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‘En alta mar’ y ‘Patria Cenizas’, estreno en La Oficina

Marta Rodríguez
Periodista

Tres náufragos se quedan sin comida en alta mar y por medios estrictamente democráticos tienen que decidir quién se deja comer por los otros dos. Es el planteamiento de ‘En alta mar’, la adaptación del dramaturgo polaco Slawomir Mrozek que firma y dirige Julio Béjar y que se preestrena en Almería este viernes 30 de marzo, a las 21.30 horas, en La Oficina Producciones Culturales (calle de Las Tiendas, 26).

Esta noche, en La Oficina

Se trata de una fábula que tiene por protagonistas a tres personajes: Grande, Mediano y Pequeño. Tras celebrar un referéndum para elegir quién será engullido y que salga una papeleta de más, un cartero llega a la balsa con un telegrama que no es otra cosa que el desencadenante de la obra. Una obra que Béjar, ‘teatrero’ y poeta almeriense, se ha traído al aquí y al ahora. 

“Como gira en torno al ritual, la eucaristía y el canibalismo, he montado una puesta en escena en la que cada personaje defiende por qué no tiene que ser comido a través de un mitin y ese mitin va por un palo del Carnaval de Cádiz. El espacio escénico no es una balsa pero lo parece, son ocho europalés haciendo una plataforma rodeada de un mar de veinte kilos de confeti”, dice Béjar, que reconoce que en la palabra ‘europalé’ bien podría esconderse un guiño al trato (o maltrato) de Europa a los refugiados.

Porque a pesar de que se escribió en los 50, ‘En alta mar’ está íntimamente conectada con la actualidad: los náufragos no dejan de ser migrantes que huyen en patera y la crítica velada que contiene el texto podría dirigirse a los españoles que hemos olvidado que hasta hace poco éramos noso­tros los refugiados.

“La gran protagonista de la obra es la retórica y, si mediante ésta, podemos hacer que alguien se deje engullir por noso­tros. En el texto, Grande trata de convencer a Pequeño diciéndole que se va a convertir en un héroe y que siempre será recordado en su estómago, es decir, en su memoria, algo que alude también a ese paternalismo que tiene a veces la izquierda, lo que está muy relacionado con lo que ha sucedido en Lavapiés: en el momento en que se enciende una mecha, vamos a alimentarla cuando realmente fue un infarto por una enfermedad congénita que ni siquiera él sabía que tenía”, expone Béjar en alusión a Mmame Mbaye, el mantero que falleció de forma fortuita durante unos disturbios callejeros a mediados de mes en Madrid. 

A pesar de su carga crítica, la obra de Mrozek se representó mucho en España en pleno franquismo, en especial en los años 60 y 70, precisamente porque su humor absurdo le permitió esquivar la censura. Los responsables de llevarla a escena fueron Los Goliardos, grupo de teatro universitario que tuvo su origen en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. 

Con los actores Manuel Andrés, Carlos Cepa y Manuel de la Flor sobre las tablas, ‘En alta mar’ -cuyo cartel ha diseñado la artista gráfica Caroline Muller- se estrenará el próximo 5 de abril en la RESAD de Madrid, donde Julio Béjar estudia Dirección y Dramaturgia. Las entradas para ver el preestreno de mañana en Almería cuestan 10 euros para no socios y 8 para socios. 

La cara B de ‘En alta mar’ es ‘Patria Cenizas’, propuesta entre el teatro, la danza y la poesía a cargo de Julio Béjar y la bailarina y coreó­grafa Olga Magaña que aterriza este sábado 31 de marzo, a las 20 horas, en la ermita de la Alcazaba de Almería. 

Y es la cara B porque está ligada al mismo tema: nace de un sentimiento de desarraigo compartido. “Me he tirado cinco años en Francia, allí conocí a gente de todo el mundo y, al volver a España, mi mirada no era la misma. En la RESAD, estoy trabajando con gente de origen extranjero para investigar de qué manera recibimos el racismo sin ser conscientes de ello y si el humor es o no una frontera”, apunta Béjar.

En el montaje, lleva esa investigación a su barrio actual, Cuatro Caminos, donde la gente lleva cien años mezclándose; de hecho, la zona en que vive se llama el pequeño Caribe y está repleta de locutorios dominicanos y bazares chinos. “Salgo a la calle y escucho salsa donde hace cien años los emigrantes andaluces cantaban flamenco. Lo curioso es que me siento más en casa viviendo allí que en un lugar cerrado; de alguna forma, esos barrios se han desprovisto de orgullo, del orgullo de pertenecer, y ahora son de cualquier persona, no hace falta estar arraigado”.

Yo fui al casting de Exodus

Julio Béjar
Actor

Jueves, 8 de agosto. Cielo despejado y 23 grados en la ciudad de Almería a las 7:45 de la mañana, mi hora de llegada a la puerta del pabellón Moisés Ruiz, el lugar del casting para figurantes en la próxima película de Ridley Scott. Para entonces, ya existía una cola que ocupaba la acera de la carretera de Níjar, giraba por la calle Santiago, atravesaba el aparcamiento y continuaba por Haza de Acosta, pasando el Hospital de la Bola Azul, hasta la puerta del Parque de Bomberos en la calle Santa Bárbara; 850 metros de fila encabezada por candidatos que desde el miércoles acampaban con tiendas, sombrillas y neveras en la puerta del pabellón. 

Abstenerse
«No se vía algo así en Almería desde 1981 con Conan el Bárbaro», decía un especialista. «No se puede engañar a la gente de esta manera. Aquí hay parados creyendo que tendrán un mes de trabajo a 80 euros la jornada; pero que a lo mejor, y con mucha suerte, rodarán un par de días de 8:00 a 21:00 bajo el sol de Tabernas», me comentaba un actor.

A lo largo del día vi aciertos y errores por parte de la organización y la prensa, responsables del casting incapaces de escribir un cartel sin faltas de ortografía y sagaces productores que han conseguido publicitar la película gratis con este megaevento. Vi ciudadanos que respetaron el orden de la fila y pícaros oportunistas que se colaron. Vi candidatos que cumplían los requisitos y otros que ni siquiera sabían a qué venían; gente que no los cumplía y abandonó la cola dignamente y otra empecinada en quedarse.


Vi aspirantes que entendieron el casting como una posibilidad de trabajo con un perfil profesional determinado y otros como una apología de la anorexia. Fuera del pabellón ocurría otra película que podría haberse titulado Bienvenido, Mister Scott. Vi durante seis horas de espera desempleados, licenciados en arte dramático, niños, ancianos, familias, rubios, morenos, pelirrojos, obesos, delgados, latinos, caucásicos, magrebíes, subsaharianos… Me gustaría haber visto a esas mismas personas abarrotando como espectadores las salas de los cines.