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Dos almerienses entre los odiados por ETA


Pedro Manuel de la Cruz
Director de La Voz de Almería

ETA concelebró el viernes el último acto de su entierro. Expertos en funerales -para eso nacieron en los seminarios y crecieron al calor de las casullas en las sacristías- han intentado revestirlo del pontifical de un concilio. Su esfuerzo ha sido en vano. Pero, ahora que la victoria de los demócratas ha sepultado en la derrota el horror criminal, conviene recordar a dos almerienses que se distinguieron por su lucha contra los asesinos y sufrieron tanto y tan injustamente por ello. Las líneas que siguen son el relato de dos conversaciones mantenidas en los primeros 90 con el entonces ministro José Barrionuevo y el general Andrés Cassinello, los dos almerienses y españoles más odiados por la banda asesina, a la que nunca dudaron en enfrentarse para derrotarla y a los que algunos les pagaron con la cárcel o el olvido. 

Barrionuevo, en Berja, ojeando La Voz de Almería

Las lágrimas del ministro. Aquel lunes 1 de enero de 1991 hacía un calor primaveral que propiciaba la conversación. Pepe Barrionuevo y Esperanza, su mujer, nos recibieron en la entrada de su casa, situada en el viejo camino que va desde Berja hasta el santuario de la virgen de Gádor, con esa amable calidez que yo ya había descubierto en otros encuentros bajo esa estética rocosa que tanta hostilidad le había generado entre el progresismo cínico de jueces y periodistas que, años después, alimentaron sus egos inabarcables investigando o criticando cada mañana de los 90 el uso de los fondos reservados que ellos mismos habían cobrado en las noches oscuras de los 80.
Barrionuevo había sufrido el desgarrado honor de ser el ministro del Interior con más entierros de asesinados por ETA grabados, como heridas irremediables, en el alma
La cita en aquella vieja casa de paredes encaladas en blanco tenía como objetivo hablar sobre las perspectivas en su nueva responsabilidad como ministro de Transportes. Pero allí, bajo un entramado de alambres desnudos esperando el renacer de las ramas del viejo parral y presididos por un bajorrelieve del Sagrado Corazón coronando una hornacina esculpida en la pared, yo no iba a perder la oportunidad de hablar sobre aquellos años de plomo en los que el político almeriense había sufrido el desgarrado honor de ser el ministro del Interior con más entierros de asesinados por ETA grabados, como heridas irremediables, en el alma.

El exministro más odiado por ETA habló poco, quizá atenazado por el peso de la responsabilidad. Esperanza, su compañera de insomnios y lágrimas, fue más explícita y, entre las confidencias que contó mientras Manuel Manzano disparaba su Nikon, una de las que más me sorprendió, tal vez por esa estética rocosa que le ha acompañado siempre, fue la de aquellas noches trágicas en las que el ministro regresaba después de enterrar a una nueva víctima de la barbarie y de intentar, en vano, consolar la inconsolable pena de quienes hasta ese día habían compartido con ella el amor por la vida.
Esperanza: "Yo, en silencio, lo oía como lloraba con un sentimiento tan desconsolado que solo era derrotado por el cansancio y algún somnífero"
“Aquellas noches, Pedro, nunca las podremos olvidar. Pepe llegaba a casa destrozado. Casi ni hablábamos. Tomaba un vaso de leche y, ya en la cama, yo, en silencio, lo oía como lloraba con un sentimiento tan desconsolado que solo era derrotado por el cansancio y algún somnífero. Tanto y tan insoportable era su sufrimiento después de ver el dolor en aquellas viudas, hijos, padres, hermanos, compañeros de cuerpo o de vecindad, que dos veces insinuó a Felipe su intención de dejar el ministerio. No se lo aceptó y algunos fines de semana y para acompañarlo en ese dolor tan inmenso, Felipe venía a Castellana 5 a cocinar rabo de toro (por cierto, no se lo digas a nadie, pero Felipe alardeaba siempre de ser un gran experto en la cocina y, la verdad, el rabo de toro le salía mejor a Pepe que a él, pero cualquiera se lo decía al presidente)”.

Lo que nadie preveía aquel lunes de abril era que, años después, el ministro más odiado por ETA iba a ser encarcelado bajo la mirada satisfecha de quienes habían asesinado y seguirían asesinando a centenares de españoles, y bajo el ego satisfecho de aquellos que, en el pretérito imperfecto de la lucha contra la banda, habían cobrado sobresueldos de los fondos reservados que con tanto ardor antes habían defendido y ahora investigaban.

