España es un mosaico de
relojes biológicos. En Galicia, el canto del cuco anuncia la primavera como una
verdad sensorial arraigada en el imaginario rural. Mientras, en el Valle del
Jerte, un manto de nieve cálida cubre los cerezos durante su floración.
En las huertas de Valencia y
Murcia, la estación entra por la nariz: el aroma del azahar es el marcador
absoluto que jubila al invierno mucho antes de que lo haga el calendario.
En la sobriedad castellana, la
primavera baja del cielo con el regreso de los vencejos a los campanarios,
igual que las orenetes regresan a los aleros del Eixample barcelonés, a la
espera del estallido de rosas de Sant Jordi. Mientras tanto, en el País Vasco,
la Amalur devuelve al mundo visible toda la energía que la Madre Tierra
concentró durante el letargo.
Pero todas estas primaveras
son anuncios. En Almería, en cambio, la primavera no avisa: se impone como luz,
sin anuncios codificados ni mantos uniformes, y cae con claridad sobre sierras
y ramblas. Avanza en el rosa de los almendros y caldea la Alcazaba bajo la
atenta mirada de la nieve de los Filabres. Hasta el desierto de Tabernas se
concede su gloria: un breve y milagroso manto de flores silvestres.
En esta ciudad junto al mar,
la primavera se percibe en la luz que transforma la bahía. Llega cuando
abandona su gris metálico y abraza un azul turquesa, limpio, casi sólido, que
se deshace poco a poco. Cuando conocí el desierto de Atacama en Chile encontré
una luz similar a la de aquí: la aridez se enfrenta al océano con una claridad
deslumbrante, donde la luz cae limpia, con una nitidez casi hiriente.
Esa luz "pavorosamente pura" deslumbró a Aldous Huxley cuando en la primavera de 1929 visitó Almería y se hospedó durante tres días en el hotel Simón. Acostumbrado a la bruma londinense, vio en esta ciudad una fuerza que le parecía revelar la estructura ósea de Almería donde la realidad queda al descubierto. En su poema de 1931, “Almería”, esa claridad no era solo un susurro primaveral, sino una luz que no suaviza, sino que define las cosas cada mañana en un terreno que no oculta, sino que expone; en una vida que no se disfraza, sino que resiste: “Aquí, entre las rocas, la luz es como una estocada, /una astilla afilada y metálica del día”.

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