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Andrés Núñez, un diputado gitano en el Congreso


Juan de Dios Ramírez-Heredia 
Presidente de Unión Romani
Exdiputado por Almería

➤ Se llama Andrés Nuñez Jiménez, tiene 37 años, es abogado, está afiliado al Partido Popular y es el candidato para ocupar la alcaldía de Chiclana en las próximas elecciones municipales del 26 de mayo de este año. Tomó posesión de su cargo hace un par de días y le hemos visto jurar la Constitución cuando así se lo reclamó la presidenta del Congreso de los Diputados, Ana Pastor. Inmediatamente, el nuevo parlamentario tuvo el gesto de ponerse en contacto conmigo para decirme: “Tío Juan de Dios, me hubiera encantado que estuviese ayer en mi toma de posesión; no puedo completar esta experiencia sin contar con usted.” Como es natural inmediatamente le contesté anunciándole que en mi primer viaje a Madrid trataría de localizarle para vernos, para celebrar juntos tan importante acontecimiento, y para ofrecerle la experiencia de mi larga vida parlamentaria en todo aquello que pudiera facilitar su labor en representación de Cádiz y de todos los españoles.

Andrés Núñez Jiménez (Foto: Loa)

Hasta aquí la noticia que merece algún comentario pertinenteAndrés Nuñez llega al Congreso cuando la actual legislatura está muy avanzada. Si el presidente Sánchez logra salvar los evidentes escollos a los que tiene que hacer frente cada día y no se ve obligado a convocar elecciones generales de forma inmediata, su mandato puede durar hasta el 26 de julio de 2020. Es decir, que tendría, en el mejor de los casos, casi un año y medio para ejercitarse en la vida parlamentaria, lo que posiblemente para él, que tiene indudable vocación política, sería la etapa más importante y comprometida a la que puede aspirar cualquier persona que quiere poner todas sus capacidades al servicio de los ciudadanos.

Andrés llega a la Cámara Baja y le hará compañía a Silvia Heredia que igualmente es diputada por Sevilla. Y lo consigue cuando yo había perdido ya casi todas las esperanzas de que alguien ocupara el puesto que dejé libre cuando salí elegido diputado al Parlamento Europeo allá por el año 1985. Y debo confesar que la gestión de mi sustitución ha sido una de las menos eficaces de mi vida. Y bien lo sabe Dios que lo he intentado de forma reiterativa y machacona. Cuando he hablado con los máximos dirigentes políticos de los partidos, y muy especialmente con los del PSOE, les he dicho que los gitanos españoles reclaman la oportunidad de tener una voz propia allí donde se hacen las leyes y donde los problemas de los ciudadanos deben encontrar vía de entendimiento y solución.

Solo encontré buenas palabras por parte de todos. Tanto los dirigentes de la izquierda como de la derecha me daban la razón y entendían que, aunque solo fuera por el legitimo interés de conseguir nuestros votos, debían colocar en sus listas a candidatos, gitanos y gitanas, con vocación política y con capacidad para desarrollar la actividad legislativa con eficacia. Pero a la hora de la verdad todo quedaba en agua de borrajas. Tan solo logramos que alguien de nuestra comunidad figurara en un puesto testimonial sin la más mínima posibilidad de salir elegidos.

La primera cosa que he hecho antes de escribir estas líneas ha sido rastrear un poco por la huella que el nuevo diputado ha podido dejar en la Red. Y me ha sorprendido su vocación municipalista. A Andrés le gusta trabajar por los ciudadanos de su pueblo y lo hace desde el lugar conde la política alcanza su lugar más preeminente: el ayuntamiento. Por eso no abandona la idea de ser elegido alcalde de Chiclana. Nada más ocupar su escaño ha manifestado que “ahora toca diversificar la actividad parlamentaria con el trabajo local, defendiendo los intereses no sólo de los chiclaneros, sino de todos los gaditanos a través del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados”.

Pero el rasgo más genuinamente gitano que me ha hecho sentirme satisfecho por la noticia ha sido leer en su página de Facebook que “Es difícil trasladar la emoción que supone ocupar un escaño en el Congreso de los Diputados. Llegar a la Cámara donde se decide el destino de nuestro país es un privilegio al alcance de muy muy pocos, y como para todos los que amamos la política, ocupar uno de los 350 escaños es un sueño hecho realidad.” Para añadir seguidamente en la víspera de su toma de posesión: “Seguimos en Madrid. Mañana es un día histórico. Literalmente. Gracias a quienes me dieron la oportunidad, a mi padre, a mi madre”.

¿Se habrá roto el maleficio? La llegada de Andrés al Congreso de los Diputados, gracias a la dimisión del que figuraba delante de él en la lista de la provincia de Cádiz, me parece como un signo de los sorprendentes cambios que se están producción en la esfera política de nuestro país. Tenemos a un presidente del Gobierno que ha logrado tan alto honor y responsabilidad como consecuencia de una moción de censura. En el Partido Popular manda un joven brillante y emprendedor que ganó unas primarias en su partido contra todo pronóstico. Y la última conmoción la hemos vivido en Andalucía. Hemos perdido ―el PSOE― las elecciones como consecuencia, entre otras muchas cosas, por la irrupción en la vida parlamentaria de un partido, Vox, por el que nadie daba un duro el día antes de las elecciones. Y como si de un anuncio premonitor de grandes cambios se tratara, por fin, un diputado gitano irrumpe con buen pie en el palacio de la Carrera de San Jerónimo.

Acercándose ya unas fechas de gran importancia electoral, desde la Unión Romani nos hemos propuesto, como siempre hemos hecho, zarandear a los líderes políticos para que no nos ignoren y sean conscientes de que una población con 750.000 miembros, que tiene lazos familiares, culturales y tradicionales tan fuertes como tenemos los gitanos, somos una cantera de votos que no se debe despreciar. Y para mayor seguridad y pluralismo democrático son conocidos ya, por su militancia o compromiso políticos, un nutrido grupo de gitanas y gitanos identificados con el Partido Popular, con el PSOE y hasta con Podemos que llevó como cabeza de lista de su formación en Salamanca a una gitana.

Esta es la imagen de la España plural, constitucional y democrática en la que la inmensa mayoría de los españoles creemos. Durante 23 años continuados he dado testimonio de esta fe en Barcelona, en Almería y en Bruselas y Estrasburgo. Ahora le toca hacerlo, durante unos meses, a Andrés Nuñez Jiménez ―quien por cierto es un magnifico escritor. Acabo de comprar su libro “Hormigas en los zapatos” que es una descripción a veces dramática y siempre poética, de la soledad, la frustración y el vacío existencial provocado al llegar a la vida adulta desde la adolescencia―. Nuestra esperanza está en que roto el maleficio, en el mes de mayo sean muchos los concejales, alcaldes y alcaldesas, diputados y diputadas que hagan compañía a Andrés en esta hermosa andadura.

Dos presidentes del Constitucional: Tomás y Valiente y Jiménez de Parga

Juan de Dios Ramírez-Heredia
Abogado y periodista
Miembro de la Orden al Mérito Constitucional

El pasado día 14 de febrero se cumplieron 21 años del horrendo asesinato de don Francisco Tomás y Valiente a manos de ETA. Gran jurista, historiador y excelente escritor, nació en Valencia el día de la Inmaculada del año 1932 y fue asesinado en 1996 cuando el etarra Jon Bienzobas Arretche, de sobrenombre “Karaka”, le disparó tres tiros a bocajarro cuando estaba hablando por teléfono en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid.

