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Juego de Tronos en la diócesis de Almería

Manuel León
La Voz

Estos días, los grupos de whatsapps de los sacerdotes de Almería -uno por arciprestazgo- echan humo. Ahí, en esa nube cibernética, se mezclan todos, desde curillas rasos de parroquias lejanas hasta vicarios con mando en plaza y canónigos de la Catedral. Unos saben más que otros, en esa coctelera de mensajería de sotanas y alzacuellos, unos se posicionan a favor de don Adolfo, no en vano el prelado salmantino ha ordenado en los últimos veinte años a 50 de los 70 presbíteros que componen el actual clero diocesano; otros, sin embargo, no se mojan, aguardan el devenir de los acontecimientos, que se han acelerado desde que el pasado martes se conociera el Decreto del Papa destituyendo a don Adolfo de todas su funciones diocesanas para entregárselas de forma plenipotenciaria al cántabro don Antonio Gómez Cantero, hasta entonces obispo coadjutor.


Pero todos se hacen la misma pregunta: qué está pasando en la Iglesia, qué está pasando en la Iglesia de Almería. Y no solo los religiosos, también se lo pregunta toda la ciudad y toda la provincia, al margen de creencias y credos. Por qué ahora el obispo de Almería es de pronto tan malo, después de veinte años al frente de la feligresía urcitana. Por qué humillarlo de esta forma, alejándolo de todas sus funciones, con el único permiso para decir Misa, ahora que solo le restan seis meses para su jubileo como obispo emérito. 

El primer acto de gobierno pleno del nuevo obispo Gómez Cantero, ha sido citar hoy en el Salón Juan Pablo II de la Casa Sacerdotal de Almería a todos los sacerdotes de la Diócesis para explicarles qué está por venir y por qué se han adoptado las últimas decisiones de la Santa Sede. Es probable que se den algunos pasos para ir cubriendo el nuevo gobierno diocesano ahora en situación vacante tras el Decreto del Papa. 

Para entender un poco -no del todo- el enigma de los últimos días en el obispado de Almería, hay que retroceder seis años en el relato, en torno al año 2015: don Adolfo González Montes, un prelado culto -cultísimo dicen- una eminencia en teología, doctor por la la Pontificia de Salamanca y formado en universidades alemanas- empezaba a ingresar en el invierno de su mandato. Siempre ha tenido sus detractores en la Diócesis, entre los seglares, entre alguna parte de la Almería católica: "Es muy altivo, descuida la labor pastoral, no hace caso de los curas, es caprichoso y amante del lujo, se ha gastado mucho dinero en arreglar su baño y dormitorio particular en el Seminario, no pisa mucho la calle, siempre está entre libros estudiando". Otros lo defienden: "No tiene un Audi de ocho millones como dicen por ahí, ni ningún coche oficial, lo único que hizo fue jubilar el Laguna que tenía y comprarse un Passat". 

Acababa de cumplir, por tanto, 70 años don Adolfo y enfilaba la recta final de su prelatura y, según este relato, tres miembros de la curia empezaban a enseñar la patita para promoverse ante la sucesión. Empezaron a llevarse mal con el obispo y enviaron una denuncia por faltas morales, no delitos, a la Santa Sede acusando a una veintena de sacerdotes de Almería de llevar una vida disoluta y de que al pastor se le había descarriado parte del rebaño, que el obispo de Almería no tenía aptitudes de Gobierno. Roma archivó el caso al considerar que la denuncia escondía algo de despecho contra el propio don Adolfo y los acusadores dimitieron como vicarios.  

Fue entonces cuando don Adolfo se dejó aconsejar por su amigo  Carlos Amigo, arzobispo emérito de Sevilla, quien le instó a que pidiera un obispo auxiliar a Roma para iniciar una transición mansa. Pero el Vaticano no mandaba el obispo requerido desde Almería. Mientras tanto, seguían las aguas turbulentas en la Diócesis que fundara San Indalecio y empezaron a brotar los rumores sobre la situación de bancarrota del obispado. 

Don Adolfo había impulsado, durante los años de bonanza económica de 2004, 2005, 2006 y antes aún, cuando fluía el dinero en la ciudad -también en las donaciones y en el cepillo de las parroquias- una renovación y arreglo del patrimonio y de los templos de la provincia, empezando por el propio edificio del Seminario, el Palacio Episcopal, la propia Catedral con limpieza de fachadas y musealización, San Luis, Santa Teresa, Montserrat, la Iglesia de Roquetas. Y casi todo al mismo tiempo, tirando de créditos unificados con el Banco Popular, banco amigo, próximo al Opus Dei, con préstamos ventajosos al 1% y periodos de amortización de 35 años. Hasta ahí, se iban cuadrando los balances anuales, según los boletines oficiales del obispado, aunque con algunas sospechas de gastos varios por encima de presupuesto, que parte de la Curia atribuía al ecónomo. 