General Andrés Cassinello

El silencio del general. Sostiene Barrionuevo que un día le dijo el general Sáenz de Santamaría que no hay nadie más reservado que un general en activo, ni nadie más activo que un general en la reserva. Sin duda el que fuera jefe de la Guardia Civil en los años mas sangrientos de ETA llevaba razón, pero con Andrés Cassinello, otro de los almerienses mas odiado por ETA, se equivocaba. El general Cassinello se irá a la tumba siendo una tumba y siendo, además, uno de los españoles que más sabe sobre ETA y sobre la lucha contra ella. Un día, su hermana María, tan impulsiva siempre, le dijo: "Andrés, me gustaría abrirte la cabeza y ver en ella todo lo que has visto y todo lo que sabes". "No lo hagas nunca; no lo hagas porque te asustarías", le respondió.

Al general almeriense nunca le asustó ETA. Me lo confesó un mediodía de confidencias en su casa madrileña del barrio de Argüelles. "No tengo miedo, nunca lo he tenido. Lo que sí tengo es conciencia del riesgo", me dijo en el salón de su casa, a la que se sólo se podía entrar después de entregar la identificación a dos policías de paisano situados en el portal del edificio y a otro en el exterior de la puerta del piso.
“Es el militar más culto que he conocido”, dice Barrionuevo del general Cassinello
En aquella conversación, el general almeriense habló de Barrionuevo y del general Galindo con un afecto que, en el caso del político almeriense, sorprendía. Andrés había nacido en una familia conservadora y es hijo de un asesinado por la República; Barrionuevo era un ministro socialista situado políticamente cerca de sus antípodas ideológicas. Sin embargo, los dos sentían, ya entonces y siguen sintiendo ahora, una profunda admiración mutua. “Es el militar más culto que he conocido”, me dijo el pasado viernes el exministro sobre el general. Una admiración compartida que tuvo su semilla, tal vez, en su origen almeriense pero que se cultivó en la lucha contra la barbarie, el asesinato, la crueldad y la extorsión.
Sáenz de Santamaría le fue recordando en el coche que, en cada pueblo por los que pasaban desde Burgos hasta Bilbao, ya había estado antes enterrando a otras víctimas
De aquella conversación en su casa madrileña guardo confidencias a las que todavía no ha alcanzado el tiempo de su conocimiento, pero sí hay una que, en estos días de entierros sobreactuados, conviene recordar para que nadie confunda el relato de lo que pasó. Contaba el general que un día, camino hacia un nuevo adiós, otro más, de una víctima de ETA, Sáenz de Santamaría le fue recordando en el coche que, en cada pueblo por los que pasaban desde Burgos hasta Bilbao, ya había estado antes enterrando a otras víctimas. “Desde aquellos años odio el pacharán, no lo soporto”, me confesó antes de justificar el porqué: en aquellos pueblos y después de regresar del cementerio era costumbre beber una copa de pacharán.

ETA se enterró en medio del desprecio el viernes. Estoy seguro que los dos almerienses que más lucharon contra ella sintieron ese día el sabor indefinible del olvido. Y es que los españoles somos tan defensores (y para bien) del Estado de Derecho que nunca (y para mal) hemos reflexionado sobre el derecho del Estado a defenderse y sobre quienes se jugaron la vida para preservar las de sus compatriotas.

Las víctimas almerienses de la banda terrorista ETA

Emilio Ruiz

La banda terrorista ETA tiene previsto anunciar esta mañana su desarme unilateral e incondicional. El balance de su sangrienta actividad armada presenta números aterradores. El Ministerio del Interior y las asociaciones de víctimas del terrorismo no llegan a ponerse de acuerdo respecto a las cifras oficiales de muertos. Mientras el Gobierno habla de 829 víctimas mortales, desde la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) hablan de 858 asesinados. Esta cifra coincide con la recogida en el libro “Vidas Rotas”, escrito por Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García, basado en una exhaustiva investigación que incluye no solo datos oficiales sino también judiciales y periodísticos.

