Algo
debe estar pasando para que la pobreza infantil crezca de manera tan alarmante
en Almería. Ya no se trata de la mendicidad tradicional a la puerta de un
centro comercial sino de una realidad silenciosa de niños y adolescentes
almerienses que parecen ignorarse en los despachos oficiales. Hay una red de
solidaridad de comedores sociales y maestros de centros educativos en los
barrios más vulnerables de la ciudad que
claman en el vacío. Un vacío institucional convertido en silencio político que
apenas ocupa espacio en el diálogo municipal.
Según
la tasa AROPE, más del 40,5 % de los menores de la provincia almeriense estaba
en riesgo de exclusión en 2025, la cifra más alta del país. Resulta una
paradoja indigerible que la gran despensa de Europa mantenga a sus propios
niños con el plato vacío. Ante esto, las administraciones juegan a diluir
competencias: la Junta arrastra los pies con las ayudas de emergencia y los
ayuntamientos se atrincheran en el silencio, ignorando que la primera línea de
auxilio debe ser local.
En
los presupuestos municipales de 2026 de la capital la contabilidad del dolor se diluye: la
partida para la infancia apenas representa un 2,2 % del gasto total. Es
incomprensible que la provincia que encabeza la pobreza infantil carezca de una
estrategia pública y evaluable. El Ayuntamiento de Murcia, por ejemplo, dispone
de un plan con seguimiento público. Aquí sufrimos la burocracia de la
invisibilidad: si no se delimita la herida, el presupuesto no sangra.
Incluso
el Ingreso Mínimo Vital resulta insuficiente ante la escalada de precios y
vivienda. Frente a la urgencia social, las respuestas de la Junta y el
Ayuntamiento siguen atrapadas en una lentitud burocrática exasperante.
El
Ayuntamiento y la Junta no necesitan más diagnósticos ni más mesas de estudio.
Necesitan un plan de choque contra la pobreza infantil con objetivos medibles,
presupuesto suficiente y rendición pública de cuentas. Porque Almería no puede
considerarse próspera mientras una parte tan amplia de su infancia crezca al
borde de la exclusión.
El verdadero milagro almeriense no será batir récords de exportación, sino conseguir que ningún menor quede abandonado a la pobreza en la tierra que alimenta a media Europa. Mientras eso no ocurra, seguirán siendo más elocuentes los platos vacíos que los discursos oficiales.

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