En
los años 80, Almería no era todavía una ciudad, sino una suma de fragmentos
deshilachados. Barrios que crecían hacia fuera, descosidos, con la tierra aún
sin domar bajo los pies y la vida abriéndose paso sin garantías en una
periferia olvidada por la historia.
Entre
ellos corría una herida: la Rambla. No era aún paseo ni columna vertebral, sino
un cauce seco, un erial de escombros y basura que partía la ciudad en dos. A un
lado y otro, la vida discurría sin encontrarse.
La
transformación de la ciudad comenzó sin ruido, casi sin épica. Primero llegaron
los gestos más necesarios: el agua que entraba en las casas, el alcantarillado
que ordenaba lo invisible, la luz eléctrica que dejaba de ser promesa. En
barrios como El Puche, La Chanca y Los Almendros la ciudad empezó a parecerse a
lo que siempre había querido ser. Fue entonces cuando el socialismo andaluz
entendió que el urbanismo podía ser herramienta de dignidad y justicia.
Los
centros de salud en Los Ángeles, El Zapillo o La Cañada se abrieron como
espacios de certeza. La enfermedad dejó de ser un viaje incierto para
convertirse en presencia cotidiana, gracias al impulso de los gobiernos del
PSOE en la Junta de Andalucía. Las escuelas florecieron al mismo ritmo que los
barrios, llenando las mañanas de voces infantiles donde antes solo habitaba un
silencio excluyente.
Almería
aprendió a leerse. Y empezaron a aparecer bibliotecas en los barrios como
refugios de pensamiento, fruto del impulso de ayuntamientos comprometidos que
entendían la cultura como derecho. La Biblioteca Pública Villaespesa se
convirtió en faro sereno de todas, símbolo de la Almería moderna que el
Gobierno andaluz proyectaba hacia el futuro.
Por
fin, la Rambla dejó de ser una herida. Su transformación fue más que
urbanística: fue casi moral. Donde hubo abandono, surgió una avenida; donde
había ruptura, apareció la continuidad. Caminar hoy por la Rambla o entrar en
una biblioteca camina sobre esa historia.
El
Estadio de los Juegos Mediterráneos se alzó como símbolo de una ciudad que
quería proyectarse. Su construcción, liderada por un Ayuntamiento con visión
progresista con los Juegos de 2005 en el horizonte, unió deporte, planificación
urbana y ambición comunitaria, pese a retrasos y obstáculos inevitables.
En
La Cañada, la tierra cambió de destino. Donde hubo parcelas dispersas, nació la
Universidad de Almería. La ciudad dejó de ser lugar de paso para convertirse en
lugar de pensamiento. Cada aula ampliaba el horizonte de una generación de
jóvenes almerienses que ya no tenían que marchar a otras provincias para
aprender.
En
lo alto, vigilante, la Alcazaba recuperaba su voz. Durante años permaneció en
silencio, erosionada, petrificada. Pero gracias a inversiones sostenidas,
volvió a sostener el tiempo, dialogando con la ciudad que crecía a sus pies.
La
sanidad se hacía más compleja. Torrecárdenas se ampliaba, y el Hospital
Materno-Infantil se abrió como espacio donde la vida comienza con dignidad.
También el agua -siempre el agua- fue protagonista invisible: infraestructuras
hidráulicas y desaladoras sostuvieron la ciudad y sus invernaderos, haciendo
posible que Almería mirara al futuro sin miedo a la escasez.
Sin
grandes estridencias, Almería cambió sus costuras. No de golpe, sino con
acumulación lenta de decisiones, obras y políticas que llevan el sello de una
gestión pública comprometida. Hoy, quien recorre la Rambla o entra en un Centro
de Salud camina sobre esa historia. Una historia que no siempre se ve, pero que
sostiene todo lo demás y habla de la ciudad actual.
Aquella ciudad deshilachada aprendió a crecer gracias al impulso de cuatro décadas de gobiernos socialistas que creyeron en ella cuando nadie más lo hacía. Nada fue fácil; hubo errores y demoras, pero el balance es incuestionable. Queda ahora el reto de que los nuevos tiempos no olviden que la Almería que hoy disfrutamos es el resultado de haber sabido coser, con el hilo de la igualdad, cada rincón de esta tierra a la que llamaban “La cenicienta de España”.

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