El primer asesinato oficial de ETA fue el guardia civil de 25 años José Pardines Arcay, tiroteado por miembros de la banda terrorista el 7 de junio del año 1968 en Guipúzcoa

El primer asesinato oficial de ETA fue el guardia civil de 25 años José Pardines Arcay, tiroteado por miembros de la banda terrorista el 7 de junio del año 1968 en Guipúzcoa. Unos días antes de la muerte de Franco los almerienses nos despertamos con la triste noticia del asesinato de un joven paisano, Esteban Maldonado Llorente, un “hijo del cuerpo” con tan solo 20 años de edad. No hay una sola víctima de ETA que no haya producido consternación y rabia en la sociedad almeriense, pero la afección ha sido mayor al conocer que la víctima es alguien que ha vivido junto a nosotros. El día que ETA va a hacer entrega de las armas vamos a tener un recuerdo para los almerienses que han sido sus víctimas mortales.

Esteban Maldonado Llorente. 20 años

Esteban Maldonado y sus dos compañeros asesinados

Guardia Civil. Soltero. Natural de San Pedro de Mérida (Badajoz), se consideraba almeriense, pues aquí residió la mayor parte de su vida. Era hijo de un guardia civil destinado en Cabo de Gata. Falleció en atentado de ETA el 5 de octubre de 1975, tres meses después de salir de la academia de guardias civiles de Valdemoro e incorporarse a su primer destino en Mondragón. Murió en Oñate (Gupúzcoa) al regreso del Santuario de Aránzazu al estallar una bomba al paso de un furgón militar en el que viajaba junto a otros dos compañeros que igualmente fallecieron.

Sepelio en Almería (Foto: J. J. Mullor / Ideal)

Impresionante manifestación de duelo
Su muerte produjo una profunda conmoción en la sociedad almeriense. Su cuerpo fue velado en la Comandancia de la Guardia Civil de Almería y a su entierro, celebrado dos días después, asistieron miles de personas. “Impresionante manifestación de duelo”, tituló La Voz de Almería al día siguiente.

José Luis Martínez Martínez. 30 años

Inspector del Cuerpo Nacional de Policía. Aunque era natural de Calatayud (Zaragoza), antes de incorporarse al cuerpo residía en Almería. Su padre fue trasladado aquí cuando José Luis era muy pequeño. Una vez que terminó su servicio militar, ingresó en la Academia General de Policía. De ahí salió destinado al servicio 091 de San Sebastián, en el que llevaba sólo seis días cuando fue secuestrado y asesinado por la banda terrorista ETA. Fue secuestrado el 4 de abril de 1977, torturado y asesinado junto a otros compañeros en Hendaya, localidad del sur de Francia fronteriza con el País Vasco.

José Luis Martínez Martínez fue secuestrado y torturado antes de ser asesinado

Los cadáveres se encontraron en Biarritz dos semanas después de su desaparición, maniatados de pies y manos, con un tiro en la nuca y los dedos cortados. Los agentes víctimas de ETA entregaron a sus compañeros de aduanas las armas y credenciales policiales, por lo que iban desarmados. Las alarmas saltaron cuando al día siguiente los tres policías no se incorporaron a su comisaría.

Francisco Gómez Gómez-Jiménez. 28 años


El atentado, en El Diario Vasco

Guardia Civil. Natural de Almería. Casado y padre de dos hijos, llevaba tres años en el cuerpo. Murió tras un atentado, junto a su compañero Miguel García Bayo, de Zamora, en la madrugada del 13 de enero de 1979. El vehículo en el que viajaba, un Land Rover de la Guardia Civil, circulaba por la carretera comarcal que une el santuario de Loyola con Azcoitia. Los asesinos accionaron a unos 150 metros de distancia un artefacto colocado junto a un talud de la carretera. El autor de la activación del artefacto fue José Maria Zaldua Corta "Aitana", miembro del comando "Urola". El cadáver de Francisco Gómez-Gómez fue trasladado hasta Almería y velado por sus familiares y compañeros en el acuartelamiento de la Guardia Civil de la capital.

José Antonio Martínez Pérez-Castillo. 26 años


Brutal atentado

Guardia Civil. Natural de Oria. Soltero. Estaba destinado en Lekeitio. Llevaba dos años en el cuerpo. A las 8,15 de la mañana del 1 de febrero de 1980 un comando terrorista ametralló un convoy de la Guardia Civil que escoltaba un furgón con armamento pesado en la localidad de Ispaster (Vizcaya). Había salido de Marquina (Álava) para dirigirse a Laga (Vizcaya). En el atentado fallecieron seis compañeros entre ellos el almeriense. Dos de los terroristas también perdieron la vida al estallarles una granada mientras intentaban introducirla en uno de los furgones policiales. Fue una auténtica masacre. Al frente del comando asesino se encontraba José Luis Ansola Larrañaga, conocido con el sobrenombre de "Peio el Viejo". El cadáver de José Antonio Martínez fue velado en las instalaciones del cuartel de Basauri junto al resto de los compañeros asesinados.