Francisco Tomás y Valiente. Composición gráfica de comercioyjusticia.info

Al otro lado del hilo telefónico estaba su amigo y compañero el profesor Elías Díaz que oyó perfectamente el ruido seco y duro del primer disparo. Elías Díaz creyó que aquel ruido tal vez lo había producido un fuerte golpe sufrido por una caída de Tomás y Valiente. Por eso gritó angustiado: "¡Paco!, ¡Paco!, ¿qué pasa?". Pero Paco ya no le pudo contestar porque seguidamente resonaron en sus oídos, con la fuerza de dos dardos envenenados, otros tantos disparos realizados por el asesino que quería tener la seguridad de que había acabado con la vida de una de las personalidades más importantes de la reciente historia de España. Tenía 63 años.

Francisco Tomás y Valiente, que se licenció en Derecho en el año 1955 por la Universidad de Valencia, siempre se consideró un maestro. Su vocación era el aula y por eso opositó en 1964 para conseguir la Cátedra de Historia del Derecho de la Universidad de La Laguna trasladándose aquel mismo año a la Universidad de Salamanca. Fue en 1980 cuando se incorporó a la Universidad Autónoma de Madrid siendo inmediatamente elegido por las Cortes Generales magistrado del Tribunal Constitucional.

Recuerdo con emoción el momento en que se produjo aquella votación. Yo era diputado por Almería y acababa de iniciarse la primera Legislatura de nuestra nueva era democrática. El presidente del gobierno era don Adolfo Suárez y el presidente del Congreso de los Diputados don Landelino Lavilla Alsina. En aquel primer año de legislatura normalizada casi todo era nuevo para nosotros. Y era, además, la primera vez que íbamos a designar a los cuatro miembros del Tribunal Constitucional cuya elección correspondía al Congreso de los Diputados.

Debo confesar ―y esta es una manifestación absolutamente personal― que las formas no me son indiferentes. Antes, al contrario, me gusta que la ceremonia sea respetada, que la gente vaya vestida de acuerdo con el rango de su oficio y que las reglas establecidas para las celebraciones de cualquier índole estén revestidas por el orden y la prevalencia de la autoridad que da el prestigio de la institución donde se celebran. Todo el mundo sabe la pasión del presidente Tarradellas por que se guardaran las formas en el discurrir de la vida política y especialmente en el vestir. Nadie podía entrar en su despacho sin corbata. Es conocida la frase con que se dirigió a Xirinacs, famoso sacerdote revolucionario y catalanista, cuando le recibió en el Palacio de la Generalidad. Al verlo ataviado con un jersey le preguntó: "Se’n va d’excursió, mossèn?”   (¿Se va de excursión, padre?).

Aquel 30 de enero de 1980 escribí en un papel el nombre de Francisco Tomás y Valiente y cuando fui llamado por el secretario de la Cámara subí la escalinata que conduce al atril desde donde hablan los parlamentarios y entregué mi voto al presidente del Congreso. Salió elegido magistrado del Tribunal Constitucional por 250 votos, superando la cantidad de 210 votos exigidos por la Constitución. Por desgracia para él, aquel día se firmó su sentencia de muerte. En 1986 fue elegido presidente del Tribunal Constitucional cesando, tras haber sido reelegido, cuatro años más tarde. Fue en 1996 cuando el maldito Bienzobas le descerrajó tres tiros en la cabeza mientras preparaba en su despacho el cuestionario de preguntas que iba a formular a sus alumnos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Don Manuel Jiménez de Parga Cabrera, mi suegro y abuelo de tres de mis hijos
     
Jiménez de Parga podía haber muerto como consecuencia de un atentado que contra él tenía preparado un grupo de terroristas de ETA. La policía había descubierto en Madrid un piso ocupado por un comando dispuesto a sembrar el terror entre los miembros del poder judicial. Concretamente el atentado mortal contra don Manuel estaba previsto para el sábado 12 de abril de 1997.

Jiménez de Parga, con Adolfo Suárez, en 1977 (Foto Abc)

El «comando Madrid» había vigilado muy de cerca tanto a Jiménez de Parga como a Ángela Murillo Bordallo, que era magistrada de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. A ambos pretendía asesinarlos para amedrentar a los miembros de la Administración de Justicia. En una publicación interna de la organización criminal de 1993, el «Barne Buletina», se incluía un escrito en el que se decía que “es hora de dar nuevos pasos contra algunos jueces; esto tendrá que ser tomado de forma selectiva. A los jueces y políticos más significativos hay que darles en la cabeza”.

Y, efectivamente, la lista de miembros de la judicatura que fueron alcanzados por el odio ciego de la banda terrorista se incrementó considerablemente. Baste con mencionar, entre otros a Rafael Martínez Emperador, magistrado del Tribunal Supremo (asesinado el 10/2/1997); Luis Portero García, fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, Ceuta y Melilla (asesinado el 9/10/2000); José Francisco Querol Lombardero, magistrado del Tribunal Supremo (asesinado el 30/10/2000); y José María Lidón Corbi, magistrado de la Audiencia Provincial de Bizkaia (asesinado el 7/11/2001).

Jiménez de Parga, nacido en abril de 1929 en Granada, enseñó Derecho en varias universidades. Ambos fuimos diputados en las Cortes Constituyentes y él, ministro de Trabajo del primer Gobierno en democracia que formó el presidente Adolfo Suárez. Luego fue consejero de Estado y magistrado y presidente del Tribunal Constitucional. Antes fue embajador ante la Organización Internacional del Trabajo, en la que ocupó el sillón que había dejado vacante el último español titular en el cargo, Francisco Largo Caballero, en 1939.

Jiménez de Parga tenía una vocación dividida entre el mundo del derecho y el periodismo. Como profesor, comenzó su carrera en la cátedra de Derecho Político en la Universidad de Madrid en 1956 e inmediatamente ganó las oposiciones a catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, donde ejerció la docencia durante 20 años, de 1957 a 1977. Hubo que esperar a que muriera Franco para que fuera elegido decano de la Facultad de Derecho (1976) y rector de la propia Universidad de Barcelona (1976-1977). A lo largo de sus más de 30 años de ejercicio, Jiménez de Parga intervino en asuntos relevantes tales como la defensa de estudiantes y sindicalistas ante el Tribunal de Orden Público, así como de periodistas e intelectuales perseguidos por la dictadura.

Manuel Jiménez de Parga fue autor de más de una decena de libros entre los que destacan: "Teoría política de Giduanni Gentile" (1954), "La V República francesa”, "Los regímenes políticos contemporáneos" (1960), obra de la que se han hecho múltiples ediciones, “¿Hay que reinventar la democracia en España?" (1993). Finalmente, en 2008, presentó sus memorias "Vivir es arriesgarse: Memorias de lo pasado y de lo estudiado".

Permítanme la parquedad obligada con que me debo expresar en el limitado espacio de este comentario. Y debo hacerlo porque Jiménez de Parga, antes de que yo conociera a su hija Paloma, con la que me casé, era mi líder cuyos artículos publicados en el desaparecido Diario de Barcelona constituían para mí una fuente diaria de alimentación democrática en los estertores del franquismo. Y para que nadie me acuse de parcialidad hago mías las palabras con que Mateo Madridejos Vives, ayudante suyo en la cátedra de la Facultad de Derecho de Barcelona, se refería a don Manuel días después de su muerte el 6 de mayo de 2014.

