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El ilustre alpargatero de Obispo Orberá

Pedro Manuel de La Cruz
Director de La Voz de Almería

De él dijo un día el gran Miguel Naveros en unas de sus bellísimas exageraciones que era tanta la actividad que desplegaba que necesitaba un concejal y un redactor jefe para él solo. Eran los días de victorias y derrotas del Almería CF en los que en su mostrador se mezclaba el olor mojado del césped con la humedad olorosa de la historia interminable del parking de Obispo Orberá. Hablaba de Almería y del Almería con la pasión de un tipo que sabe que hay que poner el alma en todo lo que se hace.

Guillermo Blanes, con su familia y el presidente de la Diputación, Gabriel Amat, tras recibir el galardón (Foto: Diputación de Almería)

El viernes, bajo la calidez de la cúpula soleada del patio de luces de Diputación, Guillermo Blanes era un hombre feliz; inmensamente feliz y reconfortado. Acababa de recibir con lágrimas en los ojos y en el alma el Escudo de Oro de la Provincia de manos del presidente (y su amigo) Gabriel Amat rodeado de su familia, sus más directos colaboradores y sus amigos.


Y en medio de ese espacio cómodamente incómodo del sentimiento, me confesó lo que le dijo su padre aquella mañana en que subió uno de los autobuses Alba que habría de llevarlo a comprar zapatillas extramuros de la provincia por primera vez: “Hijo, sólo te digo una cosa: en la vida es mucho más importante cumplir con la palabra dada que el dinero”. Cuando acabó de hablar, le entregó un mapa en el que estaban señaladas las tiendas de Elche, aquel territorio salpicado de palmeras al que llegó con dieciséis años después de tres de aprendizaje en la vieja tienda de Orberá y cinco horas de viaje.

Aquel muchacho que comenzó a trabajar en la grisura espesa de los sesenta es hoy un empresario con cerca de cuatrocientos empleados en 22 tiendas en Almería y 35 franquicias
Han pasado 54 años desde entonces y, aquel muchacho que comenzó a trabajar en la grisura espesa de los sesenta y es hoy un empresario con cerca de cuatrocientos empleados en 22 tiendas en Almería y 35 franquicias en otras provincias no ha devuelto jamás ni una sola letra y no ha incumplido nunca ni un solo compromiso de pago. El consejo de aquel padre que hace dieciocho años murió en sus brazos le marcó de por vida. La palabra dada es y sigue siendo sagrada.

Cuenta con satisfacción que sus trabajadores -“mis colaboradores”, les llama él- siempre cobran el 30 de cada mes y que en épocas de dificultades “si ha habido que echar mano de cien mil euros al año porque las ventas no han sido las esperadas, pues lo he hecho, pero siempre hay que cumplir con ellos; ya vendrían tiempos mejores”. Se siente afortunado en su tierra -“en mi Almería de mi alma”, dice- pero sabe que no son ni han sido todo alabanzas para él. “Aunque tengas un setenta por ciento que valora tu trabajo, en Almería siempre hay un treinta que te critica”. Se equivoca.


Ahora, a sus casi setenta años, cuando, como canta el tango, el músculo duerme y la ambición descansa, sigue con el mismo espíritu de siempre
En Almería y en toda España siempre habrá una parte de almerienses y españoles para los que el fracaso es inocente y el triunfo sospechoso. Somos así. La filosofía del “abajo el que suba” es una cadena entrelazada por eslabones de envidia y rencor nacidos en la fragua de ese mandato bíblico por el que será más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello por el ojo de una aguja. Esa maldición hacia el emprendimiento que nos acompaña desde hace mil años está empezando a perder batallas. En Almería y en España. Pero en Almería más. A algún lugar teníamos que llegar entre los primeros.

Por primera vez en nuestra historia doméstica el emprendimiento -qué otra cosa, si no, es ser empresario, innovador o investigador- es un valor en alza. Aquella provincia de rentistas, curas y militares chusqueros ya no existe. En la agricultura, en el mármol, en la investigación o en el comercio, al que vale se le reconoce y al que no se le ignora.


Si se jubilara, sabe que la muerte emocional le llegaría antes que la física, y Guillermo Blanes no quiere morir siguiendo vivo
Ahora, a sus casi setenta años, cuando, como canta el tango, el músculo duerme y la ambición descansa, sigue con el mismo espíritu de siempre. Ya no está dieciséis horas en el mostrador -por las mañanas hablo con mis hijos que ya llevan el negocio, pero por las tardes siempre estoy en la tienda- pero no piensa jubilarse. “Quiero morirme al pie del cañón; aquí, vendiendo; que el último suspiro me diga adiós detrás de este viejo mostrador”. Le creo. Sinceramente, le creo.

Entre otras cosas porque, en su vida, el trabajo lo ha sido y lo es y lo será todo. Quizá sea una enfermedad -para él bendita enfermedad-, pero, si se jubilara, sabe que la muerte emocional le llegaría antes que la física. Y Guillermo Blanes no quiere morir siguiendo vivo.