Las portadas de los tres periódicos de Almería
La destrucción del litoral no cesa
La Coordinadora Ecologista Almeriense ha presentado sus alegaciones a las ampliaciones urbanísticas que pretende el Ayuntamiento de Pulpí, manifestándose contraria al desarrollismo urbanístico costero que no cesa. Manifestan que es necesario desclasificar todo suelo no plenamente desarrollado en el PGOU de Pulpí por los siguientes motivos:
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| Stop destrucción |
1. Dados los miles de viviendas vacías del municipio, los enormes sectores actualmente en desarrollo y la saturación del mismo en todo su litoral, especialmente en San Juan de los Terreros, no se justifica el desarrollo de sectores aun pendientes, lo cual debería conllevar su desclasificación.
2. Tales desarrollos deben evitarse máxime dadas las crisis Climática y de Biodiversidad en las que, a tenor de la Ley Climática, si como del Plan Europeo de Restauración de la Naturaleza deben eludirse todas las actividades no justificadas, especialmente las más dañinas y que más contribuyen a dichas crisis como es la urbanización y especialmente en una zona tan sensible como el litoral, máxime uno de alto valor ecológico y altamente amenazado y degradado.
3. Esto es especialmente el caso en zonas particularmente sensibles a nivel ecológico, como es el caso de Mundo Aguilón, en la ZEC de la Sierra del Aguilón, que nunca debió aprobarse, y donde quedan aun varios miles de viviendas pendientes de desarrollar; así como todo el enorme ámbito pendiente de urbanizar en San Juan de los Terreros, en especial en la zona entre Playa de las Palmeras y el casco urbano actual así como hacia el interior.
4. A todo ellos se suma el carácter inundable de gran parte de los terrenos urbanizables actuales, también en San Juan de los Terreros.
Por lo que cualquier actuación urbanística debe de ser declarada inviable, siendo incompatible con la protección ambiental, la prevención de riesgos y la ordenación sostenible del territorio. Todo ello debería conllevar las desclasificación de todos los sectores aun no plenamente desarrollados y su calificación como suelo rústico y protegido, y destinarse todo esfuerzo a la conservación del litoral y la renaturalización de zonas urbanas no consolidadas, evitando toda nueva intervención en el litoral, incluidos paseos marítimos y similares.
¿Abrir libros o abrir cajas fuertes?
De niño me enseñaron que el
mérito consistía en estudiar, trabajar y decir la verdad. Más tarde descubrí
que la verdad tiene categorías. Está la verdad humilde, la que uno dice cuando
no gana nada con ello. Y está la verdad valiosa, la que se administra cuando ya
se ha ganado bastante guardando silencio.
Luego, en la Complutense, tuve
un profesor, Jorge Uscatescu, interesado en cómo la cultura de la imagen
moldeaba la mente humana. Solía advertirnos de que no confundiéramos la ficción
de la calle con la realidad de las imágenes en la televisión. Aquella paradoja
me pareció ingeniosa. Con los años empecé a sospechar que quizá tenía razón.
Hubo un tiempo que quise ser
poeta. Una debilidad hoy. Luego advertí que los poetas pasaban hambre
corrigiendo metáforas mientras otros se enriquecían corrigiendo licitaciones
públicas. Y se me pasó el sueño.
Con los años, aquellas
pantallas de las que hablaba Uscatescu dejaron de parecerme simples ventanas al
mundo. Últimamente veo en ellas a investigados convertirse en colaboradores
imprescindibles y a protagonistas de escándalos brillar como piezas clave de la
verdad. Entonces empecé a preguntarme si la ficción estaba invadiendo la
realidad o si llevábamos demasiado tiempo confundiendo una con la otra.
Con el tiempo surgieron las dudas. Empecé a observar ciertos procesos
judiciales y sentir que había desperdiciado media vida subrayando a Machado
cuando debería haber aprendido cómo funciona el borrador en los márgenes de un
expediente, cómo se multiplican los ceros en un presupuesto o cómo una
declaración ante un juez puede tener más versiones que el Quijote.
