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La pasada del PP por el Levante almeriense

Agustín de J. Muñoz Soler
Comentarista político

Los gobiernos del PP en el Levante Almeriense han brillado, con honrosa excepción, por el sectarismo más repugnante y el autoritarismo más execrable. Hace cuatro años que las gaviotas surcaban los cielos de muchos municipios y un manto azul pretendía  servir de alfombra sobre las calles y demás vías urbanas. Pero hete aquí que a medida que  discurría la legislatura municipal fue cambiando el firme de la calzada y acerado de estas vías y las gaviotas regresaron a su hábitat. Hoy puede decirse que en esas calles y demás vías urbanas de estos pueblos se visualizan rosas rojas  bien frondosas.

Cantos literarios aparte, el emergente PP en Cuevas del Almanzora no ha sido capaz de neutralizar el despotismo más histriónico que ha caracterizado la acción de gobierno en Mojácar y Garrucha, donde también han gobernado y han sido incapaces de afianzarse en estos cuatro años.
“Yo soy la alcaldesa y hago lo que me da la gana” es una frase tan común como repugnante que se ha instalado en la sociedad mojaquera. Del mismo modo que en la garruchera se da por sabida la vieja máxima de “si no estás conmigo es que estás contra mí”, en ambos casos con el denominador común del desprecio a los gobernados.

Trataba de averiguar las causas a tanto despropósito en el PP gobernante en Mojácar y Garrucha y, la verdad, estarán conmigo los amables mojaqueros y garrucheros que me consta distraen su tiempo en este espacio periodístico que en el fondo, por mucha resistencia que tengamos a asumirlo, están siendo consecuentes ambos alcaldes por su procedencia política.

El alarde de autoritarismo y prepotencia de que hace gala la aún alcaldesa de Mojácar, a la que no tengo el gusto de conocer personalmente pero sí la tristeza de haber constatado el estado del núcleo urbano histórico que tanto admiro y en el que ella habita, ha proyectado tanto rechazo que ha conseguido bipolarizar la sociedad local y alterar la convivencia social al conseguir tener crispado el pueblo permanentemente con el único propósito de garantizarse su supervivencia política siguiendo la máxima de 'divide y vencerás'.

Y como consecuencia de la aplicación de esta máxima baste como botón de muestra lo acaecido con el parking en la zona de la Iglesia, para el que ha conseguido el beneplácito de la Delegación Provincial de Cultura, siguiendo los sabios consejos y las buenas relaciones políticas de las que se jacta la actual Presidenta de la Cruz Roja y ex-dirigente del PSOE. El raciocinio y el sentido común hacen inviable la construcción de este parking que tanto rechazo social ha provocado, lo que su empecinamiento en construirlo induce a desviar el foco de la atención hacia otras razones para justificarlo. Mientras, el edificio del Mirador se descompone, tal como certifica una empresa contratada al efecto por la alcaldesa. Su reconstrucción sería un acto de suma responsabilidad para cualquier alcalde que se precie de estar gobernando para las mojaqueras y los mojaqueros, al suponer un espacio determinante para el desarrollo socio-económico de la ciudad de Mojácar en su conjunto. Si la reconstrucción del edificio del Mirador supondría el mayor ejercicio de la responsabilidad que pudiere tener un alcalde en Mojácar actualmente, habría que preguntarse a qué se debe tanta cabezonería por construir el susodicho.

Su correligionario de Garrucha no se queda atrás. Accedió a la presidencia del Ayuntamiento con la cantidad de obras empezadas y/o proyectadas jamás habidas en la localidad. Con su sola inauguración se hubiese asentado políticamente por una buena temporada. Mientras convierte el Paseo Marítimo en un caos circulatorio y la calle Mayor intransitable, el parking que heredó de Andrés Segura Soler duerme el sueño de los justos, supuestamente porque estaba predestinado a satisfacer económicamente a algún correligionario. Del mismo modo heredó la única autorización de la Junta de Andalucía para instalar el único Centro Comercial entre Lorca y Sorbas, y su incompetencia lo ha desaprovechado ante el deleite existente en la vecina Vera y en la Cuenca del Almanzora. Y como si la incompetencia en la gestión necesitase de un gesto, nada más alzarse con la alcaldía mandó al interventor municipal a un cuarto oscuro, se puso un pañuelo en la nariz para no oler la impregnación a PSOE que llevase el arquitecto municipal y pagó por tres veces, tres, el proyecto de la Plaza de las Alas, y La Consensuada evitó que tuviera que residir en su municipio el Jefe de la Policía Local al que sustituyó por otro a su medida y con un sueldo que para sí quisiera cualquier Asesor del Presidente del Gobierno de España.

Afortunadamente gozamos de un sistema político de libertades públicas que me permite contar al amable lector estas fechorías de los alcaldes de Mojácar y Garrucha, así como a los vecinos y a las vecinas de esta dos emblemáticas localidades turísticas del Levante Almeriense poder cambiar el rumbo de sus respectivos municipios y colocar a estos alcaldes del PP en el puesto de trabajo que nunca debieron abandonar a tenor de lo que han hecho durante estos cuatro años.