José Manuel Rodríguez Fontana. 24 años



El bar en el que fueron asesinados José Manuel y sus compañeros

Policía. Almeriense. Soltero. Miembro de una extensa familia de Pescadería, era el segundo de nueve hermanos. Fue asesinado junto a dos compañeros a las 9,15 del 15 de mayo de 1980 en la barriada Amara de San Sebastián cuando desayunaban en la cafetería Majusi, situada a unos 500 metros de unas oficinas del Documento Nacional de Identidad en las que prestaban servicios. José Manuel había conseguido desenfundar su pistola parapetado detrás de una caja de botellas, pero fue el primero en caer herido de muerte. A sus dos compañeros no les dio tiempo ni de sacar sus armas reglamentarias. Un tercer terrorista esperaba al volante de un automóvil, en el que segundos después los asesinos emprendieron la huida. Hacía 10 meses que había pedido destino voluntario en San Sebastián. A día de hoy se desconoce quiénes fueron los autores materiales del atentado.

Juan Maldonado Moreno. 42 años


Lugar donde fue asesinado


Guardia Civil. Natural de Adra. Casado y padre de dos hijas de siete y nueve años. Falleció a las 6,45 del 23 de junio de 1983 en la localidad guipuzcoana de Pasajes de San Pedro al explotar un artefacto colocado por ETA en los bajos de su automóvil. El vehículo lo tenía estacionado en una pequeña plazoleta en la calle Laztide de la barriada de Meipi, de Pasajes (Guipúzcoa). La explosión, de gran potencia, tuvo lugar en el momento en el que el guardia civil, que vestía de paisano, accionó la llave de contacto de su vehículo, un Renault 8 de color rojo. Juan tenía costumbres muy regulares: solía jugar habitualmente a las cartas en el mismo bar y acudir a una huerta cercana a su domicilio. ETA reivindicó el atentado el 7 de julio.

Pedro Ballesteros Rodríguez. 24 años

Pedro Ballesteros Rodríguez


El atentado, en la prensa

Guardia Civil. Casado y padre de una hija de un año. Aunque natural de Madrid, se consideraba almeriense. Murió acribillado a balazos a las 4,45 del 19 de marzo de 1988 en la localidad vizcaína de Durango. Fue la primera víctima de ETA de ese año. El matrimonio se dirigía a la casa de los padres de ella, María del Carmen López, situada en el barrio de Tabire, para celebrar el Día del Padre. El coche que conducía Pedro se detuvo en un stop al llegar a la Plaza Gurruchaga, momento en el que los asesinos le dispararon a bocajarro. Su esposa y su hija pudieron salvar la vida. Ella resultó alcanzada por una bala en el codo izquierdo y fue trasladada al Hospital de Galdácano donde fue intervenida quirúrgicamente de la herida. El crimen fue presenciado por varios niños que participaban en una fiesta infantil en el colegio de los Jesuitas, situado enfrente del lugar donde fue tiroteado Pedro. En 1991 fueron condenados los etarras del grupo Araba Juan Ignacio Oyarbide Aramburu y Manuel Urionobarrenechea Betanzos como autores del asesinato.

El albojense José Artero Quiles, el único civil almeriense asesinado por ETA

José Artero Quiles. 42 años


José Artero Quiles (Foto José Ángel Pérez)

Industrial. Soltero. Dueño de una tienda de mármoles que recibía de la Comarca del Mármol almeriense. Ha sido el único civil almeriense asesinado por ETA. Siempre se negó a pagar el “impuesto revolucionario”. Natural de la barriada de El Llano del Espino, de Albox, fue asesinado de ocho balazos el 24 de marzo de 1980 en Escoriaza (Guipuzcoa). Miembros de ETA del grupo Iharra lo acribillaron a sangre fría cuando se disponía a subir a su coche tras salir de la cafetería Toki-Alai, a donde fue a ver el programa de televisión “Gran Estadio”. Los terroristas utilizaron un Seat Ritmo que habían robado a un farmacéutico de Arechavaleta, al que abandonaron después de maniatarlo. Su sepelio se produjo en Fines. En 1994 fueron condenados como autores materiales del asesinato Francisco Martín Robles, Enrique Letona Viteri y Jon Aguirre Aguiriano. También fue condenado Jesús María Zabarte Arregui como autor por cooperación necesaria.