Emilio
Ruiz
www.emilioruiz.es
El
proceso secesionista de Cataluña, que lideran
Artur Mas y Oriol Junqueras, nos preocupa como
españoles. Pero también como almerienses. Como españoles, la preocupación es
obvia: Cataluña supone el 20 por ciento del PIB español y su independencia supone
hacernos el harakiri como país. Como almerienses, la preocupación es por
razones afectivas: decenas de miles de almerienses e hijos y nietos de
almerienses tienen su residencia en aquel trozo del territorio nacional.
Durante estos días, estos ciudadanos, que comparten afectos entre su tierra de
acogida y la de procedencia de ellos o sus ancestros, lo están pasando mal. Muy
mal. Lo hemos podido comprobar este mismo verano, cuando se han acercado a
pasar sus vacaciones con nosotros. Dos palabras con las que les persiguen:
frustración y preocupación.
Este
viernes, el día siguiente de la
Diada , ‘La Voz
de Almería’ no obsequiaba en su primera página con una foto de éstas que
producen bochorno. Un abderitano residente en Cataluña clamaba por que su
tierra de adopción se desligara del resto de España, del lugar donde él vio la
luz y donde, seguramente, muchos de sus familiares aún residen. Posturas como
la de Emilio Suárez Sánchez, y otros
como él, que se manifestaron el jueves por la independencia, nos producen
tristeza. Por injusta, por insolidaria y, siento decirlo, por traidora.
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| El abderitano Emilio Suárez, en la Diada (Foto: La Voz de Almería) |
Tras
el amargo sabor de boca que me dejó la foto de este forofo del independentismo,
la voz resquebrajada de la escritora Almudena
Grandes, desde las ondas de la cadena Ser, me hicieron ahondar en este
sentimiento de frustración que muchas veces padece la condición humana. Qué
grande es Almudena Grandes. No me resisto a reproducir ese emotivo comentario:
Súmate
Almudena Grandes
Cuando
era niña, aprendí un extraño ritual. Si un trozo de pan se caía al suelo, no
había que tirarlo, sino recogerlo, limpiarlo y besarlo, porque el pan es
sagrado. Nunca he olvidado esa enseñanza, el fruto simbólico del hambre que
pasó mi familia, y sigo sintiendo un respeto íntimo, casi supersticioso, por
las barras de pan. Por eso me ha dolido tanto esa imagen.
Algunos
españoles que hablan castellano, viven en Cataluña y están a favor de la
independencia, han creado una asociación, Súmate, para explicar su posición.
Están en su derecho y nadie está legitimado para cuestionarles, porque los
sentimientos son tan sagrados como el pan. Los míos, que me distanciaron en el
pasado de los catalanes que les llamaban charnegos, me alejan ahora de la
insolidaridad que vuelcan hacia sus paisanos, esas familias que se quedaron en
sus pueblos y viven mucho peor que ellos, aunque no paguen peaje en las
autovías. Pero no es eso lo que me duele.
En
el video de presentación de Súmate no hay gráficas. No aparecen cifras, diagramas
o esquemas, sólo un inmigrante que parte una barra de pan en trozos cada vez
más pequeños, esto es lo que pagamos y esto lo que recibimos. Al hacerlo, asume
que es un charnego que habla para charnegos, gente inculta, incapaz de
comprender otro argumento, ningún discurso teórico mínimamente elaborado. Eso
es lo que me duele. Por él, por su audiencia, por todos nosotros. Qué pena que
el pan siga siendo sagrado, que hayamos llegado a un punto en el que los
sentimientos se sitúan por encima de la dignidad propia, y de la ajena.

