Edita: FIDIO (Foro Indalo de Debate, Ideas y Opinión) C. I. F.: G04253035 Presidente del Consejo Editorial: Emilio Ruiz

El búho y el buitre

Antonio Felipe Rubio
Periodista

Una de las tendencias que afloran en la izquierda progresista es la inclinación hacia la modificación de ciertas conductas, tradiciones y comportamiento social. No se trata de rescatar valores perdidos o pervertidos. No se trata de reconducir la educación y respeto que el “colegueo” en los centros de enseñanza impuso la ridícula “igualdad”. No se trata de recuperar gestos de gentileza, caballerosidad, urbanidad, respeto, buen gusto… estos gestos, para los insidiosos gestores de género, son casposos y herencia de la derecha patriarcal decimonónica y tal.

"La apelación a antesala de “violencia machista” observada en un piropo o una mirada es la estupidez que suele situar a la anécdota por encima de la categoría" (En la foto, una campaña en contra del piropo)

La Junta de Andalucía, en su profusión de observatorios, agencias y otros adminículos (chiringuitos) que han de justificar personal, sueldos y notoriedad acaba de excretar una campaña que en la opinión pública ha calado como el inadecuado y reprobable uso del piropo como antesala de la violencia machista.

El problema estriba en la generalización de comportamientos que abigarran mal gusto, pésima educación, actitud machista y hasta posiciones acechantes, persecutorias o de insoportable insistencia. Me refiero al comportamiento de algunos tíos maleducados que se nutren intelectualmente de las letras del reggaetón y ese programa de Telecinco “Hombres, mujeres y viceversa” u otros en los que aparece una fauna muy representativa e ilustrativa de lo que la progresía ha logrado instilar en una sociedad que ya no se aguanta ni a sí misma.
En los periodos de temprana formación, el profesorado se ha devaluado hasta el punto perderle el respeto que se le debe a un profesional con autoridad intelectual y moral que la progresía ha relegado al grado de “colega” de cualquier zangolotino
Algunas medidas que la izquierda ha introducido en la sociedad han logrado tremendos efectos negativos. En los periodos de temprana formación, el profesorado se ha devaluado hasta el punto perderle el respeto que se le debe a un profesional con autoridad intelectual y moral que la progresía ha relegado al grado de “colega” de cualquier zangolotino que pretende ponerse a su altura. La progresía llegó a prohibir el cero en las calificaciones académicas por ser humillante para el estudiante, esto condujo a una apreciación de los penosos conocimientos expresados en inolvidables exámenes que pasaban del insuficiente al aprobado gracias a estas políticas de igualdad. 

Posteriormente, aparecieron en los móviles e internet bromas, salidas de tono, humillaciones y agresiones a los profesores desposeídos de la necesaria y deseable cobertura de la administración en el respeto debido por un alumnado cada vez más asilvestrado. Y, posteriormente, las mismas políticas de igualdad y la discriminación positiva lograron generar una corriente de exigencias en los derechos que han dirimido en posiciones de violencia. Casi siempre es más exigente y apremiante el que menos contribuye y más desprecia el esfuerzo de los demás por mantener el funcionamiento racional y ordenado de las cosas que malentendemos como “gratuitas” (enseñanza, sanidad, limpieza, mobiliario urbano, etc.).

El protagonismo de algunos dirigentes políticos con bobaliconas ambiciones de paz universal y alianza de civilizaciones, al contrario, afrentan y confrontan la conducta de sus más inmediatos administrados. Así, son continuas las perversas provocaciones que se ceban en tradiciones, fe religiosa y comportamiento social.
La zafiedad y grosería de un descarado mirón o un carpetovetónico recitador de piropos soeces no pueden calificarse como violencia machista
La apelación a antesala de “violencia machista” observada en un piropo o una mirada es la estupidez que suele situar a la anécdota por encima de la categoría. La zafiedad y grosería de un descarado mirón o un carpetovetónico recitador de piropos soeces no pueden calificarse como violencia machista, esta inclusión no hace más que banalizar y degradar algo tan serio y desgraciado como la violencia de género y el comportamiento machista. No se puede excomulgar a un feligrés por no arrodillarse en la Consagración, ni acusar de sedición a un crítico con el gobierno.

Tampoco se puede acusar de violencia machista un ejercicio de gentileza o caballerosidad interpretada desde una exacerbada suspicacia. Tampoco se puede iniciar un fructífero idilio sin cruzar unas intencionadas y furtivas miradas que la Junta estereotipa como de búho y buitre. Son insoportables. Van a conseguir que peligre hasta la pervivencia de la Especie.