A las diez y media de la noche, en Almería, todavía quedan
rectángulos de luz blanca encendidos. Desde lejos parecen ventanas que alguien
hubiera dejado iluminadas, pero son pistas de pádel: veinte metros de largo por
diez de ancho, cuatro jugadores y una pelota de color amarillo fosforito que va
y viene como si tuviera un asunto pendiente. Almería se ha inventado otra
noche. No la de los edificios iluminados ni la de los coches cruzando las
avenidas, sino la de esos rectángulos blancos que siguen encendidos cuando la
ciudad ya empieza casi a recogerse y bajar la persiana. Hace unos años apenas
reparaba en ellas. Ahora las encuentro casi sin querer.
Al principio pensé que era una
moda más, de esas que llegan con la fuerza de una conversación nueva y
desaparecen cuando aparece la siguiente. Me equivocaba. El pádel ha ido
ocupando gimnasios, urbanizaciones e instalaciones públicas hasta convertirse
en una escena habitual de la ciudad. Hay pistas que se reservan con días de
antelación y jugadores que organizan una partida desde el teléfono en pocos
minutos. No es solo que el pádel esté de moda, es que mirando sus pistas se
entiende cómo hemos cambiado la forma de gastarnos las tardes aquí, en Almería.
Adela es mediadora y ayuda a
resolver conflictos entre partes. Antes entrenaba en el gimnasio con sus
amigas. “Una tarde, mientras tomábamos una cerveza en el quiosco de las
Almadrabillas, decidimos probar el pádel”, me cuenta. Mientras habla, se recoge
el pelo, ajusta los cordones y escribe en WhatsApp: “¿Salimos?”. Tres
compañeras la esperan en una pista cercana. Coge la mochila y sale. Durante ese
rato, el trabajo y las obligaciones domésticas quedan fuera.
Hace dos décadas, el pádel era
casi marginal en la ciudad. En las pistas se ve hoy a un público mucho más
diverso: mujeres, jóvenes, niños y jubilados.
Hace diez años todo era al
aire libre, aguantando levante y calor. Ahora casi todo se ha metido bajo
techo, a la sombra. Ya no hay que llamar: desde el móvil coges pista y hora en
dos minutos. Si falta uno, la app te busca un desconocido para completar. La
pantalla no ha roto el quedarnos; nos ha cambiado el modo de citarnos. Antes
insistías al teléfono; hoy deslizas el dedo y ya tienes sitio para esta noche
en la pista.
El pádel se escapó de los
clubes cerrados y se abrió a la calle. Los pabellones municipales lo han
abaratado y entra más gente, pero no es igual en todos lados. Según el barrio,
si tienes un privado cerca o no, y según la hora libre que te quede, jugar en
Almería sigue siendo distinto para unos que para otros. El precio, la lista de
espera y dónde te cae la pista terminan partiendo la ciudad en dos.
Cuanto más miro esas pistas,
más curioso me resulta el asunto. Tenemos el ocio metido en el teléfono y, sin
embargo, para jugar al pádel hay que hacer lo de siempre: quedar, llegar y
pasar hora y media con otras tres personas. Al final, para desconectar del
móvil, el móvil también sirve para quedar.
Pero esa manera de llenar la
tarde también ocupa sitio. En la Vega de Acá, La Goleta o Nueva Almería, donde
algunas pistas quedan junto a las viviendas, el golpe de la pelota contra la
pala y el cristal puede convertirse en una presencia diaria. “A partir de las
diez, el ruido llega hasta las viviendas”, explica Alfredo, un vecino de la
avenida Adolfo Suárez. No ocurre igual en los grandes complejos, alejados de
las viviendas y con medidas de aislamiento acústico. Cuando el pádel sale del
club y entra en la zona residencial, deja de ser solamente una actividad
privada: se convierte también en una cuestión de convivencia.
Adela termina, se seca la
frente y comprueba el móvil. Durante el partido aparecen los gestos habituales:
una compañera que anima, un reproche después de un fallo y una bola que se da
por buena sin discutir. El trabajo y las tareas de casa han quedado fuera
durante un rato. Adela es una jugadora más.
Dentro, cuatro jugadores
siguen alargando la tarde. Fuera, alguien mira el reloj. Para unos, la pista es
un lugar de encuentro; para otros, una fuente de ruido que llega hasta sus
viviendas. Y mientras unos golpean, otros cuentan los minutos.
Y yo, que observo desde fuera, sigo sin entender por qué esas bolas son de amarillo fosforito.

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