“Las lecciones del profesor Jiménez de Parga en la Facultad de Derecho, sin olvidar el rigor académico, fueron como una ventana abierta a horizontes desconocidos, a los vientos de la libertad, y pronto se convirtieron en una plataforma atrayente no sólo para los estudiantes, sino también para la naciente oposición al régimen, muy influida por el partido comunista en el ámbito universitario. Uno de sus más directos colaboradores, Jordi Solé Tura, figuraba a la sazón entre los militantes más activos y conocidos del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), la sección catalana del comunismo español. Quiero decir que con un espíritu liberal que nunca le abandonaría, Jiménez de Parga eligió a sus adjuntos y ayudantes en razón de sus méritos, no por razones políticas o sociales, de manera que supo crear a su alrededor un grupo activo de universitarios y periodistas de inequívoca voluntad democrática”.

"Un anuncio inquietante"Así titula don Manuel Jiménez de Parga el breve capítulo de sus memorias donde hace referencia a su anunciado asesinato. “Si inquietud es lo que turba la tranquilidad, una llamada telefónica el sábado 12 de abril de 1997 resultó inquietante y alteró la serenidad familiar. A media mañana de ese día me telefoneó el ministro del Interior para informarme directa y personalmente, antes de que la noticia apareciese en los medios de comunicación, de que acababa de descubrirse un piso ocupado por terroristas de ETA y que en la documentación encontrada por la policía había datos suficientes para vaticinar que, en los próximos días, quizá el lunes, día 14, yo sería asesinado".

"La información que me facilitaba Jaime Mayor Oreja -prosigue-, preocupado en su profunda cordialidad, no era de las mejores que uno recibe a lo largo de la vida. Pero procuré mantener en casa una apariencia de tranquilidad sobre todo para que María Elisa, mi queridísima compañera y eficaz colaboradora durante más de 50 años, no se desequilibrara. Solo transmití la conversación del ministro a mis tres hijos varones y a los dos yernos que estaban cerca". Días después, don Manuel escribió un artículo ampliamente difundido, dando gracias a Dios por haberle concedido, para estar con sus hijos y nietos, “Un suplemento de vida”.

La zambomba navideña

Juan de Dios Ramírez-Heredia
Abogado y periodista

Me acaban de enviar desde Puerto Real (Cádiz) un pequeñísimo video de tres minutos y medio de una “zambomba” navideña. Y esto me ha transportado, una vez más, a mi infancia y primera juventud. Mis recuerdos se difuminan en el portal de la casa en la que vivían mis abuelos. Allí organizábamos cada año la fiesta de la zambomba. Recuerdo que yo mismo iba a buscar unas varillas de caña, finitas pero firmes y consistentes, que luego atábamos en el centro de un trozo de tela de muselina blanca. Tela de tamaño algo superior a un pañuelo grande. Con esta tela y una cuerda cerrábamos la boca de una pequeña tinaja. Ya no hacía falta nada más que un cubo de agua con el que mojar la varilla, y de paso la tela, para que con el frote de unas manos expertas sobre el palito se produjera ese sonido tan peculiar, tan bronco y oscuro, pero tan apropiado para acompañar el ritmo inconfundible de los villancicos flamencos.


Como algunos años no teníamos dinero para comprar una pandereta, fabricábamos una especie de sonajero consistente en un alambre grueso en el que ensartábamos unas chapas, agujereadas por el centro. Las chapas eran los tapones de las botellas de gaseosa (la Coca Cola, aunque parezca mentira, aún no se conocía en España) que aplastábamos con una piedra hasta quitarle su forma tridimensional y dejarla convertida en eso: una chapa metálica plana, que al chocar unas contras otras alegraban el “run, run” acompasado de la zambomba.

Y, por supuesto, no podía faltar la botella de “Anís del Mono”, evidentemente vacía, sobre cuya superficie rugosa y adiamantada, deslizábamos, a veces con frenesí, el mango de una cuchara. Por cierto que si se fijan ustedes en la etiqueta de la botella, la cara del mono, que es un mono simpático, es la de Charles Darwin, el creador de la teoría de la evolución humana, en la que el mono, por lo visto, algo tuvo que ver. Pues, como digo, todas las navidades nos reuníamos los vecinos del barrio en la “casapuerta” ―en otros lugares le llaman “zaguán”― de donde vivían mis abuelos para cantar villancicos. Empezábamos con la tarde bien vencida y terminábamos, exhaustos de tanto cantar, entrada la noche.

"La zambomba era una ocasión más en las que se ponía de manifiesto que los andaluces de mi tierra y los gitanos pertenecíamos todos a un mismo grupo humano donde el racismo era algo absolutamente inconcebible"

Quiénes participábamos en la zambomba. Pues miren ustedes: más “gadchés” que gitanos. (La palabra “payo” ni existía en nuestro lenguaje ni yo la había oído en mi vida hasta que salí de Andalucía siendo ya un joven de más de 20 años). Es verdad que el protagonismo de la zambomba era exclusivamente nuestro. Los vecinos acudían a la reunión por oír cantar a mi tía Rosario, a mi madre, a mi tío Agapito, y a otros parientes nuestros que, a veces, se desplazaban desde Jerez. La zambomba era una ocasión más, entre tantas otras, en las que se ponía de manifiesto, que los andaluces de mi tierra y los gitanos que vivíamos en ella pertenecíamos todos a un mismo grupo humano donde el racismo, tal como hoy lo conocemos y lo sufrimos, era algo absolutamente inconcebible. Un día dije, y hoy lo repito, “yo no sé si los gitanos están andaluzados o los andaluces están agitanados”.

Qué cosas cantábamos. Pues cantábamos villancicos que hoy se denominan antiguos, pero que se siguen cantando. Ahí la modernidad ha tenido difícil entrada. Hoy suenan igual que antes La virgen se está peinando, Dime niño, ¿de quién eres, todo vestidito de blanco…?, Hacia Belén va una burra, Campana sobre campana, Los peces en el rio, Arre borriquito, Madroños al Niño, Ya vienen los Reyes, La Virgen va caminando, etc. etc. Pero los tiempos cambian, y aunque los villancicos navideños sigan siendo los mismos, la verdad es que, como dice el refranero, “entre col y col, lechuga”. Es decir, entre villancico y villancico siempre sienta bien un cante por bulerías, especialmente si son las de Jerez.

"Cuando nos reunimos en la casapuerta de un patio de vecinos se conforma en ese cónclave de gente buena la mejor imagen de una sociedad que no sabe de racismos despreciables ni de enfrentamientos de clase"

El escenario no ha cambiado, lo que es de agradecer. La zambomba no se ha trasladado a los grandes teatros ni se ha comercializado como una fiesta para turistas, curiosos o simplemente aficionados de los del montón. La zambomba navideña sigue teniendo el calor de la familia extensa que la forman los gitanos y los “gadchés”.  Cuando nos reunimos en la casapuerta de un patio de vecinos, o en la accesoria, que es una habitación de planta baja en una casa con puerta a la calle, unos de pie, otros sentados en el suelo y alguno con la silla que se ha traído desde su casa, se conforma en ese cónclave de gente buena, de gente sencilla, la mejor imagen de una sociedad que no sabe,  ni quiere saber, de racismos despreciables ni de enfrentamientos de clase porque en esas reuniones lo que prima es el deseo de estar juntos y de divertirse juntos, dándole por unos segundos “a las penas puñalás”.

