Fe, milagros y el olvido de la medicina

Emilio Ruiz
@opinionalmeria

Hay que respetar el derecho de la Iglesia Católica a elevar a la categoría de beato o de santo a aquellos de sus miembros que considere dignos de tal reconocimiento. La beatificación forma parte de su tradición y de su doctrina, y pertenece al ámbito de la fe, que merece consideración y respeto. Dicho esto, resulta cuando menos llamativo -y preocupante- el enorme protagonismo que se ha concedido a la reciente beatificación del conocido como Cura Valera, Salvador Valera Parra: televisión y radio en directo, portadas de periódico casi monográficas, titulares enfáticos y una insistencia reiterada en los supuestos “milagros” que el sacerdote realizaría desde su fallecimiento, ocurrido el 15 de marzo de 1889.

El joven Tyquan Hall, con una imagen del Cura Valera al fondo, ayer, en Huércal-Overa /Loa

El acto religioso del sábado en Huércal-Overa contó con la presencia de tres obispos y más de un centenar de sacerdotes. Junto a ellos, ocupó un lugar central el joven estadounidense Tyquan Hall, presentado sin matices como “el niño que vive gracias a un milagro del Cura Valera”. No se trata de una interpretación personal o de una expresión de fe individual: es un mensaje rotundo, difundido como hecho objetivo. La víspera, el hoy joven de 19 años compareció ante los medios junto a su familia y junto a quien fue descrito como “una pieza clave en esta historia”: el doctor Juan Sánchez, el médico de Huércal-Overa que, según el relato, habría rezado al Cura Valera cuando ya se daba por perdida la vida del recién nacido.

El mensaje que se transmite es inequívoco: no fue la medicina, no fue el conocimiento científico ni la atención sanitaria lo que salvó aquella vida, sino la intervención milagrosa de un sacerdote fallecido hacía décadas. “Tengo que darle las gracias a él, porque si no, no estaría aquí”, declaró Tyquan. Y la prensa remacha la idea: “Es la prueba viva de que los milagros existen”.

Nada hay que poner objeción a que una persona creyente interprete su propia historia vital desde la fe. El problema surge cuando los medios de comunicación asumen ese marco como verdad indiscutible y relegan a un segundo plano -o directamente borran- el papel de la medicina. En un contexto social mundial donde la ciencia y el sistema sanitario ya sufren desinformación, descrédito y recortes, el mensaje no es inocuo.

La fe pertenece al ámbito de las creencias personales. La medicina pertenece al ámbito del conocimiento contrastado, de la evidencia, del trabajo diario de profesionales que salvan vidas sin portadas, sin procesiones y sin milagros. Presentar una curación como obra exclusiva de lo sobrenatural no solo es injusto con esos profesionales, sino socialmente irresponsable. No se trata de negar la fe de nadie, sino de recordar que una sociedad moderna no puede permitirse el lujo de confundir creencias con hechos, ni de sustituir la razón por el pensamiento mágico.

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