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En detalle y con rigor, presuntamente

Rebeca Gómez
Concejal de Almería por el Partido Popular

El asunto de los ERE se va complicando. Mientras Griñán, Recio y Moreno enarbolan la bandera de la colaboración “en detalle y con rigor” con la justicia, la juez instructora del caso de la presunta trama de los ERE incentivados por la Junta de Andalucía no parece compartir tal opinión. Los responsables autonómicos no deben terminar de creerse que la cuestión haya podido deshilvanarse como presuntamente lo ha hecho.

El gobierno de la Junta se negó el martes a enviar a la magistrada Mercedes Alaya todas las actas de los Consejos de Gobierno desde el año 2001 hasta la actualidad amparándose en el “secreto de las deliberaciones”. Pero la juez notificó ayer a las partes un auto requiriéndolas de nuevo argumentando que, por su parte, “no se están pidiendo las deliberaciones y votaciones, sino únicamente las actas con los acuerdos”, los cuales “no son secretos”. Tienen 48 horas para hacerlo. Pero los dirigentes socialistas siguen en sus posiciones de fuerza, sin terminar de creer que quién les exige información y actas de acuerdos, que quién les acusa de opacidad, esto es, obstruir la acción de la justicia, no es la oposición, sino la juez. Y se permiten decidir qué le envían y qué no. La magistrada debe tener algo que decir. Es de rigor que se le reconozca el derecho a solicitar cuantos documentos considere, en el ejercicio de su función esclarecedora, para concluir con la mayor veracidad hasta donde llega el alcance en el presunto uso fraudulento de los fondos públicos.

Una cosa son las responsabilidades políticas y otra las jurídicas. Las segundas se dirimirán con mayor o menor ayuda de Griñán, su antecesor Manuel Chaves, los exconsejeros y los actuales consejeros con toda la línea de mando hasta las instituciones provinciales, las empresas y los sindicatos de clase. De las primeras ya se debería haber tenido noticia. Pero el PSOE, que ya rechazara en innumerables ocasiones la creación de comisiones de investigación en el seno del parlamento, sigue rechazando ahora la celebración de un pleno extraordinario sobre las irregularidades en los ERE. Se escuda en que ya están colaborando con la justicia. Pero no parece que lo hagan con acierto. Mientras, el Consejero de Empleo, Manuel Recio, parece no cejar en el empeño de insistir en que el asunto carece de la importancia suficiente al tratarse de un porcentaje poco significativo a su juicio en comparación con todos los expedientes que la Junta ha tramitado en los últimos diez años. “No se puede –dice- actuar con mayor transparencia”. Griñán afirma que fue el Gobierno andaluz el que denunció los hechos. Pero lo que se desprende de la hemeroteca y de lo que se va conociendo es que se sumó con resignación al esperpento porque no le quedaba más remedio.

La gestión de un asunto tan serio requiere el rigor, la seriedad y la responsabilidad que no está teniendo. Como muestra un botón: uno cualquiera de los tantos intentos de fraude que fueron en parte destapados antes de materializarse pero que no derivaron en responsabilidad para nadie, como el de la base militar de Morón de la Frontera en Sevilla, no incluido entre los “fraudes” detectados tras la investigación interna de la Junta de Andalucía. La empresa que opera en la Base estadounidense, Vinnell-Brown and Root, y los sindicatos UGT y CCOO negociaron 150 despidos en el ERE solicitado a la Junta, rechazados por el sindicato USO alegando un “criterio de amiguismo a la hora de elegir a los despedidos”. Entre estos nombres había pensionistas por invalidez, jubilados, parados, personas que habían trabajado en la empresa pero ya no prestaban sus servicios en ella en ese momento. Al informar de ello a la Delegación de Empleo de Sevilla –que no había cotejado estos datos, como tampoco lo había hecho la Inspección de Trabajo-, la administración revisó el listado y aparecieron hasta 31 personas que ya no trabajaban en la Base. La Inspección recomendó entonces a la Consejería de Empleo que denunciara el caso ante la justicia. Pero lo único que hizo la Junta fue obviar los 31 despidos fraudulentos y dar el visto bueno a los otros 119, obviando informar de ello en la resolución del proceso. La delegada provincia resolvió “autorizar [...] la extinción de 119 contratos laborales a partir del 17 de diciembre de 2010, en base a los acuerdos alcanzados entre la empresa y la mayoría de los componentes del comité de empresa [...]”. En todo caso, lo que representan estas actitudes es, ora la implicación en los hechos, ora la falta de control que pretende ocultarse.

