En España crecen las parejas LAT -Living Apart Together-: relaciones
estables sin compartir casa. El INE aún no las mide, pero sociólogos como Luis
Ayuso, de la Universidad de Málaga, y Pedro Sánchez Vera, apuntan a un 6-8% en
mayores de 50. No es una moda. Es una forma silenciosa de vínculo basada en una
intuición sencilla: a veces el espacio también es una forma de cuidado. El
fenómeno, asentado en Europa, gana terreno aquí entre quienes dejaron atrás la
crianza y las urgencias económicas.
Cuando los hijos se marchan y la presión
económica afloja, aparece una pregunta nueva: ¿qué mantiene unida a una pareja
cuando ya no hay nada que gestionar juntos?
Conozco el caso de Jacinto y Elena, que se
encontraron frente a esa pregunta tras veinte años casados. Durante mucho
tiempo apenas tuvieron ocasión de planteársela. Los hijos ya habían hecho su
vida.
La casa seguía intacta: las fotografías
familiares sobre el aparador, los mismos cuadros en la pared. Elena desayunaba
oyendo la SER; Jacinto encendía la TV. Durante años no repararon en esas
diferencias. Ahora pesaban más que los muebles. Una noche, mientras cenaban,
Elena preguntó si eso era ser felices. Jacinto tardó en contestar. No supo qué
decir. La pregunta quedó ahí, como una taza olvidada sobre la mesa.
Para ellos, como para tantos, aquella
decisión no prometía soluciones perfectas. Implicaba más gastos, menos certezas
y explicaciones incómodas. No es para todos. Ni es gratis. Mantener dos hogares
exige recursos. Y asumir soledades que la convivencia amortigua.
Aun así, descubrieron que la respuesta no
estaba en compartir más espacio, sino en conservar el deseo de seguir
encontrándose. Entre la rutina y la ruptura apareció una tercera vía: vivir
separados para seguir juntos.
Jacinto alquiló un apartamento a tres
calles de ella. Elena reorganizó la casa. Ahora, la distancia no paga las
facturas ni quita los ronquidos, pero hace que “¿desayunamos mañana?” vuelva a
ser una pregunta y no una costumbre. Se ven para pasear o ir al cine. Hablan
menos, pero lo que se dicen vuelve a importar. No son los únicos: cada vez más
parejas descubren que la intimidad no siempre necesita compartir techo.
Él le riega las macetas cuando ella viaja. Ella le escribe: “Mañana hay arroz caldoso con almejas”. No comparten armario. Comparten cuidados. Comparten llaves.

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