Si tienen la curiosidad de ver el vídeo que ilustra este artículo podrán ver las imágenes de la zambomba celebrada en Puerto Real, mi ciudad natal, en la que intervienen algunos miembros de mi familia. El que baila es mi sobrino Juan de Dios, hijo mayor de mi hermana Mari Carmen. El guitarrista es mi sobrino Israel, hijo segundo de mi hermana Lourdes. La bailaora es otra sobrina mía, se llama Salud, como mi madre, y el arte le rebosa por todos los poros de su cuerpo. Y la cantaora es otra sobrina mía, ésta hija de mi tía Gertrudis. Lástima que la grabación esté hecha con un teléfono móvil y que su calidad sea muy endeble.

Pues nada más. Que ustedes lo disfruten, que falta nos hace, en esta época de tantos recortes y de violencia irracional.

Fidel Castro y los gitanos

Juan de Dios Ramírez-Heredia
Abogado y periodista

Presidente de Unión Romani

En el año 2001 se celebró en Durban, Sudáfrica, la I Conferencia Mundial contra el Racismo convocada por las Naciones Unidas. En ella participaron una treintena de Presidentes y Jefes de Gobierno de todo el mundo, así como 166 ministros de Asuntos Exteriores, de Servicios Sociales o de Trabajo. Igualmente, como observadores, estuvieron presentes decenas de ONG, así como las organizaciones más representativas de los movimientos sociales y humanitarios del planeta.

Fidel Castro

La delegación oficial española estuvo presidida por el Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, Juan Carlos Aparicio, así como por la Secretaria General de Asuntos Sociales, Concepción Dancausa. Igualmente, con la condición de observadores, el Ministro decidió invitar a otras personas entre las que se encontraban Francisca Sauquillo, el profesor Tomás Calvo Buezas y el presidente de la Unión Romani para que siguieran en directo el desarrollo de la Conferencia.

Así fue como vi el comienzo de la Conferencia Así que cargado de ilusión llegué a Durban y creo que fui de los primeros en instalarme en el Centro Internacional de Convenciones con el fin de coger un buen sitio y poder ver y oír lo más cerca posible a buena parte de los líderes del mundo. El aspecto del salón de Plenos de la Conferencia era impresionante. Estaba dividido en tres partes. La primera era una especie de escenario situado por encima del nivel del suelo de la gran sala. En el centro de la tarima había una mesa adornada con la bandera de la ONU. Tras ella se sentó para presidir el acto inaugural el señor Thabo Mbeki, Presidente de la República de Sudáfrica y el entonces Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan. Y a la derecha, sobre otras plataformas que se sucedían elevadas como en una escalera, se situaron las sillas más vistosas y elegantes, donde se sentaron los jefes de Estado que en aquel momento estaban en la ciudad. Allí fue donde vi, por primera vez, a Fidel Castro, aYasser Arafat, y al resto de las personalidades que ocuparían aquel lugar de privilegio.

La segunda división de la gran sala, que empezaba al pie del escenario, era la destinada a los representantes ofciales de los 160 Estados presentes en la Conferencia. Cada Delegación contaba con una pequeña mesita sobre la que había un gran letrero con el nombre del país que debía ocupar aquel lugar, e inmediatamente detrás de la mesita, cuatro sillas, dos delante y las otras dos detrás, enfundadas en un vistoso tejido rojo. Inmediatamente localicé la que correspondía a España y esperé ansioso que llegaran nuestros representantes oficiales.

La tercera parte de la gran sala, donde yo me encontraba, era la reservada a los observadores acreditados por sus Gobiernos. En este espacio no había sitio señalado y cada uno podíamos sentarnos donde mejor nos pareciera. La separación entre los observadores y los ministros la constituía una franja expedita de unos cuatro metros de anchura sobre la que se había colocado una serie de soportes verticales de un metro de altura, separados convenientemente. Soportes que servían para sostener un grueso cordón de trenzado azul que los unía, unos a otros, por un gancho situado en la parte superior de la columnilla separadora. En esta franja estaban situados varios policías, muy elegantemente uniformados, que, supongo, estaban allí para garantizar la separación de los señores ministros del resto del personal.

El ministro español no aparecía por ninguna parte. En pocos minutos la sala se llenó hasta la bandera. Las altas personalidades ocuparon sus asientos y los señores ministros, acompañados de sus colaboradores fueron llenando las mesitas a ellos destinadas. Pero empecé a ponerme nervioso cuando vi que ya no faltaba nadie y que la mesita reservada a la delegación oficial española seguía vacía. Al fin, momentos antes de que el Secretario General de la ONU anunciara el comienzo de la Conferencia, entró la Delegación española y ocuparon sus asientos. Eran los embajadores de España en Johannesburgo y ante las Naciones Unidas y un funcionario del Ministerio. Pero solo eran tres. ¡Faltaba el ministro!, cuya silla permaneció vacía.

Dio comienzo la solemne sesión de apertura y escuche con atención las intervenciones de tantas e importantísimas personalidades. Debo decir que, previamente, el Secretario General de la ONU advirtió que sería muy estricto en la administración de los tiempos concedido a los oradores que sería el siguiente: los señores presidentes y Jefes de Estado dispondrían de diez minutos y los señores ministros de cinco minutos cada uno.

Pero la sesión continuaba, el tiempo avanzaba y el ministro español no llegaba. Mis ojos permanecían clavados en su silla vacía. Así, terminaron de hablar las más altas personalidades, y fue entonces cuando Koofi Annan dio la palabra a los ministros presentes advirtiéndoles que sería muy estricto en la utilización de los tiempos a ellos destinados.  Así que, dirigiéndose a la Asamblea, dijo:

- Señores ministros que deseen hacer uso de la palabra en el siguiente turno, manifiéstenlo en voz alta poniéndose en pie.

Mi estado de ánimo era el de un volcán en erupción. El ministro español no llegaba y España iba a perder la oportunidad de fijar su postura sobre el racismo y la discriminación en una ocasión irrepetible. Y empezaron a oírse las voces de los representantes oficiales de los Estados manifestando su deseo de intervenir: Canadá, dijo el ministro norteamericano; Letonia, Filipinas, Cuba, México. Y así hasta diez que fueron los ministros que desearon intervenir. Y nuestro ministro sin aparecer.

Yo esperaba que alguno de los embajadores levantara la voz en representación de nuestro país con el fin de dar tiempo a nuestro ministro que aún no había llegado. Pero no lo hicieron. Y en aquel momento tomé una decisión atrevida sin medir bien sus posibles consecuencias. Me levanté raudo y salté el cordón azul que separa a los observadores de los representantes oficiales. El policía más cercano se quedó tan sorprendido que no fue capaz de actuar para impedirme la veloz carrera con que llegué a la mesa que sostenía el letrero de nuestro país. Me senté en la silla reservada a nuestro ministro y desde ella, dirigiéndome a la presidencia de la Conferencia dije:

- ¡España!

Yo temblaba como las hojas de los árboles. Desde lo más profundo de mi corazón le pedía a Dios que apareciera el ministro para que pudiera hacer uso de la palabra cuando fuera llamado desde la tribuna. Los miembros de la delegación me dijeron que el avión en el que venía a Sudáfrica se había retrasado y que también esperaban que de un momento a otro se incorporaría. Sin embargo, debo manifestar que, aunque me trataron con respeto, me advirtieron de que mi comportamiento me podría traer muy graves consecuencias. Que yo había hecho uso de una facultad para la que no tenía autorización y que hablar en nombre de España, cuando no se tiene la legitimación ordinaria para hacerlo, podía ser un delito penalmente condenable.

- Por Dios, por Dios, que aparezca el ministro ―pedía yo desde lo más hondo de mi corazón. Pero el ministro seguía sin aparecer cuando atronaron en mis oídos las palabras del Secretario General de las Naciones Unidas diciendo:

- Tiene la palabra el señor Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales representante del Reino de España.

