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La crisis con Marruecos vista desde Almería

Pedro Manuel de la Cruz
Director de La Voz de Almería

Sostiene la teoría del caos que el aleteo de una mariposa en Japón puede provocar un huracán en el Caribe. Lo que nunca pensó Edward Lorenz, el meteorólogo del MIT que la inventó, es que el caos no lo provocara el aleteo espontáneo de la mariposa, sino el interés oscuro de una oligarquía insaciable e inhumana.  

La crisis abierta entre España y Marruecos provocada, según el relato elaborado al otro lado del Estrecho, por la asistencia sanitaria prestada por el Gobierno español a un dirigente saharaui es una coartada dominada por el cinismo. Creer que ese -y solo ese- es el motivo de apertura de la frontera de Ceuta y la incitación a pasar por ella a miles de inmigrantes es de una ingenuidad conmovedora. La asistencia sanitaria al líder saharaui en un hospital de Logroño pudo irritar la sensibilidad marroquí, pero nunca hasta el punto de provocar una reacción tan conscientemente desmesurada. En 2017, en la cumbre de Costa de Marfil, al rey Mohamed VI no le importó aparecer con gesto sonriente en una fotografía de grupo con Emmanuel Macron y, ay por Alá, junto el mismo líder saharaui al que España está prestando asistencia por covid y por cáncer. A otro perro con ese (falso) hueso. 


La entrada de 8.000 inmigrantes en Ceuta el martes no fue la consecuencia de ese enfado de ocasión, no; fue una coartada para escribir sin escrúpulos un capítulo más en la estrategia marroquí de chantaje permanente a España y, sobre todo, a la Unión Europea a través de España.  

La geopolítica ha situado a Marruecos en una posición privilegiada en la estrategia militar y de Inteligencia del mundo occidental. Su situación geográfica le convierte en paso fronterizo para la oleada de migrantes que llegan desde el continente africano hacia las costas de Almería, Cádiz y del resto de Andalucía. El Gobierno de Mohamed VI es tan consciente de esta realidad de control que, a pesar de su perturbadora incomodidad (no es fácil ser lugar de tránsito o territorio de acampada indefinida para quienes llegan huyendo del hambre o las guerras)), desde hace años la ha utilizado como arma de presión permanente en la negociación de sus acuerdos de cooperación y comerciales con la Unión Europea, facilitando o imposibilitando la salida de pateras en función de la situación por la que atravesara cada proceso negociador.  

La negociación de los fondos económicos recibidos por el gobierno marroquí, más de 13.000  millones desde 2007, entre otros objetivos para desarrollar esa política migratoria (para controlar la migración, digámoslo claro), son pruebas de cómo la presión marroquí ha traspasado los límites del razonable regateo diplomático para adentrarse en el territorio del chantaje. Marruecos no va a cerrar nunca sus fronteras porque sus emigrantes son un pilar económico extraordinario por las remesas que envían a su país y que constituyen el 5 por ciento de su PIB. Sumen a esa cantidad de los fondos de cooperación recibidos de la UE las condiciones por las que transitan sus relaciones comerciales con los países de la Unión, el apoyo de EE.UU al régimen marroquí para tener controladas las dos orillas del Estrecho con una base de operaciones en el norte de África  y la posición estratégica de la monarquía alauita frente al fundamentalismo islámico y habremos dibujado el cuadro de la extraordinaria complejidad que encierra la relación de la Unión Europea, no de España, de la UE, con nuestros vecinos del sur.  

Esta es la realidad que se esconde tras la crisis de esta semana. Circunscribirla a una excitación del honor patriótico por la prestación de asistencia sanitaria a un dirigente del Polisario es una falsa coartada. Lo que esa mentira esconde es el entramado de intereses económicos tejidos por la monarquía y el gobierno a su servicio que, en su estrategia para aumentar los beneficios que su situación geopolítica les facilita, cometieron la crueldad de incitar a miles de sus ciudadanos (ya lo hicieron antes con la Marcha Verde y otras escaramuzas de menor cuantía) a lanzarse al mar o a traspasar la frontera en una aventura en la que, frente a la mezquindad obscena  de quienes los utilizó como arma arrojadiza sin importarles el altísimo precio que podían pagar, España y la UE han dado una respuesta conformada de inteligencia práctica, exigencia diplomática, humanidad y empatía. Ante estas situaciones tan complejas en las que las decisiones tienen siempre el sello de la urgencia es lógico que los matices impidan la unanimidad de las diferentes opciones políticas. La crisis parece solventada- no escribiría resuelta, que con la estrategia marroquí nada es para siempre- y la opinión generalizada es que se ha solventado moderadamente bien, pero bien al cabo.  

Bien para todos, claro, menos para los que, creyéndose todavía herederos de la España imperial, hubieran preferido el uso de la fuerza para repelar una “invasión” de niños, jóvenes y familias armados con la metralla de la incertidumbre dibujada en los ojos bañados por las lágrimas del miedo y por el salitre de las olas que los pudieron ahogar. No es una figura retórica. Las imágenes de militares, policías, guardias civiles y miembros de Cruz Roja socorriendo a quienes llegaban por mar nadie las puede borrar. Nunca he creído en el buenismo militante, pero entre sus apóstoles y los del cuñadismo patriotero que todo lo resuelve dando hostias o disparando si hace falta, no tengo dudas.  

La imagen del guardia civil que salvó a un bebé de meses de morir ahogado es tan luminosa que, por esa vida rescatada a la muerte, solo por esa vida, serían acreedores de toda nuestra gratitud como seres humanos y nuestro orgullo de compatriotas. Eso es hacer España. Las arengas son quincalla barata, mera hojalata donde esconder la nostalgia por un pasado que nunca volverá. Las crisis diplomáticas no se resuelven con sangre y metralla, se solucionan con inteligencia y templanza. Es la diferencia entre embestir y pensar. 

Pero como los huracanes tienen un amplísimo espectro de consecuencias, llegados a este punto convendría detenerse en la influencia que la estrategia marroquí de todos estos años está teniendo en Almería. Vayamos a ello. 

En un extraordinario análisis publicado el pasado jueves por Manuel León en este periódico, de los millones de emigrantes marroquíes distribuidos por Europa, en Almería ya forman parte de nuestro paisaje humano y laboral más de 60.000 personas de las que 16.000 viven en El Ejido, 12.000 en la capital, 9.000 en Níjar y 6.000 en Roquetas de Mar; casi 1 de cada diez almerienses es ya de origen marroquí y, con sus luces y sus sombras, más luces que sombras seamos justos y sinceros, vamos a continuar conviviendo.  

En cuanto al impacto de la agricultura marroquí en el sector agrícola almeriense hay que lamentar el continuado trato preferencial que reciben los productos magrebíes para llegar a los mercados europeos saltándose, una campaña tras otra, todos los acuerdos bilaterales establecidos. Prueba de esa sistemática burla al cumplimiento de los cupos es que, en la campaña pasada, Marruecos tenía acordado un cupo con la Unión Europea para exportar 285.000 toneladas de tomate. La realidad, en cambio y como siempre, fue muy distinta: Marruecos exportó cerca de 500.000 toneladas incumpliendo, además, la temporalidad y, en numerosos casos, las normas de sanidad y garantía alimentaria.  

Al final, aquella mariposa que movía sus alas en Japón podía provocar un huracán en El Caribe. Pero la que está en Rabat también provoca, cuando inicia el vuelo, un viento desagradable en los invernaderos, y en las pizarras de las alhóndigas y las cooperativas almerienses.

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