Antes
de alzar la copa por ti este 2026, déjame preguntarte: ¿desde cuándo escuchas
el repicar de las campanas con doce uvas entre los dedos? ¿Desde la infancia,
cuando todo era asombro, o quizá desde los veinte, cuando descubriste que tu
fuego interior iba a devorar el mundo lanzando tus ideas al viento, sin temer
las chispas que quedaban atrás?
¿Tal
vez desde los treinta, cuando creías que el mundo parecía revelarte sus
certezas… o burlarse de ellas? Cuando te sentías eufórico, divino como un dios
griego, o furioso al descubrir que no lo eras. Luego, cuando paternidad tocó tu
puerta, algo hizo clic: lo que antes era absurdo ahora se te ilumina entre
mariposas, cromosomas y ojos pequeños que miraban con curiosidad infinita.
Entonces, tu rebeldía se suaviza y, de repente, te encuentras con la extraña y
silenciosa sabiduría que solo la pasión sabe entregar.
A
los cuarenta has echado raíces. Tus esperanzas germinan y la vida te pide nata
para acompañar el café, una pizca de artificio para sostener la ilusión de que
sigues siendo el mismo dios de antes, aunque empiezas a descubrir arrugas y
trivialidades que te hacen sonreír.
Has
llegado a la tormenta de los cincuenta. Tu mente se ha afilado, y tus logros
brillan, sostenidos por la experiencia que te invita a caminar erguido. A
veces, alguien más joven pincha el globo de tu complacencia, y te devuelve al
túnel del tiempo. Y aun así, sigues sumando historias. Bailas canciones de otra
década, sintiéndote parte de ella, aunque solo sea un disfraz de juventud.
Siguen corriendo los años y, con palomitas en mano te adentras en tu propia
sesión de cine, donde tú eres protagonista y espectador a la vez, celebrando
cada instante como si fueras eterno.
De
repente, te sorprenden los sesenta. Te miras en el espejo y apenas te
reconoces. Te asalta la dura pregunta: ¿resignarte o pelear? Hay quien abraza
ese espejo con dorada serenidad; y hay quienes sobreviven corriendo un maratón
vital en busca de una estética perdida, reinventándose con músculos y memorias.
Si
ya has llegado a los setenta, o más, los viejos ideales son ya biografía
herida. Te sorprendes en un mundo imaginario en el que caminas sin plegarte a
tu edad, con la esperanza de que algo nuevo va a comenzar cada día. Todo te va
a ir bien si caminas sabiendo que ahora tu vida es predecible.
Fíjate en la placidez de la bahía de Almería, asómate a sus aguas y olas sin sorpresas. ¿Te reconoces? Ya sabes, por fin, que tu vida es una obra por completar.




