La descortesía de Manuel Cortés hacia Gloria Camila Ortega en ‘¡De Viernes!’

Tania Artajo
@opinionalmeria

Hay formas y formas de contar una historia. Y luego está lo que hizo anoche Manuel Cortés en ‘¡De Viernes!’, que no fue otra cosa que convertir una supuesta experiencia íntima en un espectáculo de dudoso gusto a costa de otra persona. En este caso, Gloria Camila Ortega.

Manuel Cortés, en ¡De Viernes! / Telecinco

El hijo de Chiquetete y Raquel Bollo decidió relatar, con una mezcla de ligereza y autosuficiencia, que mantuvo una relación intermitente -según él, de “mínimo siete u ocho años”- con Gloria Camila mientras ella tenía otras parejas. Una confesión que, más allá de su veracidad o no, plantea una cuestión elemental: ¿qué necesidad había de exponerlo públicamente de esa manera?

Porque no estamos ante una revelación inocente. Lo que Cortés hace es dibujar un relato en el que él queda como un hombre libre, sin ataduras ni reproches, mientras desliza sobre ella una sombra de deslealtad. Es el viejo esquema: el “macho ibérico” que presume de no tener prejuicios frente a la mujer cuya vida sentimental se somete al juicio público.

Y lo más llamativo no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Cuando narra el episodio en una discoteca de Madrid, admite sin rubor que mintió a la pareja de Gloria Camila “por aprecio”. Una afirmación que, lejos de ennoblecerle, evidencia una doble moral evidente: proteger en privado lo que después no ha dudado en airear en prime time y por unos buenos emolumentos.

Aún más reveladora es su frase: “Yo no me he preocupado por si en ese tiempo ella estaba con otra persona porque el problema no es mío”. Una sentencia que encierra toda una filosofía de conveniencia: la responsabilidad emocional siempre recae en el otro. Él participa, pero no responde. Él está, pero no se implica. Y, sin embargo, ahora sí decide hablar.

El colmo llega cuando se permite dar consejos. Ese tono paternalista, casi condescendiente, en el que invita a Gloria Camila a “poner los pies en la tierra” o a recomponer relaciones personales, resulta especialmente desafortunado. No solo por lo inapropiado del contexto, sino porque quien ha decidido exponer públicamente una parcela íntima de su vida difícilmente puede erigirse en guía moral de nadie.

Todo ello ocurre, además, en un formato televisivo que vuelve a incidir en un patrón preocupante: convertir la vida privada de una mujer en material de entretenimiento, amplificando insinuaciones y juicios mientras se blanquea la actitud del hombre que los pronuncia. No es nuevo, pero no por ello deja de ser criticable.

Conviene recordarlo: Gloria Camila Ortega, como cualquier persona, es libre de gestionar su vida sentimental como considere. Si mantuvo relaciones simultáneas, si no lo hizo, si hubo acuerdos o malentendidos, forma parte de su esfera privada. Lo que no parece aceptable es que alguien que formó parte de esa intimidad la utilice años después para construirse un relato público favorable.

En definitiva, más que una entrevista reveladora, lo visto anoche fue un ejercicio de descortesía. Y no tanto por lo que se dijo, sino por la falta de consideración hacia quien no estaba allí para responder. Porque hay silencios que dignifican. Y palabras que, simplemente, sobran.

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