A las seis y media, en La
Cañada, el plástico ya quema por dentro. Un agricultor me abre la puerta del
invernadero y me dice: «Aquí el desierto no se venció, se aprendió a regar». La
frase podría parecer una ocurrencia, pero contiene buena parte de la historia
de Almería. Durante mucho tiempo, la provincia se ha contado desde la carencia:
el desierto, la periferia, el atraso. Como si vivir en el extremo del mapa
fuera una condena. En 1955 ocupaba uno de los últimos lugares de España en
renta. Tierra seca, lejos de todo. Una condición que parecía definitiva.
Después llegó el plástico,
pero lo que llegó con él fue una nueva forma de organizar el trabajo. Basta
recorrer La Cañada o Vícar para entender que aquel paisaje no apareció de
golpe. Debajo hay décadas de ensayo, adaptación y trabajo de agricultores, cooperativas
y jornaleros que fueron construyendo un modelo. A finales de los noventa
todavía se hablaba de dos Andalucías. En 2018, los análisis ya destacaban el
vuelco: en medio siglo Almería había pasado de estar entre las provincias más
pobres a situarse entre las que más habían crecido. Los datos habían cambiado.
El relato seguía intacto.
Ese relato es resistente.
Almería continúa apareciendo bajo los viejos enfoques: desierto, periferia, mar
de plástico. Y cuando aparece la riqueza, llega otro tópico para ocupar su
lugar: el «cateto de invernadero», inculto pero con Mercedes. Cambia el signo,
pero no cambia la mirada. Quizá porque ese relato resulta cómodo: alimenta el
victimismo, simplifica la realidad y permite seguir explicando Almería con
categorías que pertenecen a otra época. Es más fácil repetir una historia
conocida que aceptar que la realidad ha dejado de encajar en ella.
Matar el relato no significa
negar las contradicciones. También en Níjar la riqueza agrícola convive con
precariedad y desigualdad, y sería absurdo ocultarlo. Pero una sociedad puede
seguir teniendo problemas y, al mismo tiempo, haber dejado atrás la posición
desde la que durante generaciones fue mirada. Una cosa no invalida la otra. El
problema aparece cuando convertimos una parte de la realidad en su explicación
completa.
Almería nunca tuvo agua de
sobra. Tuvo que aprender a contar cada gota. En un invernadero no llega como
lluvia: entra por tubos y se reparte planta a planta, en la cantidad justa. No
cambió de geografía, sino de relación con ella. Tal vez ahí esté la verdadera
historia de esta tierra: no en haber vencido al desierto, porque el desierto
sigue ahí, sino en haber aprendido a vivir de otra manera con aquello que
parecía condenarla. Quizá haya que empezar a mirar Almería no desde lo que le
falta ni desde lo que supuestamente ha conseguido, sino desde lo que ha hecho
con sus límites: cómo los ha trabajado, cómo los ha transformado y qué nuevas
contradicciones ha generado en el camino.
Por eso quizá haya llegado el
momento de cambiar la pregunta. No se trata de decidir si Almería dejó de ser
pobre o se hizo rica, ni de sustituir un relato de atraso por otro de éxito. Se
trata de preguntarnos por qué seguimos mirándonos con las categorías de hace
setenta años, como si la historia hubiera cambiado a nuestro alrededor pero
nosotros siguiéramos obligados a contarnos de la misma manera.
Porque quizá el problema no sea encontrar un nuevo relato para Almería, sino seguir necesitando el relato para explicar una realidad que ya cambió. Almería no venció al desierto; aprendió a regarlo, a medirlo, a trabajar con él. La geografía sigue ahí, pero ya no es fatalismo.

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