujeres han aprendido a mirar sin
filtro y a nombrar sin miedo.
Son, por eso, más que una generación, una forma de estar en la literatura: sin herencias que pesen demasiado, sin centros que condicionen, sin sombra donde esconderse. Solo la fuerza de su literatura. Estas son las mujeres que me inspiran.

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