Paco Campos García
Doctor en Filosofía y Profesor de la UAL
Vienen las procesiones, y cada año que pasa se gasta más dinero en procesiones, se tira más el dinero en gastos suntuarios, y se va perdiendo cada vez más la cabeza entre el folklore y el romanticismo, el pietismo y el sevillaneo, producto de la mimesis autonómica, que no autonomista. Hemos dejado la traición y la estética autóctona perdidas en el camino del tiempo, convirtiendo en agente electoral o moneda de cambio en política algo que pudo ser interesante para algún grupo de creyentes irredentos.
La Semana Santa, al igual que La Eucaristía, ha sido siempre una reafirmación del espíritu nacionalista español. Se podrá decir que hay sitios donde los obreros (yo diría artesanos o gremios) tienen cofradías, o barrios que tienen sus imágenes, pero la institucionalización semana-santera siempre ha sido cosa de la jerarquía eclesiástica y el pensamiento reaccionario. Y hasta ha sido justificada por antropólogos modernos, no ya ‘cronistas de la villa’, mediante teorías científicas basadas en el simbolismo y las costumbres.
Pues bien, todo este rollo semanasantero vale una pasta. Y habría que ver en el capítulo que va enmarcado (turismo, fiestas mayores, festejos, celebraciones, vaya usted a saber), porque dependiendo de lo anterior habría que analizar políticamente el programa de austeridad de este equipo de gobierno. Por lo pronto, las gradas que están poniendo tienen toda la pinta de un buen negocio. Hay que estar al tanto porque estos capillitas, en su inconsciencia colectiva, tiran la casa por la ventana, aun estando en un tiempo de crisis y paro que no veas.
