Anoche, en el Bizkaia Arena de Barakaldo (Bilbao), La Oreja de Van Gogh inauguró su gira Tantas cosas que contar con el retorno de Amaia Montero como vocalista principal, casi dos décadas después de su salida en 2007 y tras la polémica marcha de Leire Martínez. La expectación era máxima. Miles de fans de treinta y cuarenta años, empapados por la lluvia bilbaína, acudieron al reencuentro con la voz que les marcó la adolescencia. La banda había vendido más de 400.000 entradas para las 35 fechas anunciadas y el ambiente olía a nostalgia pura.

Un momento de la interpretación de Amaia Montero / Loa
Pero la realidad sobre el escenario fue otra: un debut lastrado por evidentes problemas vocales que las redes sociales no han tardado en señalar con dureza. No es fácil volver después de 19 años. Nadie lo niega. Amaia Montero, enfundada en un maillot rosa y subida a una plataforma elevada (decisión escénica tan inexplicable como innecesaria), intentó reconectar con un público entregado desde el primer acorde. Emocionada, confesó que había vivido “el infierno” y que en algún momento pensó que nunca volvería a cantar con la banda. El público aplaudió con el corazón. Pero el micrófono no perdona. Y anoche, en varios momentos clave, la voz de Amaia no respondió como antaño.
Las críticas en redes han sido inmediatas y masivas. Usuarios que siguieron el concierto en directo o a través de los vídeos virales no han tardado en destacar lo evidente: desafinaciones, falta de potencia y, sobre todo, una dificultad manifiesta para interpretar algunos de los temas de la etapa de Leire Martínez. “Llevan un año ensayando y Amaia no se sabe La niña que llora en tus fiestas. Desastrosa la presentación”, escribía una usuaria con más de 12.000 visualizaciones en apenas horas. Otros comentarios, igual de duros, cuestionan directamente la decisión de incluir en el repertorio canciones que, claramente, no le sientan bien a su registro actual: “¿Por qué meter temas de Leire que no le van a la voz de Amaia?”, se preguntaba un periodista en X. La comparación con Leire, inevitable y cruel, ha inundado las plataformas: muchos recuerdan cómo la exvocalista defendió con solvencia los clásicos de Amaia, mientras que ahora la situación se invierte con resultados poco halagüeños.
No se trata de negar la historia. Amaia Montero fue, durante años, la cara y la voz de La Oreja de Van Gogh. Temas como Rosas, Puedes contar conmigo o La playa siguen siendo himnos generacionales y anoche sonaron con la emoción del reencuentro. Pero el pop no vive solo de nostalgia. Una gira de 30 aniversario no puede sustentarse únicamente en el “efecto recuerdo”. Cuando la voz falla en los agudos, cuando se nota la fatiga en pasajes que antes dominaba con facilidad y cuando el repertorio mezcla etapas sin que la nueva vocalista esté a la altura, el resultado es un concierto irregular que decepciona más de lo que emociona.
La salida de Leire Martínez ya generó polémica. La decisión de prescindir de ella para recuperar la formación original (con la baja temporal de Pablo Benegas) parecía un guiño a los fans de la primera época. Sin embargo, anoche quedó claro que el tiempo no pasa en balde. La voz de Amaia, con 49 años, ha cambiado. Es lógico. Pero lo que no es lógico es presentar un espectáculo de este calibre sin que los problemas técnicos y vocales estén resueltos. Un año de ensayos no es poco. Y los fans, que pagaron su entrada con ilusión, merecían algo más que buena voluntad y un escenario lleno de lluvia y buenos deseos.
La Oreja de Van Gogh sigue siendo una de las bandas más importantes del pop español. Sus canciones forman parte de la banda sonora de toda una generación. Pero precisamente por eso, porque su legado es tan grande, el regreso merecía estar a la altura. Anoche no lo estuvo. Las redes lo han dejado claro: la nostalgia no basta cuando la voz no acompaña. Queda por ver si la gira se afianza o si este primer concierto se convierte en un aviso de lo que podía haber sido y no fue. Por el bien de la banda y de sus fans, ojalá Amaia Montero encuentre pronto el tono perdido. Porque La Oreja de Van Gogh, con o sin ella, siempre merecerá sonar en su mejor versión.

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