La bomba estalló cuando el Santander de Botín -ya no tan amigo- absorbió al Banco Popular,  donde estaba el señor Pomares y ya no había créditos al 1%, sino al 2,8% de interés y ya no había amortizaciones a 35 años sino a 25 y además con la obligación de hipotecar bienes en garantía para una deuda global de unos 20 millones de euros. "Se está pagando con dificultades, pero se está pagando", asegura una fuente bien informada de la curia diocesana, quien también recuerda que todos los gastos e inversiones en mejorar las parroquias se hicieron con el visto bueno del Colegio de Consultores, formado por una docena de curas con derecho a veto, incluidos dos parking situados bajo el Colegio Diocesano y junto al Conservatorio con los que no se han obtenido los ingresos presupuestados. 

Hace algunas fechas también, un jesuita compañero de estudios del padre Jorge Bergoglio, el padre Germán Arana, visitó Almería para hacer unos ejercicios de espiritualidad y realizó, según algunos miembros de la Curia, una investigación no autorizada por el obispo de las cuentas de la Diócesis, entrevistándose con varios seglares y sacerdotes con el supuesto conocimiento del ecónomo Ramón Garrido. 

El decreto del Papa Francisco dice que retira la confianza a don Adolfo y se la otorga a don Antonio por "las circunstancias peculiares" de la Diócesis, sin entrar en más detalles. ¿Cuáles son esas circunstancias peculiares, de las que habla la secretaría de Estado de la Santa Sede, se preguntan estos días con desasosiego los curas de Almería.  

El pasado mes de enero llegó a Almería aquel obispo auxiliar que requería el mitrado charro, pero revestido del rango superior de coadjutor  y con poderes para examinar y gestionar las cuentas del obispado, a un año de la jubilación de don Adolfo, un pequeño pellizco de monja a su vanidad como garante de la diócesis almeriense. 

Don Antonio Gómez Cantero se transformó automáticamente en vicario general y don Miguel Romera -hasta entonces vicario- en provicario. Se mantuvo, sin embargo, Ramón Garrido como ecónomo. No tardaron en surgir algunos restregones entre los dos prelados, a pesar de su aparente cordialidad. Un punto de inflexión fue cuando el pasado mes de marzo vino a Almería el Nuncio Apostólico de España, el filipino Bernardino Cleopas, y el presidente de la conferencia episcopal y cardenal Juan José Omella, a los actos en honor a San José -Triduo e inauguración de un monumento- organizados por la Asociación de Fieles Providentia, con sede en la Casa de Espiritualidad de Aguadulce, que comanda el hasta ahora ecónomo diocesano Ramón Garrido. Aseguran testigos presenciales que el trato entre Omella y don Adolfo fue muy frío en esos días, al igual que el del obispo titular y el coadjutor. Acusan a don Adolfo de no haber invitado a su supuesta mano derecha a la celebración de la reciente festividad de San Indalecio, el pasado 15 de mayo. 

Don Adolfo y parte de su equipo, aseguran, empezó hace unas semanas a perder de forma plena la confianza en su ecónomo Ramón Garrido, al considerarlo muy próximo a don Antonio Gómez Cantero. Hasta que Garrido, supuestamente acorralado, presentó su dimisión el pasado 10 de mayo, dando lugar a todo lo que ha venido después, e informando el coadjutor a la Nunciatura de ello. 

Dos días después, el 12 de mayo, el Papa decretaba el cese en sus funciones del mitrado salmantino y la asunción de todos los poderes en el cántabro proveniente de la Diócesis de Teruel, un decreto que se hacía público el pasado martes. Desde entonces, don Adolfo González Montes, el docto teólogo de Salamanca emparentado con la escuela de Ratzinger -el heredero de la cátedra de San Indalecio, de Villalán, de Portocarrero, de Orberá, de Ventaja, de Ródenas, de Suquía, de Casares, de Gastón- solo podrá cantar Misa.  

Y en la clave de bóveda de esta trifulca diocesana -inédita, nunca antes vivida, al menos que se recuerde- late el papel de una Asociación privada, cada vez con más poder dentro de la Iglesia de Almería, llamada Providentia. 

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