Esto no es lo que parece

Rebeca Gómez
Concejala de Almería por el PP

En lo que a la política se refiere, parece que el nuevo año comienza como acabó el anterior. Nuestro paisano Carlos Herrera entrevistaba el martes en Onda Cero al presidente del Gobierno, que realizó aportaciones continuistas a las preguntas sobre la crisis o su futuro político y hasta sobre las encuestas que desde hace tiempo otorgan una amplia victoria al PP en las próximas elecciones generales. Dos días antes conocíamos la encuesta de Sigma Dos para El Mundo, en la que Zapatero, que llegó a tener una valoración positiva del 92 %, hoy solo llega al 18 %.

Zapatero dijo a Carlos Herrera que espera que su sucesor tenga "la misma legitimidad" que tuvo él cuando fue elegido para dirigir el PSOE. Aunque se refiere, claro, a que sea elegido por un Congreso, puede que el término “legitimidad” no parezca el más apropiado a quienes vivieron los previos y el desenlace del 35 Congreso Federal socialista de julio de 2000, en el que un Zapatero acostumbrado a batallas intestinas por el control del partido que le llevaron a un ascenso meteórico en el PSOE de León, estaba decidido a triunfar a pesar de todo y de todos.

El joven diputado leonés, acusado por los gerristas de mantener 18 agrupaciones "fantasma" y de diversas irregularidades administrativas, se enfrentó al entonces presidente de Castilla-La Mancha José Bono, a quién contra todo pronóstico ganó por un estrechísimo margen de sólo 9 votos.

Claro está que a nadie se le escapa que aquello de que “los de los propios partidos son unos hijos de puta”, que un micrófono que pasó inadvertido a Bono le recogió a finales de 2008 durante una conversación informal, lo debe haber pensado y dicho en muchas más ocasiones, probablemente antes, pero seguro, durante la primavera del año 2000.

El Confidencial del 21 de julio del año pasado recogía que, por aquel tiempo, Zapatero ordenó a su hombre de confianza y portavoz de la ya desaparecida corriente Nueva Vía, Jesús Caldera, que investigase a Bono para probar que se había enriquecido ilícitamente y, de paso, acabar con su carrera política y vencerle en aquel Congreso. Caldera lo hizo, y utilizó en su hazaña medios humanos y materiales del PSOE, como a uno de los llamados “fontaneros del PSOE”, el ex jefe de gabinete del propio Bono, Pérez Sanz, entre otros.

Zapatero ha ido utilizando a sus compañeros de partido, a los que en muchos casos ha pedido realizar el trabajo sucio y a quienes ha expulsado de su círculo hasta acabar con su carrera política, o hecho pasar la sed de las travesías del desierto que les ha ido imponiendo: Manuel Marín, Alfonso Guerra, Jordi Sevilla, López Aguilar, Trinidad Jiménez y hasta el propio Caldera, a quién expulsó del Gobierno en 2008.

Lo cierto es que varios medios de comunicación investigaron el año pasado sobre el patrimonio de Bono e informaron sobre su supuesto extraordinario enriquecimiento. Pero estas cuestiones, a las que Zapatero ha quitado importancia actualmente, curiosamente fueron las mismas que le indujeron a sospechas en el año 2000, poco después de que La Razón otorgara una portada completa a Bono el 10 de junio de 1999 con el siguiente titular: "Bono compra más barato que nadie".

En la encuesta de Sigma Dos que el domingo publicaba El Mundo, la primera de 2011, se confirma la gran diferencia en intención de voto entre PP y PSOE, y se afirma que, de celebrarse hoy elecciones, el PP conseguiría el 48,7 % de los votos frente al 30,32 % que obtendría el PSOE de Zapatero. Rajoy, con 18,4 puntos de ventaja, batiría así el record de Felipe González en 1982.

Nunca la brecha entre los dos partidos había sido tan grande, y el PSOE se situaría en una marca hasta ahora desconocida, casi cuatro puntos inferior al desastroso 34,1 % que obtuvo Joaquín Almunia en el año 2000. Según el sondeo, desde las elecciones de marzo de 2008, los socialistas han perdido 13,6 puntos, mientras que los populares han ganado 8,8.

Pero no sólo las encuestas realizadas para El Mundo sitúan al PP vencedor. En los últimos meses han salido a la luz sondeos en El País y Público en los que se vaticina una clara derrota para los socialistas. El 3 de octubre El País publicaba que el PP aventajaba en 14,5 puntos porcentuales al PSOE, según la encuesta de Metroscopia, y este domingo 2 de enero, se hizo eco de que "El 22-M amenaza la mayoría del poder autonómico y municipal del PSOE" y añadía que "las encuestas anuncian el mayor descalabro de la historia socialista".

