Hace unos días, mientras
tomaba un café, escuché a un hombre decir algo durante una conversación sobre
los trenes de Almería. Desde entonces no he dejado de darle vueltas a aquella
frase: “¿Y para qué sirve protestar?”. Nadie de los que compartían café y tostada
con él respondió. Uno de ellos levantó los hombros y, enseguida, alguien cambió
de conversación mientras el camarero servía los cafés. Pero fue precisamente esa indiferencia lo que
más me llamó la atención.
Basta asomarse cualquier
mañana al andén de la estación. Los viajeros miran el panel electrónico con la
misma naturalidad con la que uno consulta la temperatura. Si aparece un retraso, casi nadie protesta.
Alguno suspira, otro llama para avisar de que llegará más tarde y la vida
continúa. Ya casi nadie pregunta qué ha pasado.
Lo verdaderamente grave no es
que el tren tarde más de siete horas en llegar a Madrid mientras el coche
apenas supera las cinco. Lo grave es que ya no nos parezca escandaloso. Hemos
terminado aceptando que lo excepcional forme parte de la rutina. Y cuando una
ciudad convierte una anomalía en costumbre, el retraso deja de medirse en
minutos y empieza a medirse en resignación.
Esa resignación no formó parte
del carácter de esta tierra. Hubo un tiempo en que Almería no esperaba a que
las cosas llegaran. Las hacía llegar. Hace un tiempo hablaba con un agricultor
de El Alquián, y me dio a entender que Almería no siempre fue una ciudad
resignada.
Me contaba que en los años
setenta para sacar los primeros pimientos tenían que cargarlos en un camión que
se quedaba atascado cada dos curvas porque la carretera era poco más que un
camino de piedras y barro. No llamaron al Ministerio. Se bajaban tres del
camión, empujaban, y seguían. No esperaron a que llegara la carretera perfecta
para ponerse a sembrar. Sembraron, y la carretera tuvo que llegar después. “Esa
es la Almería que nos hizo”, concluyó
Almería acumula una colección
de promesas que forman parte de su paisaje. Cada pocos años el Ministerio de
Transportes presenta un nuevo calendario para el Corredor Mediterráneo y ADIF
convierte cada plazo incumplido en una nueva previsión. Después aparece otra
explicación, otro aplazamiento y otra inauguración que vuelve a quedarse en el
futuro. Lo preocupante no es que las administraciones incumplan. Cada nuevo
calendario se parece demasiado al anterior. Cambian las fechas, pero la
sensación de provisionalidad sigue siendo la misma.
Hace años que la Mesa del
Ferrocarril convoca concentraciones para reclamar unas comunicaciones dignas.
Un martes de la semana pasada, a las siete de la tarde, apenas reunió a medio
centenar de personas. Mientras tanto, cientos comentaban la noticia desde el
móvil. No era falta de información. Era otra cosa. Es la sensación de que
protestar ya no cambia nada. Quizá ahí esté el verdadero problema. Durante
demasiado tiempo los almerienses hemos celebrado como conquistas lo que en
otros lugares se considera un derecho, como por ejemplo, unas comunicaciones
dignas, unas infraestructuras acordes con el peso económico de la provincia o
unas inversiones que lleguen cuando hacen falta y no cuando ya llegan tarde.
Vuelvo de vez en cuando a
aquella conversación de la cafetería. A ese hombre que preguntó para qué sirve
protestar y al silencio que vino después. Nadie discutió con él. Nadie intentó
llevarle la contraria. Quizá porque todos pensaban lo mismo. Y, sin embargo,
cuesta encontrar una ciudad que haya cambiado gracias al silencio de sus
vecinos. Las mejoras siempre empezaron el día en que alguien dejó de aceptar
que aquello era lo normal.
Antes de despedirnos, aquel agricultor me dijo: «Si me hubiera quedado esperando la carretera, todavía estaría esperando». Tal vez ahí estaba la respuesta a la pregunta que escuché aquella mañana en la cafetería. Protestar no garantiza que las cosas cambien. Callarse tampoco. Quizá esta ciudad empiece a avanzar el día que dejemos de considerar normal llegar siempre los últimos.

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