Laudatio a Turre. Crónicas Periodisticas, del maestro Francisco
Soler Visiedo, conocido por Paco el Sacristán, un libro recomendable. Su nuevo
trabajo abarca la docencia, el habla, costumbrismo como los baños en
las balsas, el consumo de chumbos, la desaparición de los viejos molinos
harineros, o la de los últimos segadores que recorrían media España. Se ofrece
una crónica de más de medio siglo, escrito por el conocimiento y pasión por su
tierra. Son años de investigación, trabajando fuentes orales. Francisco Soler
Visiedo (Turre, 1935), quien afirma: “Desde un tiempo a esta parte, estoy
oyendo y leyendo bastante sobre el habla almeriense. Algo tenemos en común,
pero no se puede comparar el habla de Turre, valga como ejemplo, con la de Adra
o Dalías”. Para Soler lo que impera en el norte y levante de la provincia de
Almería es la lengua traída por los murcianos, cristianos que no fueran del
reino de Granada, dijo Felipe II, para la repoblación. El “ico” de nuestras
terminaciones es murciano (aragonesísimo. Los aragoneses estuvieron en Murcia
desde Jaime I hasta principios del siglo XIV. La repoblación en el Levante
almeriense fue con murcianos. Como anécdota sirva que en Málaga hay un pueblo
Istán, a cuyos habitantes les llaman `panochos´ murcianos”. El turrero
convierte en protagonista a medio pueblo como actores de su propia historia,
incluida la génesis de los primeros campos de fútbol, la rivalidad comarcal y
con el dato de situar al equipo de Turre como uno de los más antiguos de la
provincia.
Juan Grima de Arráez Editores dijo: “Los materiales recogidos en
este libro no tienen precio. Prácticamente saca a relucir a todo el pueblo
entre 1920 y 1980, convirtiendo a las gentes sencillas en protagonistas de la
historia”. Damián Arturo Grima Cervantes, alcalde hasta hace unos días,
sustituido por pacto municipal por José Visido, presente en la presentación del
libro rememoró: “En 1996, celebramos el IV Centenario de la refundación del
Turre actual y acudimos a Tal como somos, (el
programa que murió de éxito de Canal Sur), y don Francisco se sometió a un
montón de preguntas sobre la Historia de Turre, que debía acertar en su
totalidad y que tenían como premio una dotación de 150.000 pesetas de las de
entonces. Nuestro maestro ganó y las 150.000 pesetas las cedió por completo
para restaurar la Ermita de La Carrasca, porque es un enamorado de Sierra
Cabrera”.
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| Jóvenes turreros en 1950 / Francisco Soler Visiedo |
Bajo la tutela de sus tíos Jacinto y Teresa y las enseñanzas de Francisco González Ruíz -maestro de amplios saberes y precisos consejos, inició por libre los estudios de bachillerato en el Instituto de Enseñanza Media de Almería. También guardó en el cabal de consejos de su padre que “la risa es una bebida que no deja resaca. El prólogo es del escritor e investigador con varias gavillas de libros a sus espalda como es José González Núñez, Pepe de Piedad. ”Cuando finalizaba la década de los años cuarenta, Paco sintió la vocación sacerdotal, aun cuando ninguno de los dos curas párrocos llegados a Turre durante esos años fueran ningún ejemplo para seguir. Seguramente, fue su primo hermano Pedro Álvarez Soler, el empático sorbeño que acabaría siendo doctor en derecho canónigo, magistrado y responsable de las singulares iglesias madrileñas del Espíritu Santo (perteneciente al Centro Superior de Investigaciones Científicas) y del Monasterio de la Encarnación, el espejo en el que quiso verse reflejado. No obstante, hay que decir que, junto a su indudable inquietud religiosa y firme voluntad de servicio a los demás, Paco también anhelaba la posibilidad de finalizar el bachillerato elemental de una manera más sosegada, como la que ofrecía el Seminario, sin los vaivenes a los que estaba sometido un alumno que bregaba con los estudios por la vía de la enseñanza libre”. “Tuvo claro que quería ser maestro: para enseñar a los niños a mirar el mundo, para educar tanto en la clase como en el patio. Al contrario de aquel mal guía que le había tocado en suerte en el Seminario, tuvo claro nada más iniciar sus estudios de Magisterio que todo lo que el niño no pueda comprender no merece ser enseñado y que es preferible explicar las cosas con claridad que dar lecciones innecesarias. Paco sabía que la felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace, y él quería ser maestro para sentirse dichoso”. “Paco pasó los años de su adolescencia y juventud en aquel Madrid, todavía de tranvías y serenos, de lecherías a ras de calle y tiendas de barrio. Durante los años de sus estudios de Magisterio en la capital, Paco se hospedó más de una vez en casa de la familia de Pedro Álvarez Soler, que vivía en un piso de la calle de la Bola, con balcones a la plaza de la Encarnación, propiedad de las monjas agustinas del Convento. Allí conoció a Arturo Medina, viudo de la inolvidable Celia Viñas, que se había trasladado a Madrid como catedrático de la recién creada Escuela Experimental y Nocturna de Magisterio. Arturo Medina, era un buen amigo de su primo y un visitante frecuente de aquella primitiva “casa de Almería en Madrid”. Se trata de un apasionado almeriense, excelente pedagogo y experto en literatura infantil, pero interesado en el teatro y en todas las facetas del arte, subraya el impagable prólogo.
De sus artículos trascendieron el ámbito local o provincial y tuvieron eco a nivel nacional, como fue el caso del artículo escrito en el diario ABC al poco de su jubilación acerca del imperativo y distorsionante lenguaje que se había ido imponiendo en el ámbito educativo después de cada una de sus diferentes reformas. Sus palabras cargadas de crítica, pero llenas de un agudo sentido del humor, fueron recogidas por el premio Nobel de Literatura Camilo José Cela, por el genial dibujante y académico de la lengua Antonio Mingote y por los escritores Jaime Campmany y Alfonso Ussía. Francisco Soler, ha sido pregonero de las Fiestas Patronales de San Francisco y de la Semana Santa turrera.


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