Y me levanté y hablé. A pesar de que mis accidentales compañeros de mesa me advirtieron que midiera bien mis palabras no fuera a provocar algún tipo de conflicto diplomático. E hice mi discurso. Empecé diciendo que yo no era el ministro de Trabajo y Asuntos Sociales de España pero que, en su ausencia, creía que podía exponer en la Conferencia la realidad de mi país y del mundo en lo concerniente al tratamiento racista y persecutorio que padecían los miembros de mi comunidad, los gitanos, en la mayoría de los países miembros de las Naciones Unidas.

Debo decir con un cierto rubor que mientras que el presidente de la Conferencia advirtió a algunos ministros que sus cinco minutos habían terminado, conmigo fue especialmente generoso porque estuve exponiendo mi relato durante casi nueve minutos y no me llamó la atención. Al terminar, me senté en la silla ministerial e hice el gesto de marcharme al sitio de los observadores, pero mis “momentáneos” compañeros de Delegación me dijeron que no lo hiciera y que permaneciera sentado donde ya lo estaba.

Y fue en ese momento en el que el Presidente de la República de Cuba, Fidel Castro, pidió la palabra, para contestar a mi discurso. Han pasado los años y aún me emociona el recuerdo de sus palabras. Más o menos vino a decir lo siguiente:

- Quiero manifestar desde aquí mi completa conformidad con lo que ha dicho el representante de España. La lucha del pueblo gitano por defender sus derechos debe ser apoyada por esta Conferencia y así debe hacerse constar en su declaración final. Las palabras del representante español han sido palabras oportunas y llenas de legitimidad y sentido común.

A partir de ahí Fidel Castro se manifestó como el Fidel Castro que todos conocemos. Una vez en el uso de la palabra, con el fin de apoyar lo que yo había dicho, empezó a contar su experiencia con los gitanos europeos, especialmente con los que vivían bajo algún régimen comunista dependiente de la Unión Soviética. Mostró un especial conocimiento sobre la vida de los gitanos rumanos de los que, dijo, haber hablado en alguna ocasión con el presidente del país Nicolae Ceausescu.

Acabo. Cuando terminó la sesión tuve que atender a muchos medios de comunicación y especialmente a los españoles que, una vez más, me manifestaron su complacencia por mis palabras. Pero mis alarmas empezaron a sonar cuando un funcionario de la embajada española en Johannesburgo se me acercó para decirme:

- El señor ministro quiere verle y me pide que le diga si puede usted cenar esta noche con él.

Como es natural dije que sí. Y desde aquel mismo instante empezó a sentarme mal la cena a la que aún no había acudido. Cuando llegué al reservado donde suponía que estaba el ministro esperándome para echarme la gran bronca, me encontré con que alrededor de la mesa había, al menos, diez comensales. Y me dije: “El ministro quiere liberarse de cualquier responsabilidad llamándome la atención ante testigos por haber ocupado su puesto sin haber sido autorizado para ello”. Pero no fue así, Juan Carlos Aparicio Pérez, que fue un buen Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, se acercó a mí, me estrechó fuertemente la mano, y adivinando mi estado de ánimo, me dijo:

- No te preocupes lo más mínimo. Lo has hecho estupendamente bien. He pedido la grabación de tus palabras y las he oído. Y quiero decirte que has dejado el nombre de España en la mejor posición para que podamos, a partir de mañana, defender nuestra postura con mayor fuerza y autoridad. Además, después de lo que ha dicho de tu intervención Fidel Castro, ¿Quién puede dudar de lo oportuno que has estado?  Así que siéntate y vamos a cenar tranquilamente.

Pero no acaba aquí la historia. Al día siguiente varios miembros de nuestra delegación y yo estábamos dando un paseo por una de las calles de Durban cuando fuimos sorprendidos por las sirenas de unas motos enormes que montaban cuatro policías, dos delante y dos detrás de un gran coche negro. Con el fin de no ser atropellados nos refugiamos en el acceso de entrada de un gran hotel a cuyas puertas nos encontrábamos. Pero resulta que el mandatario que iba tan escoltado se dirigía a ese mismo hotel, por lo que el coche se paró prácticamente delante de nuestras narices. Y de él se bajó Fidel Castro que inmediatamente fue rodeado por su escolta personal para introducirlo en el hotel.

- ¡Señor Presidente, señor Presidente! ―dije levantando la voz con el fin de llamar su atención, cosa que conseguí porque Fidel Castro frenó su andadura y se me quedó mirando sorprendido―. Señor presidente, perdóneme la interrupción. Soy el ciudadano español que intervino ayer en el pleno de la Conferencia y quiero aprovechar la oportunidad de tenerle tan cerca para darle las gracias por sus palabras. De verdad, señor Presidente, muchas gracias. Y entonces sucedió lo que nunca pude imaginar. Fidel Castro me escudriñó con la mirada, apartó con la mano al escolta que se interponía entre los dos y dijo:

- Bueno, bueno, hombre, es que me impresionó mucho lo que usted dijo. Así que usted ¿es gitano? Venga conmigo que quiero hablar con usted.

Hizo un gesto para que los escoltas me dejaran acercarme a él y tomándome por el brazo entramos juntos en el hotel donde con tranquilidad sostuvimos una agradable conversación. Me preguntó un sinfín de cosas sobre los gitanos al tiempo que me transmitió sus sentimientos sobre nuestra cultura y nuestra especial manera de entender y valorar la libertad.

Carta abierta al candidato de Podemos Julio Rodríguez

Juan de Dios Ramírez-Heredia
Abogado y periodista / Presidente de Unión Romaní
Exdiputado de Almería por el PSOE

Estos días está usted en boca de todo el mundo. Y no es de extrañar. Usted no es de Almería y ni siquiera es andaluz. Pero eso ¡qué más da! La gente habla de usted no porque sea gallego, sino porque usted es un general de cuatro estrellas. Cosa que me imagino que debe ser importantísima (le ruego que perdone mi ignorancia en estos menesteres de galones y estrellas porque, como yo no hice la mili, no estoy muy al corriente. Gracias a que tengo a mi lado a mi amigo y hermano Paco El Brillantina, que es un gitano de Granada que sí hizo la mili, puedo saber algo del significado de los galones porque él me lo explica). Soy, mi general, un verdadero desastre. Yo no sé si será por un miedo atávico a los uniformes -transmitido durante generaciones por mi gente- o simplemente porque nosotros, los hombres y mujeres de izquierda, nunca hemos sido muy proclives a todo eso de la guerra. Usted ya me entiende.

Fíjese que siendo yo diputado por Almería me desgañité dando mítines por toda España tratando de convencer a los españoles que a la OTAN de entrada NO. Luego me la tuve que envainar cuando el líder de mi partido, don Felipe González, tocó a rebato y nos dijo que donde antes habíamos dicho “no”, ahora debíamos decir “sí”. Y ya me tiene usted, mi general, participando en mítines por todas partes diciéndole a gente que estar en la OTAN era buenísimo y que “de entrada SI" y para no salir jamás. O sea, que eso de la disciplina no es tan solo cosa de los militares.


