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Cuando el banco deja de escuchar

Felipe Mújica Pedrejón
Ex  directivo de banca

Hoy quiero hablarles a algunos empleados de banca. A esos que todavía tienen un carguito, una tarjeta con un título importante y la esperanza de que, obedeciendo mucho, conservarán la silla. Os lo digo con afecto. Y con cuarenta años de banca a las espaldas: cuidado, que estáis colaborando muy eficazmente en demostrar que ya no hacéis falta.

Antes, cuando un cliente planteaba una operación, había que estudiarla. Mirar los números, conocer sus circunstancias, valorar las garantías… y mojarse. A veces se aprobaba. Otras, se denegaba. Pero había alguien capaz de explicar por qué y de defender su criterio. Ahora la explicación cabe en cinco palabras: «El sistema no me deja». Maravilloso. Cuarenta años de experiencia profesional resumidos en un mensaje de error.

Y yo pregunto: si tu trabajo consiste en comunicar lo que dice una máquina, ¿cuánto crees que tardará la máquina en comunicarlo ella sola? Porque tú cobras una nómina, tienes vacaciones y, de vez en cuando, hasta te pones enfermo. Qué poca visión empresarial por tu parte. El algoritmo, en cambio, puede denegar quinientas hipotecas antes de que tú termines el primer café. Y sin pedir un despacho.

No estoy diciendo que haya que conceder cualquier préstamo. He trabajado en Riesgos. Sé perfectamente que prestar dinero exige prudencia. Lo que digo es que estudiar una operación no puede consistir en introducir datos y esperar a que se encienda una lucecita. Que detrás de una solicitud hay una persona. Y que, a veces, esa persona necesita que alguien detecte un error, comprenda una circunstancia o defienda una excepción razonable.

Pero defenderla da trabajo. Hay que escribir un informe. Discutir con la central. Insistir. Arriesgarse a que el jefe pregunte por qué eres tan pesado. Mucho más cómodo encogerse de hombros: «Felipe, yo te entiendo, pero desde arriba…».

Desde arriba. Ese lugar misterioso del que bajan las consignas y al que nunca suben las responsabilidades. Pues escucha: desde arriba también puede bajar, cualquier mañana, un correo anunciando que tu puesto ha sido eliminado. Por eficiencia. La misma eficiencia que llevabas meses defendiendo delante de tus clientes. Y entonces descubrirás que el sistema tampoco te deja a ti.

No os pido heroísmo. Os pido oficio. Criterio. Un poco de amor propio profesional. Porque el cliente al que hoy no escucháis es parte del negocio que sostiene vuestra nómina. Y cuando dejáis de aportar algo que una máquina no aporta, le ponéis muy fácil a alguien hacer la cuenta.

Todavía estáis a tiempo de demostrar para qué servís. Después, cuando os toque a vosotros pedir una explicación, sería triste encontrar al otro lado a alguien que os diga: «Te entiendo perfectamente… pero el sistema no me deja». RIP. Descanse en paz aquel carguito que parecía tan seguro.

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