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Turismo

Antonio Felipe Rubio
Periodista

Almería, sin duda, posee grandes atractivos naturales: sol, playas, montaña… En definitiva, una tierra de grandes contrastes en la que se puede disfrutar de una encantadora cala y, a 50 kilómetros de distancia, cambiar radicalmente de escenario en un impresionante desierto o superar los 2.000 metros de altura en un bucólico refugio de alta montaña. Ciertamente los contrastes se suceden en un radio de acción muy manejable y la orografía descubre nuevas facetas al menor descuido. El problema es cómo llegar a Almería.

Las infraestructuras de comunicación suponen el mayor y más disuasorio escollo para el despegue de la oferta turística de Almería. Es reincidente y ocioso volver a destacar los abusivos precios de las líneas aéreas. Igualmente, el AVE ha demostrado ser un argumento fundamental para el desarrollo turístico y comercial de las ciudades agraciadas con su trazado ferroviario. También es cierto el creciente recelo de la UE por el diseño y expansión del AVE en España.

Uno de los principales regalos que nos otorgó la Naturaleza es una extensa franja costera que tiene uno de los más desacertados criterios de explotación de toda la cuenca mediterránea. La costa almeriense adolece de instalaciones adecuadas para el desarrollo del turismo náutico y es clamorosamente deficitaria en amarres para grandes esloras. Así, las grandes embarcaciones ignoran nuestra costa que, en este sentido, es un desierto entre Alicante y Málaga. Sin embargo, y a pesar de disponer de una extensa franja litoral, nos afanamos en concentrar toda la actividad marítima posible en un abigarrado Puerto de Almería.

El puerto es un auténtico batiburrillo de actividad comercial que alberga graneles sólidos a la intemperie, terminal de contenedores, pasaje internacional con el norte de África, atraque de cruceros sin servicios auxiliares… y, además, un poco más allá, puerto pesquero, servicio de Aduanas, Guardia Civil del Mar, Centro de Atención a Inmigrantes, Salvamento Marítimo y un nuevo pantalán ganado al mar, sin resguardo a poniente, que se dedica al tráfico de piedra natural y cemento. Y, si les parece poco, sumen el interés estratégico militar como base de la OTAN o escenario de las “multitudinarias” “Extrem Sailings in the morning”. Pero no hemos terminado. Falta el enlace de las vías del tren con el puerto. Eso sí, con el tren “atravesando como en las grandes ciudades del mundo la carretera de Cabo de Gata con unos tacos de goma para no molestar a la población” (declaraciones recientes del presidente de la Cámara).

Así las cosas, el diseño turístico de Almería, especialmente la capital, ha de lamentar un factor limitante incuestionable que radica en el Puerto.

Baste observar la oferta comercial de Calle Real y adyacentes para avizorar la oferta turística de la capital y la tendencia que, a futuro, nos proporciona la magnífica gestión del Puerto de Almería.

Ciertamente, somos agraciados en asentamientos naturales. Otra cosa es la gestión de los recursos por mediación de los administradores de tan envidiables espacios. Y, en apelación a la autocrítica, no podemos obviar el daño que se infringe a la marca “Almería” con actuaciones como la inseguridad jurídica en las viviendas de “turismo residencial” (toda una contradicción semántica per se) que han provocado una pésima prensa y una grave lesión para la marca (Branding). Así mismo, actuaciones de naturaleza tan controvertida como el Hotel de El Algarrobico mantienen abierto un escenario proclive a permanentes denuncias y excursiones ecologistas de incalculable alcance y penetración en la opinión pública.

Intentamos vender “novedades” un tanto esotéricas como “Almería Tierra de Cine” con aditamentos holográficos y leyendas urbanas. Pero la verdadera tierra de cine es la que se sustenta en otros argumentos, más prosaicos, pero realmente efectivos. La verdadera industria del cine está en Alicante, gracias al apoyo decidido e incontrovertible de las administraciones públicas (Generalitat, Diputación, Ayuntamiento) y la apuesta de instituciones e iniciativas privadas. Y, mientras tanto, cuando todo esto se gestaba en Alicante; aquí, en Almería, ni la Cámara, ni Asempal, ni la Junta, ni Diputación… movió los resortes necesarios para posicionar la oferta almeriense. Eso sí, hubo un intento entre empresas e instituciones pero, a la hora de la verdad, la Junta y Diputación incumplieron los compromisos económicos y se desistió.

Afortunadamente, se han acometido proyectos que habría que poner en valor como atractivo turístico: las fastuosas y alegóricas rotondas de Vícar y la reconstrucción de la Muralla de Jayrán con acero oxidado. Es un buen reclamo para horrorizar y, una vez recuperados del soponcio estético, solazarse en los magníficos entornos allá donde nuestras iluminadas autoridades no hayan llegado, aún, a intervenir.
(noticiasdealmeria.com)

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