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In memoriam: Miguel Pérez de Perceval y del Moral

Eduardo D. Vicente
Periodista

Miguel era un sabio con sotana, un místico profundo que te hablaba de Dios como si lo hubiera conocido de toda la vida. Su alma estaba llena de fe y su cabeza sembrada de historias. Hasta el último momento de su vida conservó su memoria, la que le permitía acordarse de todos los episodios de  una vida larga de la que como él mismo decía “se podían haber escrito varias novelas”. Vivió el reinado de Alfonso XIII, la dictadura de Primo de Rivera, la República, la Guerra Civil, la posguerra, la Segunda Guerra Mundial y la  llegada a España de la democracia. Miguel Pérez de Perceval falleció el pasado sábado y fue despedido ayer por sus familiares con una misa oficiada por el obispo de Almería, Adolfo González Montes.

Miguel Pérez de Perceval con parte de su familia

Atrás ha dejado una fértil carrera religiosa que lo llevó a ejercer su vocación por las iglesias de Mojácar, Los Molinos, Pechina, Rioja, San José, La Isleta del Moro, Cuevas de los Medinas y la prisión del Acebuche. Muchos jóvenes de los años setenta lo conocimos también en su faceta de profesor, cuando impartía la asignatura de Religión por el instituto Al-Ándalus y por el Celia Viñas.

Miguel Pérez de Perceval tuvo una vida larga y fecunda. Nació en el mes de octubre de 1925, en un otoño tan lluvioso que para que los vecinos del barrio pudieran cruzar la calle Real tenían que colocar tablones de madera para evitar quedar atrapados en el barro. Su padre, Miguel Pérez de Perceval trabajaba en la oficina del periódico católico ‘La Independencia’; su madre, María del Mar del Moral, se encargaba de la educación de sus cinco hijos: Amalia, Jesús, José María, Filomena y Miguel, que era el menor, el niño de la casa.

Habitaban un espléndido caserón de la antigua calle del Cid (hoy Eduardo Pérez). Una de aquellos edificios de dos plantas con balcones monumentales a la calle y jardín interior, que tanto abundaban en la ciudad del siglo pasado. Miguel contaba que sus primeros recuerdos infantiles  le llevaban casi siempre a ese lugar de la casa donde pasaba más tiempo, el jardín, al que la familia llamaba el huerto. Era un gran patio interior que llenaba de luz las habitaciones durante todo el día y servía de desahogo a la vivienda. En el centro del huerto había una palmera tan alta que traspasaba los muros de todos los edificios cercanos, y una acacia fuerte y elegante que también trepaba hacia el cielo con unas ramas tan robustas que José María, uno de sus hermanos, instalaba en ellas aparatos de gimnasia para exhibir su fuerza.

Si el primer recuerdo que Miguel conservaba en su memoria es el del querido huerto familiar, el segundo es el del colegio, primero el del Milagro, donde aprendió a leer y a escribir, y después el de los hermanos de la Salle, en la calle de Almanzor. Su paso por este centro fue fundamental para su formación cultural y espiritual. Allí conoció al hermano Jerónimo, un fraile francés que en su tiempo libre recorría todos los espacios naturales de Almería buscando plantas. Su labor la continuó años después el hermano Rufino Sagredo en el nuevo colegio que se abrió junto a la Rambla.

Miguel era un niño alegre que vivía pendiente de sus estudios y que en los ratos de ocio se pasaba las horas jugando en la plaza de La Catedral junto a sus amigos. Pero sus días felices terminaron en la primavera de 1936, los meses previos al estallido de la guerra, cuando ya  se respiraba en la ciudad un clima de exaltación antirreligiosa.  La guerra dejó una profunda herida en el alma de Miguel y unos recuerdos imborrables. De aquellas horas contaba que a los pocos días de la sublevación militar presenció unas escenas que lo marcaron de por vida. Junto con unos amigos vio como unos hombres profanaban las tumbas del cementerio que existía en el convento de las Puras.  Otro día fue testigo de como los carros con víveres penetraban por la puerta de La Catedral, que se había convertido en un almacén, y como desde lo alto de la torre lanzaban las campanas.

En esos primeros meses de guerra tuvo que abandonar junto a su familia la vivienda de la calle del Cid para refugiarse en el Hotel Central, en la calle Rueda López, propiedad de una tía suya. Pero los episodios más dramáticos llegaron cuando su hermano José María y sus primos Juan y Luis fueron detenidos. Sus dos primos fueron ejecutados unas semanas después en Tabernas.

Miguel también sufrió las represalias. Un día, mientras jugaba en el terrado de su caso a volar una cometa, se presentaron unos policías con la orden de detenerlo. Un vecino lo había acusado de utilizar la cometa para hacerle señales a los aviones fascistas para que vinieran a bombardear Almería. Cuando comprobaron que se trataba de un niño que jugaba inocentemente, se marcharon.Al terminar la Guerra Civil, Miguel decidió ingresar en el Seminario para hacerse sacerdote. Su madre siempre decía que uno de sus sueños era tener un hijo militar, otro artista y otro cura, anhelo que vio cumplido. José María llegó a ser comandante del ejército, Jesús fue un reconocido pintor y escultor, y el menor, Miguelico, cantó misa en 1951 en el templo de la Patrona.