Vivo en una época en que el
conocimiento rentable no es quién escribió la Odisea, sino quién firmó qué,
quién cobró cuánto y quién llamó a quién antes de que desaparecieran los
expedientes. Antes, los que somos antiguos confesábamos nuestros pecados para
salvar el alma; ahora, los modernos, para negociar con el futuro. Y no hay nada
más literario que eso.
La corrupción ya tiene
estética: nombres, grabaciones, titulares y confesiones; un relato donde la
información vale más que la inocencia, como si la picaresca la reescribiera
Kafka y la corrigiera un asesor fiscal.
Y lo más llamativo es que ya
casi nadie se sorprende. Durante un día nos llegan titulares, declaraciones, filtraciones y
análisis y al siguiente forma parte del paisaje. La indignación se ha vuelto
intermitente. Como ocurre con ciertos ruidos de fondo: terminamos
acostumbrándonos a ellos.
Quizá esa sea la victoria más
silenciosa de la corrupción: no el dinero que mueve ni los favores que reparte,
sino la resignación que deja detrás. El momento en que deja de sorprender lo
ocurrido y empieza a dar por hecho que volverá a ocurrir. Entonces me surge una
pregunta inevitable: ¿qué lección extrae un joven cuando ve ciertos nombres recorrer los pasillos del
privilegio para acabar convertidas en piezas imprescindibles del relato?
La justicia tiene sus razones.
Debe tenerlas. Las tramas rara vez se desmantelan sin que alguien hable. Pero
una cosa es la lógica jurídica y otra su efecto simbólico. El poeta corrige un
verso durante medio año. El otro corrige su declaración ante el juez en seis
minutos.
Porque una sentencia resuelve
un caso, pero la opinión pública extrae sus propias conclusiones. Y la
conclusión que muchos alcanzan es que el talento útil no consiste en mantenerse
limpio, sino en acumular suficiente suciedad para que, llegado el día, la
información valga más que la culpa. Y más que el dinero. Por eso cada vez hay
menos poetas. No porque falten palabras, sino porque hoy, cuando la realidad de
la calle parece ficción, aquella advertencia ya no suena tan obvia.
Recuerdo entonces aquellas
palabras del profesor Uscatescu. Durante años pensé que eran una simple
provocación académica. Hoy ya no estoy tan seguro. Cuando los hechos parecen
inverosímiles y las explicaciones resultan más difíciles de creer que los propios
escándalos, la paradoja deja de ser un juego intelectual.
El poeta, ahí sigue, en su mesa intentando comprender el mundo. El otro ya lo comprendió. Por eso tenía las llaves. Pero la pregunta es qué hago mañana con mías. ¿Se las doy a mis hijos para que abran libros o para que abran cajas fuertes?
La revolución de “La Más Grande”
Movistar
Plus presenta a Rocío Jurado en un gran documento audiovisual como los que ya
poseen míticas divas de la música internacional, como Tina Turner o Whitney
Houston, que ruedan en las plataformas de streaming con gran aceptación del
público.
| La Más Grande / Movistar Plus |
Con
el estreno del primero de los cuatro episodios de La
más grande, el proyecto
nacido a iniciativa de su hija Rocío Carrasco, el género documental patrio da
un giro monumental gracias a la impecable dirección de Alexis Morante. El
cineasta deja atrás el clásico formato de archivo polvoriento y se lanza con
esta obra rompedora, donde destaca, entre otros, una fotografía impresionante.
La cámara de Morante no se limita a presentar vídeos del pasado en bucle, sino
que los muestra como auténticos tesoros artísticos. El documental juega a dos
con entrevistas de archivo y actuaciones de la Jurado, y lo hace de tal manera
que parecen grabadas ayer mismo. Sorprenden esos planos cortos que parecen
estar pensadoa para enmarcar la grandeza de la chipionera.