También nosotros, desde nuestra insobornable militancia, obedecemos al que manda por un acendrado sentido de respeto y lealtad. Seguramente usted habrá leído que durante la República Española a quienes integraban la bancada socialista le llamaban “la minoría de cemento”. Aunque, por cierto -yo no sé si a mi mujer, Paloma, le gustará leer esto-, a mucha gente convencí para que votaran SI a la OTAN. Pero no logré convencerla a ella. Recuerdo que me decía, un tanto indignada: "Vamos a ver, Juan de Dios. Me has llevado contigo a infinidad de mítines y encuentros con la gente para convencerles de que, a la OTAN, de entrada NO. ¿Y ahora pretendes que vote que sí? No, hombre, no". Nunca he sabido lo que votó, aunque sospecho que al final, por no perjudicar al partido, se abstuvo o votó en blanco.

Le cuento estas cosas porque estoy seguro de que le gustará leerlas. Tengo entendido que usted ha sido un jefe importantísimo de la OTAN y que incluso ha participado en misiones arriesgadas que le han dado el beneplácito y la confianza de los jefes de Estado de los países más importantes integrados en la Alianza Atlántica. Pues muy bien, ¿no le parece? Lo malo, don Julio, es que a algunas personas no les ha gustado que sea usted candidato por Almería. Sus razones tendrán cuando, incluso, le han comparado con el mono Amedio. ¿Qué le vamos a hacer?

Ahora déjeme que le cuente algunas cosas de esa bendita tierra donde he pasado los ocho mejores años de mi vida política, porque yo, estimado Sr. Rodríguez, he sido un diputado cunero igual que lo será usted si logra ese difícil escaño con el que su partido cree que podrá acceder al Congreso de los Diputados. Verá, cuando el presidente del Gobierno don Adolfo Suárez disolvió las Cortes, tras la aprobación en referéndum de la Constitución, inmediatamente los partidos, como ahora, empezaron a formar sus candidaturas. Bueno, como ahora no. Aquellas elecciones de febrero de 1979 fueron únicas. Empezábamos a dar los primeros pasos firmes y seguros de la Transición. Ahoya ya teníamos Constitución y debíamos elegir un Congreso de los Diputados y un Senado que fueran capaces de poner en práctica los maravillosos deseos que se plasmaban en ese texto, para nosotros, casi sagrado.

En principio yo no quería ser cunero, porque yo quería ser diputado por Cádiz, que es mi tierra. Y así se lo dije a Alfonso Guerra, mi gran amigo, que siempre fue una persona con la que me he sentido profundamente identificado. Pero mi ilusión duró tan solo un segundo, porque me dijo: “Que se te quite de la cabeza. Ese territorio es de Manolo Chaves y ahí no se puede meter baza. He pensado que podrías ir el número dos por León o el cuatro por Valencia. Decídelo pronto porque las listas hay que cerrarlas ya”.

Salí de su despacho, que entonces estaba en la calle Santa Engracia de Madrid, sumido en un mar de dudas. Y me decía: ¡Dios mío! ¿Qué hago yo en León, si no entiendo ni una palabra de minas, o en Valencia que para mí era una tierra de naranjas y bancales de arroz? Supongo, mi general, que yo me hacía las mismas preguntas que se estará usted haciendo ahora, salvo que, además de técnicas militares, usted sea un buen conocedor de los maravillosos frutos extratempranos que producen las plantaciones almerienses, o de los mármoles inigualables de Macael en la Sierra de los Filabres, o de la exquisitez de la uva de Ohanes que desde hace años destinamos a exportación.

Pasé un par de días muy angustiado hasta que se produjo la llamada mágica. A mí me llamó Carmeli Hermosin, que a la sazón era la secretaria de Alfonso Guerra. Y a usted, mi general, supongo que le llamaría quien ya es su jefe supremo, Pablo Iglesias. Carmeli, con la que he seguido manteniendo una fraterna amistad a lo largo de los años, me dijo que necesitaba tener en su poder, de forma inmediata, un certificado de penales -papel, por lo visto, muy importante para demostrar que uno es una buena persona-. Le dije que no lo tenía, ni posibilidades de conseguirlo en tan poco tiempo. Ella lo logró, no sé cómo, ni he querido saberlo nunca.

Lo cierto es que me dijo, cuando faltaban pocas horas para que se terminara el plazo de entrega de las candidaturas en la Junta Electoral Provincial, que mis penales ya habían sido entregados en Almería. Y en ese momento me convertí en candidato cunero por Almería al Congreso de los Diputados. ¿Ha cumplido usted ya con este requisito? No lo olvide, porque para esto los de la Junta Electoral Provincial de Almería -al menos en mi tiempo- son gente muy seria que no se dejarán impresionar, aunque usted se presente con su pecho adornado con la infinidad de medallas que con toda justicia usted habrá ganado.

Usted sabe, don Julio, que el Indalo es una figura rupestre del Neolítico tardío o Edad del Cobre. Su procedencia es almeriense y se encontró en una cueva del precioso pueblo de Vélez-Blanco, al norte de la provincia. Pues  bien, yo no sé cómo será su entrada triunfal en la tierra del Indalo. Yo le puedo contar la mía. Fue algo inolvidable. Llegué en el tren que hacía la ruta Madrid-Almería y en la estación estaban esperándome un grupo de destacados compañeros del partido. Viejos militantes socialistas que querían darme la bienvenida empujados por la lógica curiosidad de comprobar cuál podría ser mi primera reacción al llegar a una tierra en la que yo nunca había vivido y que, a partir de ahora, pasaría ser mi lugar de residencia. Pero en mi caso ocurrió algo más. Algo que yo entendí que era como un rito de iniciación para comprobar si efectivamente podía pasar la ITV a la que todo diputado cunero debe ser sometido. Yo no sé si harán lo mismo con usted, pero por si acaso yo se lo advierto.

Entre mis compañeros que habían ido a la estación a darme bienvenida estaba el secretario general de la agrupación provincial, quien, a bocajarro, me dijo: "Te hemos preparado hoy dos mítines en la provincia. Perdona que no hayamos podido avisarte antes, pero si no tienes inconveniente, antes de ir al hotel vamos a estos dos pueblos y luego te llevamos donde tú digas". Yo pensé: Dios mío, aún no he tenido tiempo de hablar con ellos ni un momento y ya me llevan a la cancha donde un candidato de izquierda tiene que fajarse bien si quiere realmente ganarse la confianza de sus potenciales electores.

Y sí, sí. Me llevaron a Tíjola. Municipio que tenía poco más de 3.500 habitantes, situado en el margen derecho del río Almanzora y al pie de la cara norte de Los Filabres. Por allí discurre el río Almanzora y el valle que lleva su nombre. Tíjola está a 100 kilómetro de la capital. En 1979 se encuadraba entre los pueblos de mayor pobreza de la provincia. Y su agricultura era una actividad muy poco rentable. Mientras íbamos de camino al pueblo mis compañeros me advirtieron que los obreros del lugar eran de los más explotados por los dos o tres caciques que eran los dueños del territorio. ¡Pues vaya panorama!, pensé. A ver como salgo del paso.

Llegamos a Tíjola y en una plazuela del pueblo, creo recordar, los escasos militantes del PSOE habían instalado una rudimentaria plataforma desde la que yo debía hablar a casi 200 tijoleños que esperaban conocer al candidato gitano del PSOE que debía representarles en el Congreso de los Diputados. El secretario general del partido me presentó muy cariñosamente, aunque me dio la sensación de que no se acaba de creer que yo pudiera ser verdaderamente rentable a la organización. También habló un militante local y finalmente me toco hacerlo a mí.

