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La verdad a pie

Ignacio Ortega
@opinionalmeria

Hubo un tiempo en que a la mentira en la información se le llamaba simplemente “noticias falsas”. Hoy las conocemos como fake news, pero el mecanismo es el mismo: distorsionar la realidad hasta hacerla irreconocible. A cualquiera le basta con un dedo y una pantalla para difundir falsedades en redes sociales. Ahora la mentira viaja en forma de bulo en el bolsillo, disfrazada de noticia urgente y apelando a lo más primario de nosotros —miedo, indignación, identidad— para multiplicarse antes de que nadie tenga tiempo de preguntar si es verdad.

Recuerdo la historia del periodista inglés Gareth Jones en la película  de la cineasta polaca Agnieszka Holland “Mr. Jones”(2019), quien se empeñó en ver con sus propios ojos lo que otros preferían no contar: una hambruna masiva en la Ucrania de Stalin que el poder soviético negaba. La mentira no solo ocultaba la realidad: la agravaba. Salvando las distancias, esa estrategia de ocultación ha mutado hoy en una técnica de saturación. Lo vemos ya no solo en catástrofes como la DANA, sino en el uso creciente de inteligencia artificial para generar imágenes falsas —incendios inexistentes, políticos en escenas que nunca ocurrieron— que circulan como pruebas visuales y contaminan la conversación pública antes de poder ser verificadas. Es la asimetría perfecta: la mentira vuela sobre el pánico y la verdad apenas acierta a calzarse las botas.

No hay día que no reciba en el móvil bulos: datos manipulados, vídeos recortados o fotografías engañosas que se mezclan con “memes graciosos”, formando un río de falsedades que confunde al receptor. El objetivo no es convencer con argumentos, sino desgastar la idea misma de verdad. Hay actores políticos y mediáticos que saben que un bulo bien diseñado puede ser emocionalmente perfecto: sencillo, rotundo y fácil de compartir. Así, la falsedad no necesita correr más que la verdad: le basta con repetirse hasta ocuparlo todo, como un eco que desplaza al sonido original. Y es que cada vez que comparto sin comprobar, cada vez que doy por buena la información que me llega porque encaja con lo que ya pensaba, estoy poniendo un pequeño ladrillo en un edificio de niebla donde todo vale; una estructura que me impide distinguir al adversario del aliado y a la verdad del engaño. Bastaría, sin embargo, con un gesto mínimo -detenerse unos segundos, comprobar la fuente original, buscar si la imagen ha sido publicada antes- para interrumpir esa cadena invisible que convierte la mentira en costumbre.

La historia demuestra que las sociedades no se derrumban solo por las mentiras de quienes mienten para alcanzar el poder, sino también por la comodidad de quienes prefieren no mirar de cerca. Como en la película Mr. Jones, la ética ciudadana sigue siendo la barrera real contra la mentira organizada. La verdad rara vez es tan espectacular como el bulo, pero sigue siendo el único suelo firme sobre el que puede sostenerse la democracia.

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