Y con fortuna similar nos encontramos, los vecinos y vecinas que tendrán la decisión de elegir a su Alcalde el próximo domingo 22 de mayo y cuantos visitamos cada vez que se nos brinda la más mínima ocasión ambas localidades, con dos aspirantes en los que tengo plena confianza de que garantizarán con éxito el futuro. Porque, simple y llanamente, el contraste con sus adversarios políticos es infinito. Son María López en Garrucha y Manuel Zamora en Mojácar. Yo les votaría, porque tanto María como Manuel me suponen una garantía.

Garrucha cumple 150 años

Manuel León
Redactor-Jefe de La Voz de Almería

Debía de andar nervioso esa mañana Manuel Berruezo Ayora. Se había levantado pronto, había mirado por la ventana el falucho sobre la mar quieta y se había ajustado su mejor corbatín y sus relucientes botines de charol: dentro de un momento iba a ser investido como el primer alcalde de La Garrucha. Era el primer día de enero de 1861 y el antiguo alfolí hacía las veces de casa consistorial. La bandera monárquica ondeaba sobre un poste de madera y unos cuantos adultos y niños que bajaban por las esquinas saludaban el nuevo nuevo año con una sonrisa.

Dentro de la sala vieja y desgastada, donde hasta hacía poco el oficial de la renta despachaba la sal a los arrieros del país, se habían apostado los patricios del municipio, los industriales y los que iban a ser investidos como nuevos ediles del municipio, entre ellos, don José Laguna, don Pedro Berruezo, don Bernardo Gerez, don Andrés Cervantes, don Alfonso Cervantes, don Felipe Rodríguez y, como no, Manolo Berruezo, consignatario de la rada, con la frente reluciente de sudor a pesar del frío de enero.

Después de varios pleitos civiles, después de mucho pulso administrativo ante el Gobernador, ante las más altas instancias de la Jefatura del Estado, Garrucha conseguía la segregación de su matriz Vera y comenzaba a remar en solitario. Nadie se lo hubiera creido 30 años antes, cuando la dependencia económica y social de la playa garruchera de su cabecera era total. Ahí estaban, sin embargo, esos pioneros, esos padres de la nueva patria de Garrucha dispuestos a convertirse en los nuevos Washington y Jefferson de la provincia de Almería.

A pesar de que la Real Orden de la Reina Isabel II, que otorgaba a Garrucha su independencia, estaba fechada el 16 de marzo de 1858, los munícipes veratenses, desde su Ayuntamiento de la Plaza Mayor, intentaron hasta el último minuto retrasar el dictamen real, sabiendo que con la firma borbónica se perdía su más preciado anejo, intentando batallar, sin entregar nunca la llave de La Garrucha, más que a fuerza de Decreto, cuando no había más remedio. Pero Vera nunca se rindió ni lloró como Boabdil su Granada perdida sino que siguió pleiteando por esa playa levantina, llena de jábegas varadas en la arena. En el acto de la constitución del Ayuntamiento no hubo representación veratense en señal de descontento. Tan sólo apareció para participar en la entrega de la vara de mando el alcalde pedáneo y médico don José Laguna.

Eran las diez de la mañana, hace ahora justo siglo y medio, cuando el secretario interino Bernardo Gerez tomó la palabra con aire nervioso, mirando al estrado donde se encontraban los prohombres y a su lado sus esposas con sus mejores vestidos de encajes y miriñaques. Los niños jugaban con perros galgos en el Malecón, junto a la caseta de carabineros y algún que otro anciano levantaba el bastón para reprenderlos.

El escrito de cumplimiento de la Orden de la hija de Fernando VII había llegado firmado, por el Gobernador Civil, de forma inesperada la víspera de la nochebuena, después de más de tres años de espera, con los nombres de quienes deberían de presidir desde ese día la Corporación Municipal de Garrucha.

La emoción, por eso, aún era mayor y a lo único que había dado tiempo para glorificar el día fue a contar con el concurso de la banda de música de Sorbas y a servir un licor.

Antes, Manolo Berruezo juró ante el pedáneo Laguna -cesando éste de sus funciones- por Dios y los Santos Evangelios hacer guardar la Constitución de la Monarquía de su Majestad la Reina y conducirse bien y lealmente en el desempeño de su cargo. Acto seguido prestaron juramento el resto de nuevos regidores bajo la misma fórmula expresada. El nuevo alcalde dijo entonces temblándole la voz: “Que se anuncie este acto al vecindario para su conocimiento y que participe de la grata emoción de que este municipio se haya poseido por ser un acontecimiento que va a producir infinitos bienes a este pueblo”. De inmediato sonó un himno militar y el público asistente se batió en calurosas palmas. Garrucha comenzaba así, en ese preciso instante, su caminar sin lazarillo, aunque no fue dotada de jurisdicción hasta 1994, es decir 133 años después del día en que el bueno de Manuel Berruezo estrenó sus botines relucientes.

La independencia de Garrucha no fue del todo inocente: estuvo impulsada por pingües interes económicos para controlar las rentas de los ventajosos negocios que empezaban a florecer: la minería, el comercio marítimo, la aduna, los viceconsulados, el pescado de las jábegas. Por eso, hacendados como los Orozco, los Berruezo, los Gerez, oriundos de Vera, no dudaron en promover la segregación para obtener saenados réditos mercantiles al margen de la matriz. La lucha por hacerse con la administración del lugar de la Garrucha, en cualquier caso, no era un capítulo novedoso en la historia de la comarca: ya desde el siglo XVI, Mojácar y Vera pleitearon por la primitiva torre, convertida hoy en un paraiso turístico.
(Publicado en La Voz de Almería)