Uno
de los puntos más sorprendentes y quizás inteligentes del documental es la
elección de una narradora completamente desconocida en España para llevar las
riendas del relato, la actriz chilena Daniela Vega. Al evitar una voz en off
familiar o un rostro sobreexpuesto de los medios, Morante consigue que el
espectador se aleje de los prejuicios mediáticos. Y es que esa voz misteriosa
funciona como un hilo conductor magnético que otorga todo el protagonismo a
Rocío Jurado.
Además,
el documental renuncia a los grandes expertos biográficos o musicales y aporta
pequeñas intervenciones
cargadas de emotividad, como las de las primas de la Jurado, Ani y Rocío.
Ellas, como testigos directos de su infancia en Chipiona, dan detalles más
íntimos de sus comienzos, para enlazar con su imparable proyección como artista
internacional. La producción también cuenta con el rigor académico de la
investigadora y divulgadora de copla Lidia García, cuyas notas ayudan a
contextualizar el impacto en la cultura popular de la artista.
Pero
si algo llama la atención es como la narración muestra la maravillosa
contradicción de la artista, entrelazando dos realidades que convivieron en
ella. Por un lado, Rocío Mohedano, la mujer criada en la dureza de la
posguerra, que asumió y respetó los valores tradicionales de una sociedad
patriarcal e impregnada por los valores del catolicismo. Por el otro, Rocío
Jurado, la artista de rompe y rasga que absorbió de golpe toda la modernidad
que empezaba a asomar en España. La niña educada en el tradicionalismo a la que
su padre no dejaba ser artista se plantó en Madrid y alcanzó el sueño de su
infancia para llegar a ser La más grande e icono cultural, ya que con su arte y
estética plantaría cara al machismo, a la censura y a la homofobia.
La Más Grande es un trabajo excelente y necesario para comprender por qué Rocío Jurado fue la mejor cantante del siglo XX que ha dado este país.
Tres años de postureo
Tres años después de que la Sra. Vázquez asumiera el bastón de mando de Almería, la distancia entre lo que promete y cumple se ha ensanchado hasta límites inimaginables. Mientras dibuja una ciudad idílica y asegura haber cumplido el 80% de su programa electoral, nuestros barrios cuentan una historia radicalmente distinta. Tres años esperando la poda de un árbol que impide abrir las ventanas en verano a una familia del barrio de Araceli es un ejemplo más que suficiente.
El peso de lo cotidiano no encuentra respuesta en la agenda de la alcaldesa. Pero gobernar es priorizar, y en este trienio las prioridades parecen haberse trasladado al terreno de la imagen y el postureo. La brecha de los barrios es hoy más visible que nunca, evidenciando una Almería a dos velocidades donde la periferia siempre sale perdiendo. Lo saben bien los vecinos de Loma Cabrera o Bellavista que siguen esperando sus pistas deportivas.
El Casco Histórico languidece y la regeneración de la Almedina sigue siendo un boceto olvidado en un cajón. Almería se transforma a pasos agigantados en una isla de calor por falta de sombra: los árboles se retiran pero no se reponen, los parques infantiles continúan desprotegidos del rigor del verano, y tres años no han sido suficientes para solucionar el desfasado e insuficiente transporte público y resolver así el grave problema de movilidad que soportamos cada día.
Resulta paradójico que, tras prometer una congelación fiscal, los almerienses asistan hoy a una subida generalizada del IBI, el agua y la basura. El dinero público, ése que debería coser las costuras de una ciudad desigual y mejorar unos servicios de limpieza y transporte visiblemente desfasados, se escurre con demasiada facilidad hacia el departamento de eventos, autobombo y postureo.
Los almerienses merecen una ciudad más limpia, donde se garantice la conciliación familiar y el reequilibrio de sus barrios. El balance no se mide en porcentajes de autocomplacencia, sino en la mirada de unos vecinos que ya no quieren más promesas, sino cambio, trabajo y realidades.








