Almería
vive una fase de gigantismo textil. La última entrega de esta competición por
medir el orgullo nacional en metros cuadrados se alza a la entrada del puerto:
una enseña de 96 metros cuadrados sobre un mástil que roza los 25 metros de
altura. Empuja el horizonte hacia
afuera, como si la identidad necesitara ser recordada a golpe de escala.

Bandera en la entrada del puerto de Almería / Autoridad Portuaria de Almería
Lo
curioso no es ya el viejo choque entre bloques, sino la guerra de banderas
desatada en el seno de la propia derecha. Impera una aritmética perversa:
cuanto más enorme es el paño, más puro el patriotismo. Como si el afecto a la
tierra pudiera medirse en superficie y ruido, en tela tensada contra el
levante.
Vaya
por delante que uno ama la bandera de su país; precisamente por eso duele verla
convertida en objeto de fiebre urbanística. Ahí está la del puerto, la de la
Estación, la de la autovía del aeropuerto y la entrada del Cabo de Gata. Cuatro
banderas grandes, hermosas y libres. Con una bastaba. La repetición no refuerza
la identidad: la desgasta. Cuando necesita ser invocada en cada acceso, quizá
es que ya no se sostiene sola. Y entonces llega la liturgia:
bandera en alto y aplauso obligado.
Frente
a esa identidad de cartón piedra, conviene rescatar el sano patriotismo, el de
Pío Baroja, aquel que se definía como “patriota a su modo”. Un modo discreto, casi
silencioso, más cercano a la mirada que al mástil. En Almería
lo encarnaron quienes entendieron la tierra sin necesidad de subrayarla: desde
la dignidad cromática de Carlos Pérez Siquier hasta la palabra de Agustín Gómez
Arcos. Una estirpe de creadores —como Cecilio Paniagua, Carmen de Burgos, José
Ángel Valente o Manuel Falces— que hicieron de esta tierra una forma de mirada,
no un emblema. No la
explicaron: la dejaron aparecer.
Todos
fueron patriotas del escalofrío: ese que brota al ver la línea de la costa tras
un largo viaje, la emoción desnuda que no requiere himnos ni telas que ocupen
el paisaje.
En la era de internet y la globalidad, Baroja ya advertía: “¿cómo se puede ser nacionalista en un lugar que un aeroplano cruza en cinco minutos?”. El verdadero patriotismo es un tejido invisible de afectos, cultura y memoria. No necesita exhibición, sino continuidad. No es una bandera que golpea el aire para marcar territorio, sino algo que se lleva sin necesidad de mostrarse porque esta ciudad necesita más de quienes callan, crean y sienten, y menos de quienes creen que subir una bandera a 25 metros de altura es lo mismo que sostener un país.

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