Yo no sé, mi general, qué se siente cuando a uno le ponen un fusil entre las manos y le dicen: “¡Adelante, adelante, valientes!” Y digo que no lo sé porque yo no he tenido entre mis manos, jamás, un arma. Pero en aquel momento yo experimenté en mi interior un fuerte impulso que me hizo pensar -metafóricamente, mi general, no me mal interprete que yo soy un hombre pacífico- que a aquellos hombres y mujeres había que facilitarles las armas del conocimiento para que valientemente lucharan por la defensa de sus legítimos intereses. Los tijoleños me miraban incrédulos por lo que oían y pude observar como algunos, nerviosos, miraban a un lado y a otro como temerosos de que alguien pudiera verlos asistiendo a un mitin de quienes les habían dicho que éramos unos rojos peligrosos.

Recuerdo, mi general, que me aplaudieron con verdadero fervor. Incluso me pareció ver que había desaparecido del semblante de todos ellos la expresión del miedo con que acudían a un mitin al que los caciques del pueblo les habían dicho que no debían asistir. Me parece como si estuviera sucediendo ahora mismo, y han transcurrido ya casi 40 años, que uno de los asistentes, de esos que la imaginería popular presentan con la boina encasquetada hasta la cejas, se me acercó para darme la mano y aprovechar la cercanía para meterse la mano en el bolsillo de la raída chaqueta de pana que llevaba y enseñarme la papeleta electoral de un partido de extrema derecha que le había dado el dueño de la finca en que trabajaba con la indicación de que ése era el partido al que debía votar.

Y volvimos a Almería rápidamente porque esta vez nos esperaban en El Ejido. Hasta el momento creí que había pasado con buena nota la primera parte de mi ITV de candidato cunero. Durante el trayecto mis acompañantes se esforzaron en manifestarme que estaban contentos con la decisión del partido de enviarme a Almería y que si las cosas funcionaban mínimamente bien lograríamos darle la vuelta a aquella provincia, la más conservadora entre el resto de sus siete hermanas andaluzas. Eso sí, me dijeron mis acompañantes: "A donde vamos ahora no tiene nada que ver con el lugar de donde venimos. Vamos a una población donde la densidad de sucursales bancarias es más alta que en la propia capital de Suiza. Así que modera el lenguaje. Aquí no debes expresarte con la vehemencia con que lo has hecho en Tíjola, entre otras cosas porque la gente que te va a oír tiene otras necesidades que, aun siendo urgentes, no son tan perentorias como la de los ciudadanos del Almanzora, Los Vélez o de otras comarcas más del interior que ya irás conociendo".

Aquello, mi general, era otra cosa. Fíjese si ha pasado tiempo desde el momento en que le hablo. Pues ya entonces se olía el dinero en esta parte de la costa, rica por el cultivo de los extratempranos. Pues bien, hice mi discurso, lo salpiqué con algunas anécdotas de profundo contenido social e hice un llamamiento a la necesidad de la colaboración y la solidaridad entre los que más tienen y los que tienen menos. Eso sí, intenté dejar bien claro que, propiciando la existencia de un Gobierno progresista, a ellos, los que mejor vivían de la provincia, se les garantizaría su nivel de vida en la medida en que los más deprimidos y excluidos de la participación en la riqueza colectiva tuvieran garantizada una forma de vida digna y en libertad.

Bueno, me veo en la necesidad de finalizar esta carta. Felicítese porque le hayan destinado a Almería. Yo, aunque don Miguel de Unamuno dijera que “el hombre y la tierra que le vio nacer forman una unidad consustancial” sin renunciar a mis orígenes gaditanos, a mi amor por Cataluña en cuyo nombre firmé la Constitución Española, me considero más almeriense que otra cosa.  Pero para lograr esa identificación -y si usted me lo autoriza-, acépteme este consejo:  haga que los ciudadanos de Almería le quieran porque le consideren uno más de ellos. Y para eso hay que vivir intensamente la rabia contenida con que durante tanto tiempo se han sentido abandonados del poder central, como el orgullo que sienten por pertenecer a una de las provincias donde el paro ha sido menor de toda España.

Y oiga, ¿qué quiere usted que le diga? A usted le ha tocado la lotería, porque ir a una tierra que tiene más de 3.000 horas de sol al año, que tiene unas playas vírgenes que ya las quisieran otros, por no citar a nadie; y que, según he leído en una revista de antropología física, es el lugar de España donde los hombres son más virilmente atractivos y las mujeres las más guapas de España, por aquello de que en Almería llueve poco y por tanto la piel de los nativos es más tersa y delicada, es para darse con un canto en los dientes.

Lo malo será, mi general, si después de haber tenido al paraíso tan cerca, los almerienses le dan la espalda y se queda usted compuesto y sin escaño. Yo, sin embargo, diputado cunero, viví intensamente los ocho años en que fui, junto al resto de mis compañeros, la voz del pueblo de Almería en el Congreso de los Diputados. Y esa suerte y esas vivencias ya no me las podrá quitar nadie.

Tortitas de camarones

Juan de Dios Ramírez-Heredia
Abogado y Periodista / Presidente de Unión Romani
Exdiputado por Almería

Estoy en la estación de Atocha, en Madrid, esperando el tren de media distancia que me llevará a Talavera de la Reina para participar en uno de los cursos organizados por Unión Romani en colaboración con la Universidad de Castilla-La Mancha. Y de pronto veo, en una de las múltiples pantallas de TV que pueblan la estación, a unas mujeres famosas que promocionan la Campaña de Recogida de Alimentos que tendrá lugar dentro de unos días en toda España. Me he parado para verlas y oírlas y cuando han terminado de lanzar su mensaje he notado que lo que decían había logrado dañarme interiormente. Anoche cené en un sencillo restaurante de la Gran Vía unas gambas al ajillo y cuatro pequeñas tortillas de camarones. Buenísimas. Luego me fui a dormir para estar en condiciones hoy de cumplir con mi compromiso en Talavera.

Tortitas de camarones
Qué poco me podía imaginar que la Campaña de Recogida de Alimentos hubiera podido establecer una conexión tan directa con las tortillitas de camarones que unas horas antes había degustado antes de irme al hotel. Trataré de explicarlo.

"Muchas veces he dicho que difícilmente puede hablar con propiedad del hambre y del frío quien nunca lo experimentó"

El hambre tal vez sea la peor lacra que puede padecer una persona o una parte de la sociedad. Muchas veces he dicho que difícilmente puede hablar con propiedad del hambre y del frío quien nunca lo experimentó. Y este no es mi caso como no lo ha sido para miles de personas. Los años de mi infancia y mi primera juventud están fuertemente marcados por el recuerdo angustioso de mi pobre madre, viuda desde muy joven, intentando engañar al Lucero del Alba para conseguir llevarnos, a mí y a mis hermanos, un trozo de pan que llevarnos a la boca. Hoy día, para los jóvenes que han nacido fuera ya de aquella época de absoluta miseria, debe ser muy difícil imaginar como puede ser la vida cuando la necesidad más imperiosa, la ilusión más inmediata y esperanzadora es la de tener al mediodía un plato de cualquier cosa caliente que llevarte a la boca.

Naturalmente que a uno no le sorprenden ya los datos estadísticos que ponen de manifiesto lo terriblemente mal que lo están pasando millones de personas en el mundo. Nos lo dicen tantas veces que parece como si nuestra conciencia se cerrara para no tener que pensar que para poner remedio a esa injusticia también nosotros tenemos algo que hacer. Y siempre aparece el biombo que nos impide ver que el hambre es el mayor riesgo para la salud en el mundo y que el hambre mata cada año a más personas que el SIDA, la malaria y la tuberculosis juntos.