Con todo, al ser preguntado por Carlos Herrera, y ante la obviedad de las encuestas, Zapatero contestó que “esto no es lo que parece”. 

Cambio de táctica

Rebeca Gómez
Concejala del PP del Ayuntamiento de Almería

El 9 de julio 2008, José Luis Rodríguez Zapatero reconoce la crisis por primera vez, después de  haber sostenido durante meses que la ralentización de la economía española sería un asunto pasajero; crisis sobre la que, por otra parte, había ya elementos sustanciales de juicio en el último trimestre de 2006. ¿Por qué esa estrategia? ¿No había capacidad para distinguir la crisis, o se quería negar a la espera de la fuerza sanadora del predicador?

La mayoría de los analistas coinciden en que la negación de la crisis vino motivada por la cercanía de las elecciones generales, en cuanto que reconocerla era, precisamente, evidenciar falta de acción, no haber sido capaces de tomar medidas para atajarla, o para minimizarla, durante los cuatro años de su mandato anterior. Esta justificación como estrategia política fue del todo irresponsable, y su resultado ha sido el definitivo descubrimiento de la farsa, bajo la apariencia forzada de disfrazar la realidad que vivía el ciudadano, y lo que es más grave, la indolencia hacia sus efectos para quién ya la padecía con todo su rigor y quienes desde entonces la vienen padeciendo por la inoperancia del Gobierno. Se habla de la brecha, nunca en democracia tan amplia, entre el sentimiento de la ciudadanía y el sentir de su Gobierno.

Raudo en cambiar de amigos y de ministros, no parece que José Luis Rodríguez Zapatero vaya a cambiar de asesores. Los que mantiene, en los que confía, son los mismos que deberían haberle avisado de que las crisis no pasan de largo sin más, sino que hay que afrontar las situaciones difíciles lo antes posible, y que los buenos gestores planifican y se anticipan a los momentos adversos: son proactivos, no reactivos. Aunque aquí al menos cabría haber esperado lo segundo.

A los asesores se les debe valorar su capacidad para trasladar la realidad al jefe, no su capacidad para decirle con indolencia y lustrosa sonrisa que todo lo hace bien. Deberían, entonces, haberle transmitido que la negación de la realidad no haría sino agravarla, que negar –¡y negarse!- que la economía se movía en un nuevo escenario, significaba que los programas y las formas de actuar también deberían haber sido modificados, y que había que tomar medidas tendentes a generar el caldo de cultivo para conseguir la recuperación en ese nuevo panorama. Planificar de nuevo.

En este sentido, y dándole continuidad, el Gobierno de Rodríguez Zapatero se reiteraba en un mensaje optimista pero divergente de la realidad, frente a lo habría sido deseable: un mensaje serio y motivador alentado por la acción. Se creaba la apariencia positiva sin que resultara fuerza generadora. Parecía que se pudiera estar pensando que el tiempo sería suficiente, y continuamente se daban plazos -que reiteradamente iban ampliándose- de finalización de la crisis, cuando no de reactivación de la actividad económica. Cada declaración era un plazo cercano. Se actuaba como si la voz y la suerte del tiempo todo lo pudieran: la voz frente a la acción.

Desde la semana pasada se ha producido un viraje y un muy significativo cambio de estrategia. Comenzó con la comparecencia de Zapatero en el Congreso de los Diputados. Después se ha sumado el resto del Gobierno en distintas declaraciones. Quizás, la más evidente, la que capitaneaba el portavoz del Gobierno en el Congreso, José Antonio Alonso. Ahora el mensaje es que Zapatero conocía la crisis desde su origen. Alonso asegura que el Gobierno “siempre ha sido muy consciente” de que se enfrenta a la “peor crisis financiera de los últimos ochenta años”, atreviéndose incluso a resaltar que desde que se desencadenó la crisis no ha visto al Presidente “pecar de optimismo”. ¿No resulta curiosa esta quiebra?

Ahora Zapatero prevé la dificultad de la recuperación, ahora Zapatero ha estado siempre al frente de una crisis con capacidad de Gobierno, ahora Zapatero ha estado actuando durante todo este tiempo. ¿Por qué ahora este cambio de estrategia?

He aquí una posible respuesta: se cambia el mensaje, se cambian la farsa y el discurso mediático, desde el otro extremo, pero con el mismo sistema. Se cambia el sentido del lenguaje, pero se sigue sin actuar. Con estos sesgos parece evidente que Zapatero ha dado demasiados y reiterados motivos para salir del Gobierno. El mayor acierto sería hacerlo.