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Unas reflexiones sobre lo ocurrido en la Puerta del Sol

Marian Lozano
@marian65x 

Esta mañana, la Puerta del Sol de Madrid ha sido escenario de una situación que debería invitarnos a reflexionar sobre la juventud, el autoritarismo y esa necesidad de estos chicos de sentirse superiores a los demás. Como bien es sabido, en la Puerta del Sol permanece una acampada de ciudadanos, en su mayoría jóvenes, que reivindican el derecho a una vivienda digna, el fin de los desahucios y salarios acordes para vivir.

Grupo de jóvenes canta el Cara al Sol en Puerta del Sol esta mañana / Foto: Isa Sáez

Tras el desfile militar del 12 de octubre, hasta allí han llegado grupos de jóvenes, algunos aparentemente menores de edad, portando banderas de España, y también cruces de Borgoña y simbología vinculada al fascismo y al nazismo. Entre ellos había numerosas chicas y, según lo observado, unos pocos adultos que parecían animar u orientar sus movimientos. Se han escuchado insultos, consignas contra Pedro Sánchez y se han visto brazos levantados realizando saludos fascistas.

Los acampados han formado una barrera humana para proteger el campamento, mientras respondían con consignas antifascistas y también con vivas a España para dejar claro que los símbolos del país no pertenecen solo a los que se han apropiado de ellos. La Policía Nacional ha intervenido para separar a ambos grupos.

Es difícil comprender qué es lo que lleva a jóvenes de quince, dieciséis o diecisiete años a increpar a ciudadanos que reclaman derechos sociales de los que ellos mismos podrían beneficiarse en un futuro cercano. Los que han acudido a provocar no estaban interesados en esas reivindicaciones, sino solo en su rechazo hacia los acampados, en mostrar odio hacia los que luchan por los derechos.

El fascismo siempre supo del valor de la juventud. Mussolini, Hitler y la Falange española aprovecharon la necesidad de pertenencia, la búsqueda de identidad y el deseo de reconocimiento de los adolescentes para movilizar a miles. Las Camisas Negras, las Camisas Pardas, las Juventudes Hitlerianas y las organizaciones juveniles falangistas, con sus diferencias, utilizaron símbolos, uniformes, disciplina y camaradería para construir una identidad colectiva que les definía frente a sus enemigos.

El filósofo Franco Berardi «Bifo» explicaba por qué algunos jóvenes hoy se alinean en lo que él denomina el fascismo contemporáneo de la impotencia frente a aquel fascismo histórico, que exaltaba la potencia masculina, la conquista y la promesa de un futuro grandioso. Son jóvenes educados bajo ideales masculinos de éxito, poder y reconocimiento que se encuentran con precariedad, dificultades para independizarse, incertidumbre y, a veces, frustración afectiva. Algunos encuentran en discursos autoritarios la promesa de recuperar la fuerza y el protagonismo que sienten perdidos.

No toda adhesión a la extrema derecha, como se cree, nace de la frustración. También existe la que tiene origen en el privilegio y en la herencia familiar. Jóvenes de clase media y alta que han crecido en entornos donde las jerarquías sociales, prejuicios e identidades políticas forman parte de su educación. Pierre Bourdieu lo explicó mediante el concepto de habitus: incorporamos desde la infancia formas de pensar y juzgar que terminamos considerando naturales.

Luego están esos jóvenes que no pertenecen a clases acomodadas, pero que adoptan sus símbolos de prestigio. Desprecian a otros adolescentes por vestir ropa corriente, no llevar marcas reconocidas o defender ideas de izquierda, llamándolos «sucios», «perroflautas» o «vagos». Su desacuerdo político lo convierten en descalificación moral. No discuten las ideas del otro porque directamente le consideran inferior.

Esta idea del desprecio ayuda a entender esa expresión escuchada hoy en Sol: «limpiar la Puerta del Sol». Chillaban y alegaban que la plaza es un espacio de todos. Pero sin entender que si realmente pertenece a todos, también pertenece a quienes están ejerciendo pacíficamente su derecho a manifestarse.

El verbo «limpiar», cuando se utiliza para referirse a la expulsión de personas por sus ideas, conlleva mucho más. Convierte a los que protestan en una presencia indeseable, algo que debe desaparecer del espacio público. Cuestiona la legitimidad de los ciudadanos para ocuparlo.

Sus insultos contra Pedro Sánchez también resultan contradictorios, pues los acampados achacan responsabilidad al Gobierno central, además de a las administraciones autonómicas.

Ha llamado la atención la presencia de numerosas chicas entre los grupos que hoy acudieron a Sol participando con los que defienden jerarquías de género, cuestionan el feminismo y proponen limitar derechos de las mujeres. Ya no se trata  únicamente de jóvenes varones que exaltan la fuerza. 

Algunas chicas pueden encontrar en esos grupos una estética compartida, una promesa de protección o un ideal de feminidad. Incluso pueden vivir esa identificación como una forma de rebeldía frente a los valores de su entorno.

Simone de Beauvoir explicó cómo los modelos de feminidad se construyen socialmente y pueden interiorizarse como elecciones propias. La curioso es que una joven puede sentir su participación en estos movimiento como una afirmación de libertad personal mientras apoya un proyecto político que limita la autonomía de otras mujeres o la suya propia.

Otra contradicción aparece con la presencia de algún adolescente de familia inmigrante junto a los que defienden políticas de exclusión. Algunos jóvenes de extrema derecha desprecian a compañeros con quienes han compartido aulas, institutos y barrios. Jóvenes que han nacido y crecido en España, pero a quienes se sigue considerando extranjeros por su origen familiar.

Hay otro detalle de lo sucedido a lo que hay que prestar atención, y es la presencia de unos pocos adultos entre tantos jóvenes que parecía que estaban orientando sus movimientos y animando los cánticos. La captación política de menores no puede analizarse solo como una decisión individual de los adolescentes y se debe apuntar a quienes organizan o alientan sus comportamientos.

También deberíamos preguntarnos por qué algunos adolescentes encuentran más atractiva la pertenencia a grupos ultra derechistas que  a participar en organizaciones políticas o sociales de izquierdas. Quizá parte de la respuesta esté en las  nuevas formas de comunicación, las redes sociales, la transmisión generacional y las facilidades de participación que les ofrecen estos grupos a esas edades.

No se trata de equiparar a la extrema derecha actual con el fascismo histórico, ni considerar que todos los jóvenes conservadores comparten estas actitudes. Pero llama la atención la insistencia en la construcción de una identidad colectiva, la exaltación de la fuerza, la identificación con el poder y el desprecio hacia quienes son considerados inferiores.

La cuestión de fondo es cómo una sociedad transmite a sus jóvenes la necesidad de sentirse superiores a otros, sobre qué valores se están transmitiendo y qué futuro plantean estos que consideran a sus propios vecinos como enemigos a los que hay que expulsar del espacio público, la Puerta del Sol.

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