"En España una de cada tres personas está en riesgo de exclusión social, una de cada diez sufre pobreza severa y, entre las que trabajan, una de cada siete es pobre"

Pero de pronto, esta mañana, en la estación de Atocha, la actriz María Adanes nos dice que “quizás no lo veas, pero en España una de cada tres personas está en riesgo de exclusión social, una de cada diez sufre pobreza severa y, entre las que trabajan, una de cada siete es pobre”.  Y Ana Rosa Quintana, que es periodista, nos recuerda que “la brecha social crece, la pobreza aumenta y que nuestra ayuda sí se ve, y por eso este año es aún más necesaria.” Y Gema Hassen-Bey, que es una Atleta Paralímpica,  una mujer de retos difíciles, nos recuerda que “los más pobres necesitan de nuestra ayuda porque es con lo único que cuentan”.
                                             
Anoche me comí cuatro tortillitas de camarones cuando todavía no tenía conocimiento de la Campaña de Recogida de Alimentos. Pero, créanme, como en una premonición, esas tortillitas me situaron de nuevo en mi pueblo, en Puerto Real, precioso enclave marinero de Cádiz, bañado por el Atlántico, cuando mi pobre madre, gitana valiente y emprendedora donde las haya, nos hacía tortillitas con camarones cuando la pobre había logrado agenciarse un poco de harina, un chorrito de aceite, unas hojas de perejil y un "puñaito" de camarones. Y, ¡Señor, buenas estaban! Aquellas tortillitas eran como lanzas de acero contra el hambre, eran torpedos, elaborados por las manos más pobres de la tierra, lanzados contra el espantajo de la marginación y la pobreza extrema.

Pero hoy, en este año tan convulso por tantos acontecimientos dolorosos imprevistos, o por otros esperanzadores como siempre lo son los momentos de unas nuevas elecciones, alguien nos recuerda que el hambre sigue ahí. Que la están padeciendo muchas familias, muchos niños, muchos ancianos. Quienes saben de estas cosas dicen que para llevar una vida sana, una persona necesita consumir cada día unas 2.100 calorías. Y que cuando esa energía no existe el cuerpo se debilita. Lo dicen los médicos: “Una mente con hambre no puede concentrarse, un cuerpo con hambre no toma la iniciativa, un niño hambriento pierde todo el deseo de jugar y estudiar. Privados de la nutrición adecuada, los niños con hambre son especialmente vulnerables y se vuelven demasiado débiles como para luchar contra la enfermedad y pueden morir por infecciones comunes como el sarampión y la diarrea”.

"Mientras este miserable mundo no sea capaz de redistribuir más equitativamente los recursos, la receta tal vez sería garantizar que a nadie le faltara cada día su ración de tortillas de camarones"

La semana pasada estuve en San Sebastián y los gitanos de la Asociación AGIFUGI me enseñaron una habitación donde tenían bien ordenados y clasificados los alimentos que luego repartirían entre las familias más necesitadas del lugar. Por eso, mientras este miserable mundo no sea capaz de redistribuir más equitativamente los recursos, la receta tal vez sería garantizar que a nadie le faltara cada día su ración de tortillas de camarones.

Los recuerdos de Juan de Dios Ramírez Heredia como diputado por Almería

Juan de Dios Ramírez Heredia
Exdiputado por Almería del PSOE

Estas palabras, estimado Director, lo son para dar las gracias a su colaborador Emilio Ruiz por la amable referencia que ha hecho a mi etapa como como diputado al Congreso por Almería. Si algún día me decido a escribir mis memorias tenga la seguridad de que mi paso por Almería ocupará muchas páginas de ese relato.
El joven diputado por Almería
Juan de Dios Ramírez Heredia

Los ocho años, dos legislaturas, en que representé a los almerienses como diputado en las Cortes han sido de los más fructiferos de mi vida parlamentaria. Almería y los almerienses están en mi corazón y a esa tierra maravillosa dedico cada día, por un motivo o por otro, un entrañable recuerdo.

"Conozco los 103 pueblos de Almería como la palma de la mano y me enorgullezco de tener amigos en todos ellos"

Llevas razón, Emilio, cuando dices que "me entregé en cuerpo y alma a esta provincia". Conozco los 103 pueblos de Almería como la palma de la mano y me enorgullezco de tener amigos en todos ellos.

En estos momentos de tanta zozobra, cuando hay políticos insensatos que quieren destruir la gran obra que representó la transición española, mis recuerdos y mi cariño se depositan en esa tierra maravillosa, la única que tiene más de tres mil horas de sol al año, y donde ser español, andaluz y gitano es motivo de triple orgullo.

Ante las manifestaciones homófobas de Los Chunguitos

Juan de Dios Ramírez-Heredia
Abogado y periodista
Presidente de Unión Romani

Antes de que Mediaset decidiera la expulsión del programa Gran Hermano Vip de Los Chunguitos la Unión Romani hizo público un comunicado posicionándose abiertamente en contra de las desgraciadas manifestaciones realizadas por estos populares artistas relacionadas con la homosexualidad. Ellos dijeron, entre otras inaguantables barbaridades, que preferían tener “Un hijo deforme o con una enfermedad antes que maricón" y que «ser homosexual es delito en la ley gitana».

Los Chunguitos
Nosotros, los gitanos y gitanas de Unión Romani, estamos en total disconformidad con esas manifestaciones. La dignidad de la persona humana exige el máximo respeto y la opción personal a la que cada uno opte no debe ser, bajo ningún concepto, objeto de repudio y mucho menos de insulto. En la comunidad gitana, como en cualquier otra colectividad, existe la homosexualidad y jamás ha sido un delito en nuestra Ley.

Una vez más lamentamos que afirmaciones como estas sean proferidas por personas de nuestra comunidad que no representan a nada ni a nadie entre nosotros. Desde la Unión Romani luchamos tanto contra la gitanofobia como contra la homofobia que no dejan de ser formas gravísimas de discriminación.

Mediaset y Tele5 también tienen su parte de culpa. Pero Mediaset y Tele5 no son ajenas a este incidente. Ellos sabían, porque son expertos en el análisis de las audiencias, que invitar a Los Chunguitos a un programa como GH VIP era tener garantizado el escándalo. Como efectivamente así ha sucedido. Para los promotores de este programa la cosa era fácil: tan sólo tenían que copiar la línea de producción de “Palabra de Gitano”, el incalificable programa de TV que más daño nos ha hecho en los últimos tiempos.

La estrategia estaba perfectamente diseñada. Primero se anuncia la expulsión de los hermanos Salazar en la cuenta de Mediaset en Twitter, lo que originó una gran expectación por ver como se producía la salida del plató de TV. El éxito estaba garantizado: La audiencia fue arrasadora: casi cuatro millones y medio de espectadores, llegando al minuto de oro cuando Los Chunguitos estaban en el plató a los 5.801.820 espectadores (41, 1% de share). Una vez más los gitanos hemos sido negocio para una cadena de TV. Y seguirán porque esto no ha acabado aquí. Ya lo verán.

Si lo que han dicho Los Chunguitos lo hubiera dicho un “gadcho” (payo) la cosa no habría tenido mayor repercusión. Pero lo han dicho unos gitanos, famosos aunque analfabetos y el guirigay está garantizado.

Mientras tanto a nosotros se nos acaba el aliento para seguir diciendo que la libre orientación sexual de las personas no es una enfermedad, ni una maldición de Dios, ni mucho menos está establecida en la Ley Gitana.  Pero, ¡claro!, esto no da audiencia.